Miami: ponerle puertas al campo

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Barcelona-Girona, por qué sí debe jugarse en Miami

Ruben Uria Blog

“Odio eterno al fútbol moderno”. La frase, al principio una declaración de intenciones de muchos aficionados que se sentían agredidos por la nueva aldea global que sacude el mundo, y por ende, la industria del deporte, ha terminado convirtiéndose en un meme. Sí, los horarios de muchos partidos no son los mejores, pero los clubes ahora tienen un nivel de ingresos que, en muchos casos, garantizan crecimiento y futura estabilidad. Sí, todavía hay presidentes cuyo ego les invita a querer imponer un modelo de Superliga que haría más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, arruinando las estructuras y cimientos del fútbol nacional, regional y formativo, pero siguen sin salirse con la suya. Sí, aún existe desigualdad en el reparto de derechos televisivos – aquella letanía que Del Nido defendió casi en soledad -, pero después de un mar de críticas y de la oposición frontal del club más poderoso del país, LaLiga ha logrado que la diferencia entre grandes y pequeños haya pasado de un abusivo 12 a 1 a un equitativo 3 a 1. Y sí, los clubes aún no son un modelo ejemplar de gestión, pero ya no son el coto privado de constructores de dudosa reputación, sino que gastan menos de lo que ingresan, han reducido su deuda mastodóntica y están poniéndose al día con Hacienda. Si nuestros clubes están cada vez más saneados, acuden nuevos inversores. Y si el negocio funciona, genera empleos directos para miles de familias. Sí, parece mentira, pero algo sí ha cambiado. Y aunque parezca increíble, es cierto. Para bien.

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Que haya más ingresos por televisión – para todos y no para los de siempre- es ideal para que los clubes crezcan, que exista un control económico de las plantillas ha sido un paso decisivo para evitar que los clubes amasen deuda y que los clubes por fin se hayan puesto las pilas para pagar a Hacienda – vía estricto calendario de pagos -no sólo es bueno para los clubes, sino también para los ciudadanos y contribuyentes. Y precisamente por eso, para que el negocio siga creciendo, para que los clubes menos poderosos económicamente sigan pudiendo combatir a los portaaviones que antes eran inalcanzables, para que los equipos medianos puedan aspirar a dañar a los grandes y para que los que son alternativas de poder peleen, partido a partido, con los dos de siempre. Sí, algo ha cambiado en nuestra Liga. Este campeonato es más igualado. No es perfecto y queda un mundo por mejorar, pero por fin está tendiendo a que exista un nivel parejo entre los equipos. Echen un vistazo a la clasificación de LaLiga Santander. O a LaLiga123. Algunos dirán que son torneos mediocres. Otros pensamos que son campeonatos cada vez más saneados y más igualados porque, en cada jornada que pasa, es más complicado ganar. Así debería ser siempre.

Sería de necios decir que esta Liga es perfecta, pero también lo es ignorar que se están dando pasos para que esta industria crezca, evolucione y se potencie. Así que conviene abandonar los lugares comunes y reflexionar acerca de qué ofrecen los campeonatos más fuertes del planeta. La NBA y la NFL, son locomotora de la industria deportiva a nivel mundial. Sus franquicias se devanan los sesos para explorar nuevas fórmulas de crecimiento. Buscan experiencias únicas y adaptadas a una afición que no puede estancarse en una visión local y que necesita captar a un aficionado plural y disperso, a un hincha que siga sus partidos desde todos los puntos del planeta.La NBA ha jugado partidos en Japón o México, con éxito brutal a nivel de expansión de marca. Este curso tiene previsto ir a India y China. La NFL brilla en Inglaterra o México como destinos más apetecibles. Su objetivo, conectar con nuevos aficionados, crear nuevas plataformas, fundar nuevos negocios y sentar la base de una competición que trascienda las fronteras del país. Crecer.

Y ahí, en ese contexto de un mundo global, emerge el famoso partido de Miami. Ese que quieren jugar Barcelona y Girona, ese que impulsa LaLiga y que debe jugarse el 26 de enero. Hay quien dice que servirá para fomentar un aquelarre de tinte independentista – ya me dirán qué tendrá que ver con los aficionados norteamericanos, mexicanos, colombianos o puertorriqueños que acudan al partido-, quien cree que eso forma parte de una operación política – los equipos no van a promocionar la marca España sino la imagen de LaLiga- y quien considera que eso es malo para el hincha, como si los aficionados de un equipo del resto del planeta no pudieran tener derecho a soñar con, algún día, poder ver a sus ídolos, al menos una vez en la vida, en el campo. No se trata de posicionarse a favor de los intereses de los clubes, ni tampoco de darle jabón a la iniciativa de LaLiga, se trata, simplemente, de no cerrar los ojos ante algo que es evidente. La industria ha cambiado. El negocio, también. Y los aficionados, aún más. Si el campeonato español quiere ser todavía más igualado, si los equipos quieren tener una marca más fiable y si quieren ver cómo sus aficionados ya no son sólo locales, sino también internacionales, el camino pasa por abrir las fronteras, por expandir LaLiga, por explorar los territorios que ya han colonizado NBA y NFL. En suma, aceptando todas las opiniones contrarias, la mía es muy clara: ir contra el partido de Miami es pretender ponerle puertas al campo.

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