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Copa del Mundo

ENCICLOPEDIA MUNDIALISTA: En 1938, Italia consigue el bicampeonato en un clima de guerra

12:53 CLST 06-02-18
WORLD CUP-1938-ITA-HUN
Con olor a pólvora se jugó el Mundial de Francia. La Azzurra revalidó su prestigio en lo que fue una lucha del fascismo contra la democracia.

El campeonato Mundial de Francia 1938 se da en el medio de protestas, ideologías políticas encontradas, y sin dudas, la pólvora que ya olía a Segunda Guerra Mundial. De hecho, nunca habían influido tanto antes las políticas estatales en el fútbol. Lo que conllevó a varias consecuencias: del certamen no formaron parte España, que estaba atravesando la guerra civil, mientras que la invasión de Japón a China impidió que ambos orientales participen del certamen.  

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Por el lado americano se planteó un boicot comandado por la Argentina que se había postulado como país organizador ya que se había acordado realizar un Mundial en cada continente y el último había sido en Italia. Por sentir en el ambiente la inminencia de la guerra, Jules Rimet –presidente de la FIFA- pensaba que jamás se volvería a jugar otro Mundial y su nacionalidad francesa jugó un papel fundamental para la designación del país organizador.

Rimet prefirió perder la credibilidad que había conseguido tras más de 17 años al mando del organismo y le quitó a la Argentina la posibilidad de organizar la tercera copa del mundo que él mismo y otros directivos ya le habían otorgado en 1930. A través de la AFA, la Argentina propone participar del Mundial de Francia 1938 pero sin jugar las eliminatorias.

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La FIFA no acepta la petición en un principio y la AFA decidió no presentar al seleccionado albiceleste. Días más tarde, la FIFA concede a la Argentina su participación mundialista aún sin pasar las eliminatorias y habiendo pasado el tiempo dispuesto para la inscripción. Sin embargo, oponiendo otra excusa, los directivos argentinos decidieron apoyar la moción de Uruguay –que seguía manteniendo que no jugaría en Europa debido al boicot de 1930- y se abstuvieron de ir a Francia, promoviendo un boicot americano.

Tan sólo participarían Brasil y Cuba por dicho continente. Indonesia, por ese entonces de nombre Indias Holandesas, se convirtió en el primer equipo asiático en participar de un Mundial.

Austria tampoco formaría parte del Mundial aún ya clasificado para el mismo. Debía enfrentar a Suecia, pero los alemanes invadieron el país y lo añadieron al Tercer Reich. Adolf Hitler le pidió al entrenador austríaco Nerz que realizara también una anexión futbolística. Nerz no lo aceptó y renunció.

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Entonces fue reemplazado por Seep Herberger, que convocó a siete jugadores del Wundeteam –El Equipo Maravilla- de Austria, pero sólo se incorporaron cinco de ellos: Hahnemann (suplente de Sindelar, quién era judío y al negarse a participar de la selección alemana fue empujado al suicido en 1939), Raftl, Skoumal, Stroh y Neumer. El otro que se negó fue el capitán del equipo austríaco, Nausch, del que pretendían se divorciase de su mujer judía. Nausch huyó con ella a Suiza, integrándose en el Grasshoppers.

El Mundial daba comienzo y nuevamente con Uruguay y Argentina fuera de acción, Italia era el candidato a revalidar el título pero esta vez sin sospechas arbitrales. Los checos podrían hacer sombra tal y como lo hicieron 4 años antes, Brasil decidió tomar en serio la cita y llevó a los mejores, y Francia se jugaba el honor ante su público y el honor de la democracia contra el fascismo.

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Y entonces se habló de fútbol... y algo más

Fue la primera Copa del Mundo en que cada delegación llevó veintidós jugadores, y también en la que se clasificaron de forma directa tanto el último campeón como el país anfitrión. Hubo un par de cambios en el reglamento: se decidió que ante el empate en la final se jugaría un tiempo adicional de treinta minutos, si aún persistía la igualdad, se disputaría un nuevo partido con su respectivo suplementario, y si todo siguiera en tablas, los dos equipos serían consagrados campeones.

Los alemanes ganaron protagonismo más por controversias que en el campo. El seleccionado germano antes de comenzar el partido realizaba el típico saludo nazi y lucían una camiseta blanca con un escudo formado por la cruz esvástica encima del águila.

El Ministro de Propaganda de Hitler, Goebbels difundió la idea que para el pueblo alemán, "una victoria de su selección era más importante que la conquista de algún pueblo del este". En su cotejo ante Suiza, mientras los alemanes saludaron haciendo el típico gesto nazi, los espectadores cantaron durante todo el encuentro la Marsellesa.

Los alemanes caerían derrotados por 4-2 ante Suiza luego de ir en ventaja por 0-2 gracias, en parte, al tanto del suizo Lortscher, el primero en propia puerta de la historia de la Copa del Mundo.  

