El dueño de los bailes

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En el 2012, el vestuario de Colombia miraba de reojo a un James Rodríguez que no se animaba. En el Mundial 2014, sacó a relucir todos los pasos.

A su derecha estaba Falcao, que se acomodaba el pelo una y otra vez, miraba el piso y se reía mucho. Él quería hacer lo mismo. Pasar más bien desapercibido ante los pasos de baile de algunos de sus compañeros. Jugadores de fútbol de élite que pisoteaban las ataduras y se movían como si enfrente estuvieran bromeando en su casa con alguno de sus hijos, protegidos por la intimidad, sólo con la idea de hacerlos reír con pasos exageradísimos. Pero Juan Cuadrado y Pablo Armero lo querían ver en acción. Así como muchas veces le entregaban el balón y lo medían para saber cómo resolvía en situaciones complicadas, ellos necesitaban entenderlo, percibirlo, saber qué tanta sangre cafetera tenía encima.

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En ese feliz vestuario de Barranquilla, después de ganarle a Paraguay por 2 a 0, por la novena fecha de las Eliminatorias sudamericanas 2014, James Rodríguez aceptó el impulso de sus compañeros y bailó delante de todos sus compañeros, que gritaban, aplaudían y celebraban que su 10, su figura en erupción, era también un igual. No mucho. El pecho hacia adelante y los brazos algo flexionados, casi como un Rolling Stone.

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Pero esa secuencia, una intimidad que se filtró, terminó siendo la semilla de un jugador que un par de años después iba a explotar. El nene de 21 años, querido en Porto pero lejos todavía de postularse para las grandes ligas, que apenas se animaba a dar unos pasitos de alegría adelante de un plantel que recién empezaba a reconocerlo como figura, se convertiría en el bailarín más popular del mundo.

El baile, como en casi todos los planteles de la Selección Colombia, terminó siendo un código, una forma de unión. Por eso, cuando el 10 que Pekerman eligió como símbolo de una forma de jugar, un intento de extensión de una cultura de entendimiento del fútbol, hizo alguno de los seis goles en el Mundial 2014, con el que terminó siendo el goleador del torneo, bailó. Ante Japón, se la picó al arquero y arengó a sus compañeros para reunirse y tirar unos pasos. Igual ante Uruguay, lo mismo contra Costa de Marfil.

James Rodríguez pasó de ser el tímido del vestuario al 10 del equipo que la rompía y se convertía en el bailarín más famoso del mundo. Con el tiempo quedó claro que lo que en realidad hacía era transformarse definitivamente en el líder. El dueño de los bailes.

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