El deprimido Gourcuff sería igual o peor que Ménez en el América

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Como si una larguísima inactividad no bastara, las lesiones y su estado emocional no lo ayudan.

Yoann Gourcuff era un crack. Tiempo pasado. Pintaba para fuera de serie e, incluso, en su país le apodaban 'Le Petit Zizou' (el pequeño Zidane) por su estilo de juego refinado y exquisito. Pero todo eso quedó en el tintero. Al final no se cumplieron las expectativas y América no acertaría con su fichaje. Es más: iría por un rumbo parecido al que transitó con Jérémy Ménez.

Lo del francés terminó por ser un suplicio para los involucrados: el club; la directiva que no aguantaba sus desplantes en redes sociales; el técnico Miguel Herrera quien lo orilló al ostracismo; el cuerpo médico que nunca logró rehabilitarlo al 100% y el propio el jugador, quien invertía más tiempo en su vestimenta que en el campo de juego o en los entrenamientos.

No se necesitaba a un vidente para pronosticar que lo de Ménez acabaría así en Coapa. En Turquía fue casi una réplica. Durante un semestre apenas pudo disputar siete partidos en Turquía. Ahí también esa maldita lesión del menisco medial de la rodilla izquierda le impidió esbozar el nivel que alguna vez demostró en el Mónaco, PSG o el Milan.

Pasados los 30, prácticamente su carrera está acabada físicamente. Futbolísticamente todavía no, aunque sólo a base de pinceladas más constantes y visibles en las prácticas que en los partidos. Gourcuff va para allá igualmente. No es el mismo a raíz de su contratación con el Lyon en el 2010 a cambio de 22 millones de euros, cifra récord en ese instante entre conjuntos galos hasta que Kylian Mbappé (del Mónaco al PSG) y sus 135 mde lo evaporaron.

Yoann no pisa oficialmente una cancha hace 7 meses. Concretamente, a partir del 20 de octubre del 2018. En esa fecha participó 31 minutos en la derrota del Dijon contra el Lille (1-2), previo a que le rescindieran el contrato y no se opusiera en lo más mínimo.

De tiempo atrás sus piernas son de algodón. Sus rodillas no aguantan lo que antes cuando, en una misma acción, recibía de espaldas, giraba con una ruleta, pasaba el balón de un pie a otro a través de un solo movimiento y definía de punterazo.

Ese representaba al Gourcuff de las masas. El que enamoró al planeta desde el 'anonimato' del Girondis de Burdeos. El que curó —un poco— el corazón afligido de los franceses, quienes aún extrañaban a Zinedine luego de su retiro en el 2006. Él tuvo la culpa de que creyéramos que elementos limitados como Marouane Chamakh o Benoit Tremoulinas parecieran cracks a su lado.

Cuando quiso llevar ese distintivo a su Selección se dejó amedrentar por otros. El Mundial 2010 debía ser el suyo, pero los egos de Franck Ribéry y Nicolás Anelka, además del autosabotaje del técnico Raymond Domenech, lo echaron a perder. Le faltó carácter para ganarse el respeto de los que tejían los hilos del vestidor.

Su fragilidad no nada más es corporal, también mental. Su último entrenador, Olivier Dall’Oglio, admitió lo que varios sospechaban y callaban. "Sabíamos de sus problemas en las piernas y se decidió que lo guardaríamos en algunos compromisos. Les puedo asegurar que no es un tramposo, pero el mal profundo que lo corroe es su mente", disparó.

Paolo Maldini se unió a esas críticas en su momento tras contestar por qué creía que no se había adaptado al Milan: "¿Su comportamiento? Muy malo. No supo manejarse. No se ponía a disposición del grupo. No tuvo interés en aprender italiano para comunicarse con los demás, no trabajaba, llegaba tarde...".

Algunos de sus otrora compañeros en el OL insinuaron que padecía de alucinaciones y fenómenos psicosomáticos (el síntoma físico se produce por una supuesta enfermedad mental). "Si realmente presentaba lo que describía, entonces debería haber estado en una silla de ruedas. Su relación con el club se volvió loca", confesó uno bajo el anonimato que le otorgó Le Paresien a cambio de citar sus declaraciones.

Gourcuff no tiene la cabeza para aguantar el entorno ni la presión de una institución como la de las Águilas. Menos el caos de una urbe como la Ciudad de México. Un sitio en donde no hablan su idioma, los hombres no se saludan habitualmente de beso en la mejilla o no comen escargot; si acaso lo único que compartirían es que llegar 15 minutos tarde a una cita lo consideran 'normal'.

"Perdí la confianza. Quiero redescubrir el placer que sentía antiguamente", reveló el diestro a Canal Football Club en el 2010. Lleva casi una década sin encontrar la inspiración ni vencer el temor de lastimarse de nuevo.

A sus 32 años, el deprimido Yoann Gourcuff está más para retirarse e irse a su natal Ploemeur para disfrutar de la tranquilidad de Bretaña. Y ahí esperar a que su proteccionista padre Christian vuelva a casa cuando concluya su contrato con el Al Gharafa qatarí. Ese progenitor que siempre salió al paso con cada cuestionamiento de la prensa cuando lo dirigió tres temporadas en el Rennes, en vez de permitirle hablar y defenderse a él.

YG nació, es y morirá tímido, según sostuvo su madre Marine Thalouarn en entrevista a Les Inrocks. De palabras a cuentagotas y frecuentemente alejado de los flashes —sin cuentas de Twitter, Instagram o Facebook—, él responde a lo que su papá (oh, sí) explicó como "la diferencia inconveniente".

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