El Mundial, la chispa que encendió la guerra entre El Salvador y Honduras

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La eliminatoria que debía decidir cuál de las dos selecciones iría a México 1970 derivó en un conflicto armado con varios miles de muertos.


EL MUNDIAL Y LA POLÍTICA

"Gracias al fútbol tengo televisión en casa" confesó Ryszard Kapuscinski, el mejor reportero del siglo XX, en su biografía antes de fallecer en 2007. El periodista polaco, un referente para cualquiera que ame el oficio de informar, incluso jugó de portero antes de aporrear su máquina de escribir alrededor del mundo. Fue testigo de incontables conflictos y guerras a lo largo y ancho del planeta pero solo uno se manifestó a través del fútbol. Sucedió a finales de los sesenta a raíz de una eliminatoria de clasificación para el Mundial de 1970 en la que Honduras y El Salvador se jugaban el pase. Pocas veces tres partidos de fútbol tuvieron unas consecuencias tan espantosas.

El 8 de junio de 1969 tuvo lugar el cruce de ida en Tegucigalpa, la capital hondureña. Se preveía un partido caliente después de que la prensa de ambos países caldeara el ambiente durante días a raíz de las cuentas pendientes entre los dos estados vecinos. José Cardona marcó el único gol del partido, dio la victoria al cuadro local en el último minuto y Amelia Bolaños, una aficionada salvadoreña de dieciocho años, se suicidó con un disparo en el pecho. Y faltaba todavía el partido de vuelta, que iba a disputarse en San Salvador el día 15 de junio. Esta vez ganó la selección salvadoreña por 3 a 0. "Menos mal que hemos perdido" admitió Mario Griffin, técnico hondureño, al término de un encuentro más caliente incluso que el choque de ida. Sin embargo, haría falta un tercer partido para desempatar. Se disputaría el 27 de junio en el estadio Azteca de Ciudad de México y el que ganara iría al Mundial el verano siguiente.

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El día antes del duelo el gobierno de El Salvador rompió relaciones diplomáticas con Honduras y la tensión fue en aumento. Las dos aficiones quedaron divididas, una en cada extremo de las gradas, y separadas por un dispositivo de cinco mil policías. Cuando Mauricio Rodríguez marcó el 3 a 2 que clasificaba a El Salvador se agravó el conflicto. "El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países" resumió Kapuscinski en La Guerra del Fútbol y otros reportajes. Y a pesar de que las causas del conflicto armado que empezó solo diecisiete días después del partido en México tuvieran más a ver con cuestiones migratorias y de excedente de mano de obra fue el fútbol quien hizo estallar un cóctel que se había agitado durante los meses precedentes por parte de la prensa de ambos países.

En los cuatro días que duró el conflicto, también conocido como la guerra de las cien horas, murieron seis mil personas y otras veinte mil fueron heridas en una contienda absurda, tal y como la retrató Kapuscinski. "Los dos ejércitos usaban el mismo tipo de uniforme, llevaban idénticas armas y hablaban la misma lengua" en un conflicto fraticida entre dos países vecinos que habían convivido durante décadas y cuyos oligarcas, medios de comunicación mediante, agitaron la opinión pública hasta alcanzar cotas miserables, sirviéndose del fútbol para defender sus intereses aunque hubiera derramamiento de sangre. Y el fútbol pretende exactamente justo lo contrario.

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