Rubén Uría: "Valverde, camina o revienta"

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Nunca se cruza una línea invisible que pone a un entrenador a salvo. Eso no existe, porque esta es una profesión tan bien pagada como plena de responsabilidades y trufada de dientes de sierra, en forma de resultados. Todos son hijos de los resultados, todos aterrizan como paracaidistas en los clubes, todos reciben palmaditas en la espalda cuando ganan y todos están en la picota cuando pierden. Ernesto Valverde no es una excepción. El club le ha renovado, ha respaldado su autoridad y seguirá. Su aval, su sentido común – que en fútbol es el menos común de los sentidos-, su figura de consenso, su discurso mesurado – que últimamente se ha vuelto algo más áspero, todo sea dicho-, y sobre todo, el apoyo del vestuario, siguen siendo su mejor aval. Su asignatura pendiente, apostar más por la cantera, acallar las diferentes voces críticas con su estilo de juego y tapar la boca a varios oportunistas de marca registrada, viudas del guardiolismo, que consideran que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo haya sido o no, Valverde es el presente del Barça. Y sabiendo que en su oficio no se cruza esa famosa línea invisible que le pueda hacer inmune a la crítica o los malos resultados, seguirá siendo la gran cabeza visible de un proyecto deportivo cuya trayectoria en los últimos tiempos no engaña a nadie: el Barça puede presumir de una hegemonía aplastante en LaLiga, pero no puede decir lo mismo en Europa, donde cada título del Madrid supone una zancadilla para el porvenir de un club con exigencia es ilimitada.

Valverde dejará un recuerdo grato el día que salga del club. Pero hasta ese día, seguirá teniendo que toparse con el debate sobre el modelo de juego, una batalla que este entrenador igual no desea ganar, porque no está convencido de hacerlo. A cambio, es consciente de que, en este curso y el que viene, va a tener que tomar decisiones de peso. Sus números no engañan, ha ganado tres títulos, está por encima del 65% de victorias y el club está satisfecho con un técnico que aporta serenidad y mesura. Valverde no disgusta al club, pero no enamora a la totalidad de los socios. La gente seguirá pidiendo títulos, por descontado, pero también exige belleza, plasticidad y fútbol exquisito. Aumentar la dosis de diversión y espectáculo. Así que, de la mano con el club, Ernesto tendrá que poner la primera piedra para recuperar la cantera y tirar menos de cartera. Entre otras cosas, porque al Barça siempre le ha ido mejor fabricando Balones de Oro que comprándolos. La Champions, sea justo o no, será el gran juez del futuro inmediato de Valverde. Ganarla reforzaría su crédito. Repetir “lo” de Roma le pondría en la parrilla de salida, haya renovado dos o siete años.

Valverde sabe, mejor que nadie porque ya lleva tiempo en la plaza, que la labor del entrenador del FC Barcelona siempre es ingrata. Cuando se gana es cosa de los jugadores. Y cuando se pierde, es cosa del entrenador. Valverde tiene deberes: jugar mejor, apostar mucho más por La Masia, mantener la hegemonía doméstica y asaltar la europea. Su mejor aliado será Messi. Así que, firme uno, dos, tres o seis años de renovación, el técnico vasco sabe lo que le espera. La exigencia de su cargo es enorme y el desafío es mayúsculo. En el Barça tiene que ganarlo todo. Y si no lo hace, tendrá fecha de caducidad. No existe el mañana para un club que nunca de tregua y tampoco la concede. Ser entrenador del Barça consiste en eso. Ganar y gustar. Valverde, camina o revienta.

Rubén Uría

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