En otra llave, el polaco Ernst Willimowski debió haber quedado en la historia –como quedó- por un récord hasta el momento inédito. El delantero fue el primero en convertir cuatro goles en un partido. Pero su hazaña tuvo un sabor amargo, y fue opacada por Brasil y Leónidas. La canarinha ganó aquel encuentro por 6-5, con tres tantos del pichichi de aquel Mundial, Leónidas, que como si fuera poco convirtió el único gol descalzo de la historia de los mundiales. Un hito insuperable ya que las reglas actuales lo impiden.

Leónidas lo recordaría así: "Sucedió que en medio del barrial se quedó enterrado mi zapato derecho. El juego seguía y la pelota cayó a mis pies. Descalzo la dominé, eludí a un polaco que me salió al cruce, vi al arquero sobre el palo derecho y se la metí por la izquierda".

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Y llegaría el día de "La Batalla de Burdeos"… los brasileños se enfrentaron al seleccionado de Checoslovaquia. Todo comenzó cuando Zezé, cumplió la orden que le dio su entrenador Ademar Pimienta, "que Nejedly no toque la pelota". El brasileño lo acató de forma muy literal y a los doce minutos le quebró el tobillo al checo. A pesar de la terrible lesión, el delantero checo continuó en el campo de juego -por entonces no se podían hacer cambios-.

A los brasileños le expulsaron a dos jugadores y le lesionaron al resto; mientras que a los checos le expulsaron a un jugador y dos, Planicka, con una clavícula rota y Nejedly un tobillo fracturado terminaron el partido y fueron trasladados al hospital. Empataron 1-1, y dos días más tarde, jugaron el desempate. Los cariocas sólo presentaron a tres futbolistas del primer partido: el portero Walter, Lopes y el crack, Leónidas. Ahora vencieron los brasileños por 2-1.

Italia, por su parte, tuvo un duro partido ante Noruega, a la que venció por 2-1 y le tocó el turno de enfrentar nada menos a Francia. El gobierno francés había asilado a los exiliados italianos anti-fascistas que huían de Benito Mussolini.

La duda estaba impregnada en la plantilla azzurra, ¿cómo saludar en cada partido? Levantar la mano implicaría ponerse al público en contra, incluyendo a los exiliados italianos; no hacerlo podría conllevar la reprimenda de Il Duce. Y en el primer partido decidieron levantar tímidamente la mano, recibiendo el abucheó más estruendoso de la historia.

Ante 61.000 espectadores los de casa se presentaron con su clásica camiseta azul, mientras los italianos lo hicieron con una casaca negra y haciendo el saludo fascista. La Azzurri venció por 1-3, esta vez sin sospechas arbitrales pero con un repudio pocas veces visto: "Jamás un jugador debió sentirse tan nervioso como ese día. Nos pitaron todo el partido", recordaría el defensa Alfredo Foni.

Con la vida en juego...

Tocó el partido con Brasil, el entrenador de la canarinha decidió reservar a Leónidas para una posible final. Final que los brasileños no veían como posible, sino como un hecho. El sentimiento era tan triunfalista que los directivos cariocas ya tenían en su poder los billetes aéreos para trasladarse a París, e incluso reservadas las plateas. Al punto tal que Victorio Pozzo, el entrenador italiano, fue a solicitarle a los brasileños que si no llegaban a la final, le cedieran los billetes. Estos, en plan vacile, le enviaron un sobre a su nombre con un billete de platea para que pueda presenciar el partido.

Ganó la Azzurri y los italianos debieron viajar en tren. La propaganda política de Mussolini se hizo escuchar con las más grandes aberraciones de la historia. La prensa oficial italiana destacó el triunfo ante Brasil así: "…saludamos el triunfo de la itálica inteligencia sobre la fuerza bruta de los negros…"

Como cuatro años atrás, para Mussolini era fundamental obtener una victoria para demostrar la superioridad fascista y envió un telegrama a través del Secretario General del Partido Fascista Aquiles Starace firmado 'Il Duce' que decía: "Vencer o Morir".

Italia venció por 4-2 a Hungría y el portero húngaro que disputó la final recordaría más tarde: "Nunca en mi vida me sentí más feliz después de un partido. Con los cuatro goles que me hicieron, le salvé la vida a once seres humanos. Me contaron antes de empezar el partido que los italianos habían recibido un telegrama de Mussolini que decía: 'Vencer o Morir'. Ganaron".

Finalmente, Il Duce consiguió su objetivo, con menos sospechas que en 1934, con la máxima expresión de la vinculación entre la política y el deporte. El esquema propagandístico había funcionado: el diario deportivo La Gazzetta dello Sport publicaría luego de la obtención del bicampeonato "… la apoteosis del deporte fascista en ésta victoria de la raza" y catalogó el hecho como "…una gran victoria para el nombre y prestigio del Duce".