Tottenham: El ayer, el mañana y José Mourinho

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Jose Mourinho Tottenham 2019-20
El portugués atraviesa el momento más difícil de su carrera en un proyecto que se hunde en un cúmulo de dudas en torno a su capacidad.

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Hace apenas dos años, cuando el Tottenham vivía meses de paz, estabilidad y ambiciones fruto de la credibilidad que había granjeado el proyecto de Mauricio Pochettino y se acercaba el inminente estreno del nuevo White Hart Lane que otorgaba certezas globales al enorme momento del club a todos los niveles, pude encontrarme con una de las mayores glorias del club. “Tenemos todo lo necesario para que, como entidad, en lo deportivo y en lo institucional, demos el paso definitivo. Y eso sólo se consigue con títulos. El que sea. Uno. Necesitamos un título ya para demostrar a todos que no sólo hemos crecido, tenemos un proyecto serio y somos capaces de competir en todos los aspectos del fútbol moderno dentro y fuera del césped, sino que todo eso se refuerza con éxitos. Ganar un título te da eso. Seguridad y avisos a todos”, me aseguraba con su mentalidad ganadora de siempre el campeón del mundo de 1978 con la selección de Argentina, el mito del Tottenham, Osvaldo Ardiles (hoy embajador del club).

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Seguramente, ni en la mejor de las esperanzas y ambiciones de los hinchas Spurs, estaba que ese título que otorgara la condición de club capaz de todo, iba a ser la Champions League, pero de repente, sin ser su momento y sin llegar a asimilarlo, el Tottenham se metió en la finalísima de la copa de Europa para poder lograr el título de los títulos, ese que marca trayectorias, carreras y pone puntos decisivos en la leyenda de los clubes. Se perdió. Y no se sintió la derrota como algo dramático esa noche, tampoco e día siguiente y, desde luego, no semanas más tarde. Era la confirmación de la capacidad del gran proyecto que se había creado con Pochettino a los mandos y un cúmulo de buenos futbolistas que alcanzaban su punto más alto a la vez en una idea bien proyectada. Sin embargo, en cuanto arrancó el curso, saltaron todas las cadenas y, antes de empezar a escalar el puesto, que en agosto apenas era de primera categoría, la bici no lograba engranaje, no aceleraba y vivía de la armadura de los meses pasados. Un enterramiento lento, doloroso, dañino para la clasificación pero, sobre todo, para lo que se había generado previsamente. Nadie fue capaz de asumir que el equipo se cayó mentalmente, que la derrota era un punto decisivo de ‘limpieza psicológica’ y que los futbolistas había llegado a su máximo nivel por la grandeza del contexto. Repetirlo, siquiera intentar reactivarlo, era imposible. En aquella carrera hacia el caos, Pochettino acabó lastrado. Sobre todo tras un vergonzoso 2-7 encajado en su estadio ante el Bayern. Dolido y sin saber cómo afrontarlo, el Tottenham creyó entonces que la mejor manera de reactivar a futbolistas apenados y debilitados, era conseguir alterar el mecanismo interior del vestuario con un líder espiritual, multi-ganador y que podría mostrar un nuevo foco a sus futbolistas. Y es cierto que, quizás en otra época, José Mourinho sí hubiese logrado tal reacción por la mera grandeza de un personaje que ganó tanto y que representó tanto, pero el Mourinho de hoy, del 2020, de la nueva década y de hasta nuevo look, ha perdido gran parte de las recetas ganadoras de antaño.

