Lahm felicita a un "afortunado" Portugal campeón

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El campeón del mundo siente que el triunfo de la Seleçao en Francia evidencia que el mejor equipo o el que más trabaja no siempre gana, pero asegura esa imprevisibilidad es buena para este deporte


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Queridos aficionados al fútbol,

Hace tres días de la final de la Euro 2016. Desde una perspectiva personal, has sido la primera vez desde 2002 que pude ver un gran torneo internacional como aficionado, lo que significa que simplemente pude relajarme y disfrutar animando a mi país natal, Alemania, en vez de tener que lidiar con las presiones que acompañan al hecho de jugar con el equipo nacional.

Esa sensación de relativo distanciamiento, la sensación de ser un "outsider" otra vez, me recordó una verdad básica pero fundamental: el fútbol es un juego. Y como dijo una vez Sepp Herberger [legendario entrenador de la Alemania Occidental que ganó el Mundial en 1954], "la gente va a ver fútbol porque no saben cómo acabará".

Es esta imprevisibilidad la que permite que el fútbol siga siendo emocionante y hace que cada partido se sienta como una  nueva experiencia. Además, los Europeos y los Mundiales ahora se han convertido en grandes eventos comunitarios. Quedas con tus amigos, ya sea en casa, en un bar o en el jardín, y comes, bebes y veis juntos el partido.

Sea por llevar puestas las camisetas, por agitar banderas, por cantar canciones o por las apuestas en los partidos, todo el mundo crea una conexión con su equipo. Todo  radica invertir en tu plantilla, sintiendo los colores y aumentando el interés. Se aumenta la tensión, lo que significa o bien una experiencia de gran alegría o una amarga decepción. Ambas son parte integral de la experiencia. Por lo tanto, tienes ganadores y perdedores, incluso entre los mismos grupos de espectadores.

Quizá por eso, experimentar esta forma de identificación con un equipo, después de muchos años viviendo justo en el centro de uno, es verdaderamente adorable. Incluso eso me hace volver a mis días de jugador en categorías inferiores, cuando aún estabas repasando mentalmente tu último partido mientras volvías a la residencia para ver a los profesionales jugar en televisión.

La belleza de este tipo de partidos, de este tipo de torneos, es que hay margen para todo. El resultado de cada situación es indeciso. Te das cuenta de que los jugadores lo están viendo. Tienes tu forma y tus propias soluciones en tu cabeza. Entonces ves  cómo ellos ejecutan las suyas. De esta manera, estás inmerso durante los noventa minutos, te quedas inmerso al mismo tiempo que eres testigo de lo que ocurre.

En esta Euro, naciones como Gales, Irlanda del Norte e Islandia me han emocionado y estimulado, no porque practicaran un fútbol excepcional, sino porque jugaron con coraje y unidad ante equipos que eran favoritos, impresionando con sus propias filosofías de fútbol a pesar de tener que enfrentarse a enemigos tradicionalmente más poderosos. Se impusieron a las estrellas más grandes de este deporte, con más pedigrí e infraestructuras deportivas superiores.

Fue tremendamente divertido verlo. El fútbol necesita este tipo de pasión. Este tipo de corazón permite a los equipos más pequeños convertirse en algo más grande que la mera suma de sus unidades, logrando superar a conjuntos supuestamente superiores.

Por supuesto, la suerte juega su papel. Islandia tuvo fortuna ante Inglaterra pero mereció la victoria. La historia fue similar entre Francia y Alemania. El fútbol es impredecible. Es un juego. La fortuna siempre es un factor. Y es un buen factor porque significa que uno nunca puede predecir el resultado de un partido o un torneo con certeza.

El afortunado ganador de 2016 fue Portugal. Es  decir, el trofeo del Campeonato de Europa ahora pertenece a un país que ha producido grandes futbolistas. Estos jóvenes talentos no han viajado juntos hasta la cima del fútbol internacional sólo por una coincidencia o por suerte. Han logrado su sueño gracias al talento, el trabajo duro y la disciplina, con Renato Sanches como ejemplo perfecto.

Por supuesto, incluso los mejores jugadores son a menudo reducidos a la impotencia por las vicisitudes del destino. No es el equipo más trabajador el que gana, sino el más afortunado. Y eso me gusta.

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Eso hace que el éxito se sienta aún más precioso y el momento de la victoria totalmente indescriptible. Creedme, lo sé. Lo he experimentado cuando levanté la Copa del Mundo en Brasil en 2014. En ese momento, ya no recuerdas el largo y arduo camino que has hecho, sólo saboreas el momento y disfrutas de tu buena fortuna.

Por lo tanto, me gustaría ofrecer mi más sinceras felicitaciones a los campeones de la Euro 2016, Portugal.



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