Esta casa es una ruina

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Ruben Uría Blog

Nada más acabar el simulacro de Vallecas, Zinedine Zidane demostró que sabe dónde está. Salió a la palestra, pidió perdón, puso sobre la mesa que habían dado una pésima imagen y dijo que en todo eso, él tenía algo que ver. Después, el  el tipo que es capaz de desactivar cualquier bomba con una sonrisa, mostró una mueca mitad cólera, mitad frustración, rogando públicamente que esta temporada agónica acabe cuanto antes. No apeló al discurso de la profesionalidad, al de la camiseta, al de la exigencia del escudo, ni a la vergüenza torera. Huyó de los lugares comunes, porque del famoso cásting no quedan ni los restos. Zidane hizo lo que tenía que hacer. Reconocer que su equipo no jugó a nada, que defiende a los jugadores pero que en este partido son indefendibles, que no ganaron duelos, que no corrieron y que no habían hecho nada desde el minuto uno hasta el noventa y seis. Zarandeado por el modesto Rayo de Paco Jémez, que tiene un pie en Segunda División, Zidane no escondió su malestar. De haber sido una película, el título del largometraje blanco no tendría discusión: “Esta casa es una ruina”.

Leyenda como jugador y entrenador, nadie mejor que Zidane para airear, en público, que los que reclamaban evolución y no revolución, hablan por boca de ganso. Él, que sabe mucho más por lo que calla que por lo que dice, no elude su responsabilidad. Cuando llegó, su Madrid estaba a 12 puntos del Barça y a 2 del Atleti. Entonces se vendió ilusión. FeliZidane. Ahora, a tres jornadas del final de una Liga que es una tortura china para vestuario, palco y aficionados, el Madrid de Zidane, en su versión 2.0, está a 18 puntos de un Barça que ya es campeón. Y de propina, a 9 puntos del Atleti de Simeone, ese señor al que le preguntan en las conferencias de prensa si ser segundo es para estar contento o es para estar frustrado. Y la culpa no es de Zidane, por más que se la eche.

La realidad es la que es. Tiene pinta que no se podrá escuchar en boca de medios de comunicación que llevan años comprendiendo que el negocio funciona mejor cerca del poder que combatiendo al poder. Parece que tampoco se podrá escuchar de parte del peloteo mediático oficialista, que seguirá huyendo hacia adelante, sosteniendo el discursito zafio de los telepredicadores subvencionados, agarrándose al clavo ardiendo del saldo arbitral y a lo que haga falta para seguir acudiendo al plató. En cambio, es posible que el ala más radical del madridismo, que no tiene peajes por pagar y aún mantiene su independencia intacta, sí pueda señalar la dirección correcta. Es un hecho que el Madrid se levantará, se rearmará y volverá. Siempre lo hace.

La cuestión es cómo vertebrar el relato del fracaso cuando sólo se tiene experiencia en construir el del éxito. Y es el madridismo, no el periodismo, el que tendrá que elegir qué relato le hace bien al club, el del permanente oficialismo que dice que por el monte corren las sardinas mientras el Barça de Messi domina la Liga o el del madridismo autocrítico que, con sus defectos y virtudes, sabe que su equipo se ha dado tal atracón de gloria, siendo víctima de sí mismo, para acabar como carne de meme. Mi amigo Jorge, madridista, que suele hablar sin pelos en la lengua y que por redes sociales responde por @quillobarrios, resumió de manera lapidaria una realidad sin trampa ni cartón: este Madrid está a la misma distancia del Barcelona que la que le saca al Alavés. A 18 puntos.

Rubén Uría

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