Si nos atenemos a sus resultados desde que aparcó su coche en el Norte de Londres, el técnico portugués lleva 25 partidos dirigidos, con un total de 11 victorias, 5 empates y 9 derrotas, de las cuales, cuatro han llegado de manera consecutiva en este mes de febrero absolutamente lapidario para los londinenses. En contexto, si nos abonamos sólo a la Premier, el Tottenham dirigido por Mourinho sería el tercer mejor equipo del campeonato (sólo Liverpool con 48 puntos y Manchester City con 32, han sumado más que los Spurs con el luso), lo que demuestra cierta mejoría respecto a sus meses previos de caída libre. Pero, a nivel global, y precisamente recogiendo aquella mentalidad de sus hinchas y de su directiva de tener que buscar un título para cambiarlo todo, es donde se caen las realidades, pues su máxima aspiración liguera será buscar alcanzar una cuarta plaza de acceso a Champions que ahora mismo tiene nada menos que a 7 puntos (deberían ceder mucho sus rivales principales para que lo pudiera conseguir) y en FACup fue eliminado, como local, por el colista Norwich. Si, además, Europa se acaba por manifestar en su contra después de ser superado en la Ida de Octavos de Final por el Leipzig (0-1) y tener que estar obligado a remontarlo esta semana en suelo germano, la campaña se quedará casi sin pretensiones reales antes de llegar a la fase clave del curso. 

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El problema número uno a afrontar por el Tottenham y por el propio Mourinho, han sido las lesiones. Kane, Son, Bergwijn, Davies, Sessegnon, Lloris, Sissoko, Ndombele, Lamela, Lo Celso y Foyth, han caído de una u otra manera en estos últimos meses y, sobre todo, los dos primeros representan el gran bagaje goleador y la gran categoría diferencial del equipo junto con un Eriksen que nunca estuvo listo este curso y que acabó por marcharse como tanto deseaba. Sin ellos, el corazón acelerado, técnico y goleador de los Spurs de los últimos tiempos, ha desaparecido de un plumazo. Tener que ser capaz de encontrar soluciones de emergencia, en un contexto ya delicado y bajo la presión de no encontrar identidad alguna, ha llevado a un caos globalizado donde ni la supuesta aureola de fortaleza de Mourinho, ha podido evitar que se dude de su capacidad.

En más de cinco meses en su cargo, no se ha apreciado ningún síntoma real de mejoría, sino un descalabro que seguía su camino inevitablemente hacia abajo. Y es algo que, en parte, se podía esperar, pero no de manera tan rápida porque ‘Mou’ siempre supo al menos, crear disciplina y mecanismos para ser defensivamente poderoso. En sus primeros 25 partidos en cada uno de sus últimos proyectos como entrenador, siempre fue capaz de respaldar sus resultados en una férrea zaga. Tanto, que en ese número de encuentros, en el Chelsea mantuvo la portería sin encajar goles en nada menos que 17 encuentros, 15 en el Real Madrid o 10 en el Inter. Son cifras que atestiguan que, en algún momento, el luso supo generar estabilidad desde sus decisiones tácticas en defensa. Ahora, ni tan siquiera hemos visto eso porque en el Tottenham apenas han sido 3 los partidos en los que su equipo no ha encajado, al menos, un gol.

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El último empate, milagroso, de esta semana en Burnley (1-1), donde el equipo empezó jugando un sistema absolutamente nuevo (5-2-3) y tuvo que retomar los planes vetustos para intentar salid indemne, ha terminado de motivar discrepancias en torno a la capacidad del técnico. Es más, en los últimos duelos, incluso ha mostrado crítica hacia sus futbolistas, su trabajo y su mentalidad para salir de la situación, algo que lleva a reforzar la idea interior de incomodidad. Se sabía de antemano que Mourinho debía renovarse en conceptos, usar nuevos elementos, actualizar sus modelos de trabajo y mostrar intenciones vanguardistas para su, quizás, vetusto sistema e ideales de juego (no lo digo yo, lo dicen sus frustrantes años en el Manchester United con todo aquello que pidió al club en materia de fichajes).

Si esta semana cae derrotado, vilmente, de la Champions League en Leipzig (que representa un nuevo modelo de dirección y engranaje deportivo) ante un club considerado menor y contra un entrenador creciente pero inexperto como Julian Nagelsmann, el radar de sospecha sobre su futuro, empezará realmente a encenderse con todas las alarmas conectadas. ¿Era Mourinho el técnico que el Tottenham tenía que contratar después del despido de un entrenador opuesto en estilo? Hoy, la respuesta ya está clara. Mañana, puede que más. Y de ahí en adelante… este Tottenham debe recapacitar y saber qué pretende hacer, porque el momento más dulce de su vida pasó de inmediato sin dejar ningún legado productivo, algo que no puede permitirse.

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