El viaje iniciático de Pep Guardiola

Tras entrevistar al técnico catalán en DAZN, el autor se adentra en sus orígenes como entrenador y su relación con Marcelo Bielsa

Juan Manuel Lopez banner

Todos tenemos algún recuerdo o anécdota que define quiénes somos. A veces es un recuerdo tan transparente que es complicado de definir. Los recuerdos de juventud, como bien sabía Jack Kerouac, nos ponen frente al espejo y ahí es donde nos jugamos la dignidad. Rendir cuentas con uno mismo es siempre lo más difícil. Siempre hay un viaje iniciático que orientó la brújula. Puede ser el viaje a una canción o a un libro o al primer partido de fútbol que vimos o jugamos. Pero siempre hay un viaje de juventud que nos hizo darnos cuenta de una verdad esencial: nadie puede escapar de sí mismo.

En el caso de Guardiola el viaje empieza cuando se apagaba su carrera de futbolista y ya se empieza a ver dirigiendo en los banquillos. El chicle ya daba para poco más. Y Batistuta le hizo una recomendación vital: “si quieres ser entrenador, ve a conocer a Bielsa”. Y allí fue Pep, viajó a Argentina con el cineasta David Trueba. 11 horas de conversación con Bielsa le hizo comprender que entrenar era un trabajo adictivo. El placer del masoquismo. La creación abstracta. Un día un genio, un día un traidor.

Cabe pensar que como mejor se percibe la intensa bipolaridad del mundo es desde un banquillo en un campo de fútbol.  

El viaje a Rosario es el ‘On the Road’ de Pep. En esa época, recién retirado de los terrenos de juego, él es un Dean Moriarty sin miedo. Trueba es Sal Paradise, el testigo del vértigo. Y Bielsa podría ser todo al mismo tiempo: la frontera de México, las carreteras a Denver, la música jazz de la novela. Hay en conversaciones donde uno se juega toda su vida. Lo que dices o lo que digan marcará la ruta del viaje. Esas 11 horas, de alguna manera, pusieron rumbo a la velocidad de su éxito.

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Era el año primitivo del Guardiola entrenador. El año de los descubrimientos. Da igual que un hombre de 35 años sea un hombre joven; un futbolista de 35 años habitualmente es un dinosaurio. Una reliquia. Un motor diésel que el aficionado tiene muy trillado. La gente empieza a construir su carrera a esa edad, mientras que el fútbol convierte en un jubilado a sus protagonistas. Es otra ironía más de la locura del deporte, de su asimetría con la vida. Pareciera que la mejor forma para un futbolista de rejuvenecer es la de hacerse entrenador. Pasas de ser el veterano futbolista al jovencísimo entrenador. Y es cuando descubres de nuevo la inocencia de las ideas. Algo parecido le pasó a Guardiola. Parece un anciano cuando viste la camiseta de Dorados. Y, sin embargo, parece un muchacho a punto de entrar al instituto cuando lo presenta Laporta con el Barça apenas dos años después.

Pero todo es un espejismo. La juventud del entrenador es efímera. El banquillo, muy pronto, te pasa por el rostro como un rodillo. La vida pasa rápida bajo los flashes. A los entrenadores le pasa lo mismo que a los presidentes del Gobierno: cada día en el cargo es una nueva cana, una nueva arruga, un nuevo desvelo.

Es normal que el rostro de Guardiola refleje ese entusiasmo febril cuando evoca su viaje a Rosario. No es únicamente nostalgia de sus orígenes como entrenador. Es la vuelta al descubrimiento. Es la vuelta a la juventud donde todo es posible pese a todas sus improbabilidades. Es la vuelta a la esencia de un juego. Hay conversaciones donde uno se juega la vida. Hay recuerdos que te persiguen. Y viajes, como aquella visita a Rosario, donde uno se queda a vivir para siempre. 

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