Una porción más de pizza para el Loco Insigne

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Mide 1.63, nació en Nápoles y representa un símbolo de una Italia que ya no existe.

Había un muro enorme que lo enloquecía. Se iba a las 7 de la mañana y no volvía a su casa hasta la noche. Borde interno. Borde externo. Empeine. Intentaba pegarle al punto más alto. Buscaba dejar nuevas marcas en el cemento. Hacía mucho ruido y algunos vecinos se quejaban. Su mamá también se quejaba. Porque él regresaba demasiado tarde, faltaba a la escuela y nadie sabía dónde estaba. En la casa no levantaba ni un vaso. En Frattamaggiore, al norte de Nápoles, las calles estaban repletas de Scugnizzos. Así le llaman a los chicos que pasan el tiempo en la calle haciendo picardías.

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Lorenzo Insigne podría ser Bruno, el niño de Ladrones de bicicletas, la película de Vittorio de Sica, que llora porque a su papá lo acusan de robar. O Giuseppe y Pasquale, de El limpiabotas. O algunos de los que se cansan de hacer travesuras en Amarcord, el viaje a la infancia de Federico Fellini. Es el pequeño itaiano de las familias gritonas, el soñador romántico al que pocos le tienen fe. El Scugnizzo que se alegra el día con una porción de pizza.

"Soy de Napoli, orgulloso de serlo, y no me puedo ofender si me llaman así. Crecí rodeado de ellos", dijo Insigne a SportWeek. 

Insigne

No es anormal que Insigne, el Loco, salga al balcón de su casa y ahí, justo enfrente, se encuentre con su mamá colgando la ropa. O alguno de sus hermanos (Antonio, el mayor, y Marco, el más chico) que fuma algún cigarrillo. El mediocampista ofensivo, figura en la Selección de Italia que enfrentará a Argentina en el amistoso de Manchester, compró un condominio en la Via Roma, en Frattamenore, y se los regaló a sus familiares. Como para estar bien cerca, como para no perder la costumbre. Como en las películas de Ettore Scola. Como esas mesas grandes con pasta, salsa, vino y ruido. Mucho ruido.

Cuando firmó el primer contrato en Napoli, le pagaban 1.500 euros al mes. A su papá le dijo que no tenía sentido que siguiera trabajando en el norte, en una fábrica de zapatos. Ganaba 300 euros y con ese dinero comían los seis de la familia. Desde que se convirtió en profesional, el padre lo acompaña a todos lados, incluso a los entrenamientos. Sus compañeros lo burlan, no entienden la falta de independencia. Pero tampoco perciben lo que representa ser un jugador del sur, no saben lo que es crecer en Nápoles, carecen de la empatía futbolera de Insigne, el único jugador de la ciudad que hoy tiene Napoli. "Además, mi mujer se queda tranquila", dijo el Loco. Ella, Jenny Darone, le dijo que si se hacía un tatuaje más no lo iba a dejar volver a la casa. Él aceptó. Por ahora.

Carmine Insigne llegaba a casa cada tres semanas. La rutina era siempre igual. Salían a la calle a comprar botas de fútbol. Un día, Lorenzo se empecinó con los botines de Ronaldo. No los conseguían. Y caminaron por toda la ciudad hasta que los encontraron. El padre estaba cansado de verlo sin hacer nada. "Si no quieres ir a la escuela, te pones a trabajar, en casa todo el día no", le dijo. Y él se iba con su primo, que tenía un puesto en el mercado. Ganaba 50 euros por semana. Se levantaba a las 6, trabajaba todo el día y cerraba la jornada con los entrenamientos. Casi siempre se quedaba dormido en el vestuario. "A mí papá le gusta acompañarme y a mí me gusta tenerle cerca y como no trabaja…", dijo Insigne a El País. 

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insigne

En Inter y en Torino lo rechazaron. "Sos bueno, pero bajito", le decían. Mide 1.63. Es uno de los jugadores más chicos de Europa, pero hace diferencia. De 26 años, tiene una pegada exquisita. Es driblador, de la escuela de Roberto Baggio, Alessandro Del Piero y Francesco Totti. Aunque se adaptó a entrenadores con rigor táctico, como Rafa Benítez, Sarri o Prandelli, no pierde la esencia del chico que iba a patear al muro. "Me ponen a correr sin la pelota y me vuelvo loco. Donde estoy yo tiene que haber un balón, es el vicio que tengo desde pequeño", reconoció con orgullo.

Es posible que Insigne no gane nunca una Champions League. Quizás no le toque ganar un Mundial. Es probable que no supere a Maradona en Napoli ni pueda ser considerado como el heredero de los número 10 italianos de tradición. Pero tiene un estilo romántico, clásico, pegadizo. A él le alcanza con volver a ser. Con una porción de pizza todavía es feliz. 

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