Rubén Uría: "Simeone 2022"

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No había mejor fecha que San Valentín para que Simeone y el Atleti volvieran de declarar públicamente su amor. La fecha es 2022, pero es lo de menos porque este idilio amenaza con ser cada vez más poderoso y ser para toda la vida. Que Simeone siga siendo el líder del proyecto y la única autoridad moral reconocible consigue un doble efecto: el grupo seguirá compitiendo en la elite y la estabilidad seguirá latiendo, a nivel institucional, en un club que, antes del Cholo, era un modelo de inestabilidad. Simeone, que recogió un cadáver y lo resucitó a base de energía, catapultándolo al más alto nivel, seguirá en el club. Simeone, que llegó cuando ese banquillo era una silla eléctrica y tuvo que aguantar que varios gurús dijeran que lo mandaría a Segunda, sigue en el Atleti. Simeone, al que llevan empujando a irse, un verano tras otro, desde diferentes cloacas periodísticas, sigue en el Atleti. Simeone, al que las malas lenguas siempre dibujan exhausto, al límite, con ganas de irse, sigue en el Atleti. Simeone, del que el periodismo mega-informado repite, por activa y por pasiva, por tierra, mar y aire, que ha perdido el vestuario, sigue.

Simeone, cuyo modelo ya está agotado, según repiten los que llevan años profetizándolo, sigue. Simeone, al que algunos fiscales exigen que gane la Liga, la Copa, la Champions, la NBA, la NHL y la Nascar, además de jugar bonito, sigue. Simeone, al que los telepredicadores faltan al respeto día sí y día también acusándole de ser poco exigente cuando hablarle al Cholo de exigencia es hablarle de la lluvia a Noé, sigue. Simeone, que pidió hace poco paciencia y energía para tener que aguantar la cantinela diaria de soplapolleces, con perdón, que se dicen de él discutiéndole su estilo y sus resultados, sigue. Simeone, al que los trileros habituales le tiran a la cara que es el entrenador mejor pagado de LaLiga cuando al Atleti le sale barato porque el club, sin él, se hunde, sigue. Y Simeone, que podría pasarse los próximos cincuenta años de su vida sentado sobre su dignidad por todo lo que ha hecho al frente del Atleti, sigue, incluso a pesar de que esa decisión, en algún momento, pueda ser incluso mala para su carrera profesional. Partido a partido. Contrato a contrato. El cholismo, instalado en el imaginario de los atléticos como una religión fanática, seguirá siendo liderado por su profeta. Su continuidad como líder indiscutible y bandera del Atleti es una bendición para los colchoneros. Con él, el club está en buenas manos.

Algún día se irá y sus enemigos respirarán, aliviados, porque ese señor de negro se ha hecho un hueco, con menos recursos y armas, entre los dos mastodontes, Madrid y Barça, en plena era de Cristiano y Messi, pero ese día no ha llegado. Algún día se irá, con la barbilla alta, con la dignidad intacta y con la gratitud eterna de la afición, pero ese día no ha llegado. Algún día, el mundo colchonero llorará, desconsolado, la pérdida de un líder y entonará el fin de ciclo, pero ese día no ha llegado. Nadie ha hecho más grande al Atleti que Simeone. El tiempo dirá si el Cholo acaba siendo el Moisés rojiblanco, capaz de libertar a su pueblo, pero no de ver la tierra prometida. O si, por el contrario, además de heredar un muerto y devolver un campeón, Simeone acabará encontrando el santo grial que por ahora le niega el destino. De momento, Simeone sigue. Él mantiene unidas una religión fanática, el cholismo, y una pasión inexplicable, el Atleti.  

Rubén Uría 

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