Por qué Maradona ganó el Mundial del aguante

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El partido ante Uruguay, por los octavos de final, terminó de confirmar la tendencia: el 10 de la Selección argentina podía bancarse cualquier patada.

Las estadísticas impresionan, pero no hacen ningún tipo de justicia. Decir que le pegaron 7, 10, 11 veces en un partido es algo demasiado frío. Para todos los amantes del fútbol: vale la pena ver -por primera vez, o por segunda, tercera y cuarta- los partidos completos de la Selección argentina en el Mundial de México 86. Sí, impresiona la diferencia que sacaba Maradona. Sí, divierte la manera en la que dejaba rivales en el camino, casi como si fueran muñecos. Sí, fue el jugador que más se destacó alguna vez en un torneo de fútbol. Pero lo que más llama la atención termina pasando por otro lado: el 10 del conjunto de Bilardo tuvo un nivel de resistencia antinatural.

Las estadísticas de Opta terminan de confirmar la tendencia en el partido de los octavos de final, ante Uruguay, el 16 de junio, en el Estadio Cuauhtémoc, en Puebla: como no había una estrategia efectiva para marcarlo, más allá de escalonarse todo lo posible, sólo quedaba pegarle patadas. Algunas agresiones lo dejaban rengo por unos segundos o lo anulaban de algún ataque, pero Maradona siempre se recuperaba. Desde el primer partido ante Corea, cuando los asiáticos se cansaron de cortarlo con faltas, el 10 del equipo de Carlos Bilardo le envió un mensaje al mundo: no estaba dispuesto a ceder, su cuerpo le daba para aguantar lo que sea.

Contra Uruguay, un partido en el que el equipo de Omar Borras regaló protagonismo y dejó que Argentina atacara como quisiera, Maradona dio la última muestra de valentía que necesitaba. En el primer tiempo, una patada voladora de Jorge Barrios a la cabeza fue la síntesis perfecta. Era definitivo: nada podía sacarlo de la cancha.

Nadie entendió el físico de Maradona mejor que Fernando Signorini. El preparador físico argentino recuperó al 10 de la fractura que tuvo cuando estaba en Barcelona, en 1983, tras un partido muy violento ante Athletic Bilbao. El capitán de la Selección lo llevó a México de manera aparte, para que se preocupara sólo por él. Lo mismo hizo con el masajista de Napoli, Salvatore Carmando. Tenía doble sesión por día: una, a la mañana. La otra, a la tarde. Maradona supo que el cuerpo no le podía fallar, comprendió que necesitaba hacer el gasto en ese aspecto. Los resultados fueron claros.

Las formas de entrenar eran bastante sencillas. Signorini apuntaba a exprimir las virtudes físicas más grandes de Maradona: muchos trabajos de velocidad, para tener bien a punto las fibras rápidas, movimientos de alta intensidad y trabajos con bastantes pausas.

En 1986, a Maradona le hicieron 53 faltas, un promedio de 7.57 por partido, el más alto en la historia de los Mundiales. ¿Amarillas? Muy pocas: Uruguay (4), Corea y Alemania (2), Italia, InglaterraBélgica (1) y Bulgaria (0). ¿Rojas? Ninguna.

De 1982 a 1986, el físico de Maradona cambió por completo. En el Mundial de España, era algo más ligero, pero mucho más fácil de mover. En México, mostró una versión morruda. Aumentó la masa muscular y explotó la fuerza y la potencia. Demostró un nivel de explosión en la distancia media y corta que pocas veces se volvió a ver.

Maradona sabía lo que le convenía. Que los árbitros lo protegieran, que sacaran varias tarjetas, que impidieran el juego violento. Así declaró luego del primer partido del Mundial, ante Corea: "Los arbitrajes son desastrosos. A mí me gustaría elogiar a los árbitros, pero no se puede fallar en defender al fútbol, porque es lo que le gusta a la gente". Y agregó: "No se puede defender una patada. No se puede gozar cuando un coreano pega una patada, no lo entiendo. Si ellos, que son los indicados para hacer jugar al fútbol, no lo hacen, realmente me duele".

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Argentina ya era un equipo que imponía. Aunque en varios tramos del Mundial se metió atrás o hizo demasiado tiempo de más, siempre salió a imponer. Contra Uruguay, no fue la excepción. El equipo que mandaba en la cancha era el de Bilardo. Argentina era el que podía hacer cosas diferentes. La Celeste especuló: tuvo a Francescoli dando vueltas en el ataque casi sin compañía. Cada tanto se le sumaba Santín, pero no aportaba demasiado. 

La estrategia de Maradona, de hablar, de imponer su palabra, no sirvió del todo. Los árbitros no fueron para nada rígidos. Le pegaron tanto como en el Mundial de España 82. Sufrió tantos golpes como cuatro años atrás. Pero, aún así, él siguió. Maradona no sólo levantó la Copa del Mundo por el buen juego, sino también por el aguante.

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