El plan perfecto para hacer brillar a la estrella más grande

Comentarios()
David Cannon/Getty Images
En el primer partido de México 86, contra Corea, Bilardo logró lo que nadie con Messi en la Selección.

A Pekerman todavía le preguntan por qué no puso a Messi en los cuartos de final del 2006, ante Alemania. Basile nunca le encontró la vuelta. El propio Maradona le dio un nivel de jerarquía alto y lo mimó, pero tampoco funcionó. Sabella pareció encontrar la mejor versión, pero luego se le escurrió. Y Martino está siempre en la misma: le preguntan si es mejor que la Pulga juegue por la derecha, por el centro o la izquierda. Él está convencido que es por la derecha. Pero la idea nunca se termina de ratificar. 

Pero Carlos Salvador Bilardo descansa muy tranquilo desde 1986. Porque tuvo a su estrella, a su jugador superlativo, al que hacía demasiada diferencia. Y a él le salió todo bien. Desarrolló un plan. Hasta ese momento, Diego Maradona llegaba tan cuestionado en la Selección argentina como lo estuvo -o está- Messi. Un crack de nivel anormal que no había hecho demasiado con la celeste y blanca. En el Mundial 82 se lo habían devorado las patadas de los rivales y la presión. Se esfumó, rodeado de figuras como Kempes, Passarella, Fillol o Ardiles.

En 1986, la historia fue otra. ¿Qué hizo Bilardo para ayudar a Maradona a ser el mejor? La historia es muy fácil de contar. Gracias a Opta, Goal accede, a 30 años de la hazaña, a las estadísticas y precisiones de la Selección argentina en el Mundial 86. El 2 de junio, ante Corea, en el primer partido del Grupo A, en el estadio Olímpico, de ciudad México, las cartas quedaron bien planteadas.

Libertad al genio

A la izquierda, se pueden ver la cantidad de pases que hizo Maradona ante Corea en las diferentes zonas de la cancha. A la derecha, las posiciones exactas en las que tocó la pelota. La imagen fría no parece tener mucho sentido: ¿de qué jugaba? ¿No tenía posición? ¿Corría como un nene atrás de la pelota, sin un orden ni una lógica? Jugaba de solista. Se movía por todo el frente de ataque, sin una responsabilidad posicional a la hora de atacar.

El mapa muestra la zona promedio en la que se movió Maradona durante el primer tiempo: era el jugador más adelantado de la Selección argentina. 

La pelota siempre al 10

El equipo tenía bien aceitado dos conceptos con respecto a cómo girar alrededor de Maradona: el primero, que siempre que estuviera libre y el pase fuera coherente, había que dársela. Así, la participación del capitán de la Selección argentina en el juego era la de un jugador dominante. Tocó la pelota 88 veces. En el segundo lugar del ranking en ese encuentro está Jorge Burruchaga, con 59: una diferencia brutal. En ese paradigma, había una pieza fundamental: el Checho Batista. Desde la mitad de la cancha, contagiaba simpleza. Como hoy lo hace Busquets en Barcelona: controlaba y tocaba al compañero que estuviera más cerca. Contra Corea, dio 40 pases y logró una efectividad del 90%. Una forma de jugar que le dio equilibrio al equipo y, principalmente, criterio para manejar la pelota. 

No había demasiado secreto: Maradona era capaz de cuidar la pelota como nadie. Si el equipo necesitaba respirar, él era capaz de apilar a dos o tres rivales e intentar una jugada individual que casi siempre terminaba con una infracción a favor. En la primera acción del partido, agarra la pelota en mitad de cancha y, de izquierda a derecha, apila a dos coreanos, hasta que lo bajan. Si no encontraba espacios para desequilibrar, ponía en acción su zurda mágica y repartía. Pases largos, cortos, cambios de frente. Un espectáculo de precisión y coherencia para entregar la pelota. Tuvo un 93% de acierto en los pases, el promedio más alto del equipo después del de José Brown, uno de los centrales, con 95.5%.

El arte de jugar sin pelota

Además de la obstinación por buscar darle participación constante a Maradona, había otro concepto impregnado en el equipo de Bilardo: el arte de jugar sin pelota. ¿Cuál es la mejor forma de darle un papel importante a la figura del equipo? Creando espacios. Pedro Pasculli y Jorge Valdano, delanteros natos, se pusieron a disposición: varias veces se sacrificaron mucho más de la cuenta e hicieron las bandas. Abrían el campo de juego y generaban lugar para que Maradona se metiera entre decenas de piernas, con la pelota tan pegada a la zurda que asustaba. Y otras tantas veces se pegaban a Maradona y buscaban romper con paredes que penetraban sobre el medio de la defensa rival. Cuando el equipo no tenía la pelota, se replegaban para que el mediocampo pasara a ser una especie de línea de 5.

Si los delanteros y los laterales eran opciones por afuera, los tres del mediocampo (Giusti, Burruchaga y Batista) eran los apoyos constantes. Salvavidas que nunca se desentendían de la jugada y funcionaban como sostenes al juego de Maradona. A veces, se las daba hacia atrás para volver a empezar la jugada. Otras, recibían algún rebote después de alguna jugada en la que el 10 terminaba en el piso y no le cobraban falta. Pero el capitán nunca quedaba aislado.

Sentirse de 10

Un equipo puede brindarse a un jugador, pero luego esa individualidad debe rendir acorde a las expectativas. Y, en el primer partido del Mundial, Maradona no juega un partido extraordinario, pero su actuación le alcanza para dar un mensaje: está listo para ser el mejor. Envía el centro que deriva en el gol de cabeza de Ruggeri. Se cansa de aguantar la pelota y recibir faltas (los coreanos le realizaron once y, por lejos, fue el que más castigo sufrió. El segundo en ese ranking fue Pasculli, con sólo tres).

El artículo sigue a continuación

Maradona se hace cargo de todas las pelotas paradas. Genera seis ocasiones de gol, realiza la misma cantidad de centros e intenta al arco en cinco oportunidades (uno afuera, otro atajado por el arquero y tres bloqueados). En el segundo tiempo, construye una jugada genial sobre la derecha, con un desborde que pinta su momento como jugador: puede dejar a cualquiera en el camino. Le sirve el gol a Valdano para liquidar la historia. Es el capitán, el líder, el símbolo. Al que todos los rivales miran y se preocupan por pedirle disculpas cada vez que le pegan.

Fue victoria por 3 a 1 que dejó las bases bien establecidas. Alrededor de Maradona había un equipo que sabía lo que necesitaba y un estratega que hizo todo a partir de su estrella. "Si es el Mundial de Maradona, será el Mundial de la Selección argentina", dijo el capitán unos días después del partido. No se iba a equivocar.

Cerrar