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Real Madrid v Barcelona

Rubén Uría: "Suárez le hace un traje de madera de pino al Madrid"

18:59 ART 27/2/19
Luis Suarez Real Madrid Barcelona Copa del Rey 27022019

La vieja ley no escrita del fútbol es lapidaria: quien perdona, paga. No es la regla número doce, pero todo el mundo la conoce, porque es tan cierta como popular. Sí, quien perdona, paga. Y el Madrid, que en el primer tiempo golpeó al Barça como si fuera un “punching ball”, no mató, así que pagó barra libre toda la noche. En cuestión de puntería, apuntó a un farol y acabó matando a una vieja. El motivo, doble: primero un viejo vicio, Benzema, que tiene clase pero no gol;  y segundo, un vicio nuevo, Vinicius, que tiene la cintura de Robinho y de momento, la definición de Canabal. ¿El Madrid en la final de Copa después de perdonarle la vida cuatro veces al Barcelona en estando por ahí sueltos un tal Messi y un tal Suárez? No lo sé Rick, parece falso.

El Madrid se vistió con el traje de las grandes noches: vitalidad, energía, basculaciones, controles, paredes y uno contra uno. Tuvo todo, menos lo que desequilibra en el fútbol: el gol. El partido podría haber durado como la canción de Sabina, 19 días y 500 noches, y no habría marcado. De tal modo que, trempante cerca del área pero impotente dentro, el Madrid, tan gaseoso como romo, acabó bajando la guardia. Y entonces, Suárez rasgó el silencio con un trueno. Fue un estacazo seco, un misil teledirigido, una puñalada para la que el Madrid no encontró cirujano que le operase. Y cuando el Madrid, todavía con arrestos, quiso hacer un ejercicio de fe y quiso seguir creyendo, Dembele se descubrió con espacios en la pradera, cual pantera en libertad, para poner un centro con veneno. Varane, al alimón con Suárez, acabó empujando la pelota en la red. Al Barça, sin juego de altos vuelos, le pesó la mano. Dos puñetazos y las dos veces, el Madrid besó en la lona. Moraleja: el Madrid pena sin nueve y el Barça huele a títulos porque lo tiene.

El tercer y definitivo mandoble llegó tras un penalti de libro sobre Suárez, transformado por el uruguayo, a lo Panenka, para herir aún más el orgullo merengue. Es lo que suele pasar con los boxeadores que tienen un gran corazón pero tienen puños de algodón, que a esos sólo les espera una buena paliza. En la previa Messi acaparó todos los titulares por haber convertido el Bernabéu en su jardín privado. Esta vez, el coliseo blanco fue el coto privado de caza de un depredador, Suárez, que enterró al Madrid a conciencia, sabiéndose el autor intelectual de una obra maestra que habría firmado el propio Messi. Suárez cogió su fusil cuando menos se le esperaba, le hizo al Madrid un traje de madera de pino y de paso, metió al Barça en su sexta final consecutiva de Copa del Rey. Dicen que para toda acción hay una reacción. Y la de Luis Suárez fue muy jodida para el Madrid. 

Rubén Uría