Argentina fue al laboratorio pero no encontró contra qué probarse

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Suhaimi Abdullah/Getty Images
El experimento de Jorge Sampaoli frente al más que débil Singapur no permite sacar más conclusiones que las que podrían obtenerse en una práctica.

Que Argentina, de una manera u otra, le iba a ganar a Singapur, estaba claro desde que la AFA aceptó los 1,4 millones de dólares que le ofrecieron para disputar el partido. La cuestión a resolver, entonces, era el cómo. Y Jorge Sampaoli, en su segundo partido al frente de la Albiceleste, decidió convertir el amistoso en un experimento: más que un partido, en el Estadio Nacional de Singapur se llevó a cabo un largo ejercicio de búsqueda de superioridad en ataque contra una defensa cerrada.

Mucho se había especulado en la previa con el particular sistema táctico que había decidido implementar el santafesino para el encuentro. La línea de dos en el fondo generaba suspicacias y había quienes no creían que el equipo se fuera a parar efectivamente de esa manera: no podían estar más equivocados. Federico Fazio y Emmanuel Mammana fueron los únicos defensores. Y hasta fue demasiado. Plantados siempre en la mitad de la cancha, casi nunca para marcar: su tarea fue volver a poner en juego la pelota ante cada rechazo del fondo rival.

Prácticamente no hubo manera de saber cómo estaba planeado el retroceso en defensa para ocupar las posiciones, porque el local no pasó la mitad de cancha con la pelota dominada en más de cuatro ocasiones en los 90 minutos. Todo lo analizable sucedió en el ataque, donde la única dificultad consistió en encontrar los caminos ante una defensa que permanentemente fue de nueve hombres más el arquero.

Sin los dos centrales y con Lucas Biglia parado unos metros más atrás que el resto, solamente como iniciador de los ataques, el resto de los siete hombres de campo tuvieron como tarea la búsqueda de movilidad para generar espacios. En la derecha, Eduardo Salvio partía desde algunos metros más atrás que Ánge Di María; a la izquierda sucedía lo mismo con Marcos Acuña y Alejandro Gómez. En el centro, la conducción estaba a cargo de Manuel Lanzini y Paulo Dybala. Y Joaquín Correa era el hombre más adelantado, pero sin pararse como centrodelantero.

Más allá de que las situaciones de gol se sucedieron, en el debe quedó la contundencia: los dos tantos de la etapa inicial no llegaron por el juego asociado, sino que nacieron en jugadas de pelota parada, donde Singapur mostró una inocencia para la marca que rozó lo amateur. En el complemento, el ingreso de Lucas Alario permitió un esquema de ataque más definido, mientras que la presencia de Ever Banega en lugar de Biglia le dio un carácter aún más agresivo al equipo.

El resto de los cambios, con hombres frescos y con ganas de mostrarse, abrieron el camino a una goleada que no deja demasiadas conclusiones aplicables en el futuro, al menos en partidos en condiciones normales. Lo positivo habrá que buscarlo desde los nombres que asoman: el Papu Gómez fue incisivo; Paredes, además del gol, mostró pinceladas muy interesantes, Nacho Fernández aportó movilidad y Alario otra vez ratificó que está a la altura. No es poco.

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