Los chilenos que se convirtieron en héroes sin ser campeones

Carlos Caszely y Leonardo Véliz fueron mucho más que dos jugadores de la Roja: su historia de lucha y gritos -no de goles- en tiempos en los que reinaba el silencio y el miedo.

Le llamó la atención el sonido que generaba el golpe de las botas contra el piso. El silencio era abrumador y los pasos sonaban cada vez más fuertes. Se sentían como pequeñas pisotadas al corazón. Nadie decía nada: lo percibió como una señal de temor, no de respeto. Pensó en el Diario de Ana Frank, un libro que había leído hace poco que relata el escalofriante instinto de supervivencia de una adolescente judía en pleno nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial. Recordó algunas secuencias del relato: cuando ella estaba escondida, obligada a no hacer ningún ruido, cuando le ponía la mano en la boca a un niño para que no fueran encontrados. Miró a la cara a Augusto Pinochet. Entonces, Carlos Caszely, la gran figura de la Selección de Chile que estaba a punto de viajar al Mundial de Alemania 74, decidió no darle la mano.

Leonardo Véliz sentía miedo, pero no se le ocurría dar marcha atrás. Su tío y su primo estaban presos. Él, una de las estrellas de Colo Colo y la Roja, los iba a ver camuflados al Estadio Nacional, en Santiago, donde estaban detenidos. Algunos militares que lo reconocían le decían que se quedara tranquilo. Pero era imposible. El día a día en Chile, después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, hacía que el fútbol fuera sólo un trabajo. El Pollo, como todos lo conocen, todavía recuerda los cadáveres que veía tirados camino a los entrenamientos con la Selección, entre piedras, tierra y algo de basura.

Formaron parte de una de las mejores generaciones de la historia de la Selección chilena, aunque no escaparon de una larga tradición de sinsabores que la Roja pretende interrumpir en la Copa América 2015. Pero Carlos Caszely, de 64 años, y Leonardo Véliz, de 69, fueron héroes sin ser campeones. El Chino y el Pollo representan a una extraña y prácticamente extinguida raza de jugador de fútbol que se asocia a la lucha social y política, al grito desinteresado y justo, a la defensa de lo humano. Desde sus roles, fueron transgresores. Le tiraron un caño a la censura. Gambetearon a la prohibición. Hicieron el gol más importante. 

La anécdota es conocida. Augusto Pinochet recibió al plantel de la Selección de Chile en el edificio Diego Portales, en Santiago. Un jugador, el más rebelde adentro de la cancha, le negó el saludo. Así lo relata Caszely a Goal.com: "Aparece este caballero con una capa, gorro oscuro. Yo estaba tenso, había mucha incertidumbre...No le di la mano...sentí que había un pueblo detrás que silenciosamente me había entregado el mando". Y agrega: "Realmente, no lo pensé. Es como cuando uno enfrenta a un arquero. Me corrió un hilito de temor o valentía o de algo que pasó por mi mente...".

Todavía recordaba las cicatrices en el cuerpo de su mamá. Registraba con precisión el día en que Olga Garrido, su vieja, fue detenida, humillada y maltratada sin ningún tipo de motivo o explicación. Caszely no podía olvidar. Su herida moral ni siquiera había empezado a cerrar.

¿Y cuál fue la reacción de Pinochet ante esa situación? ¿Se dio cuenta de lo que pasaba?

Puso una cara como de '¡oye, qué te pasa!'.

EL TEATRO DE LO ABSURDO

Así define Caszely al partido que no fue entre Chile y la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), el 21 de noviembre de 1973. Un encuentro sin adversarios. Un gol con el arco vacío. Once hombres ante un campo enorme sin ningún rival enfrente. Un público que no sabía qué gritar. Tras igualar 0 a 0 en Moscú, el encuentro en Santiago definiría un lugar en el Mundial de Alemania 74. Pero el rival nunca llegó. La URSS se negó a viajar y disputar un encuentro en un país al que consideraba manchado de sangre. Los pasillos, vestuarios y hasta las tribunas del Estadio Nacional, donde se jugaría el partido, habían sido el lugar en el que más de 40.000 personas fueron detenidas y torturadas.

Dos días antes del partido, Chile se enteró que la URSS no se presentaría. Pero no se suspendió. A la Roja le impusieron la necesidad de entrar al campo de juego para ganarse un lugar en el Mundial. No había más de 15 mil personas para ver ese teatro del absurdo. Once jugadores de Chile ingresaron a la cancha. Cuatro trasladaron la pelota con pases tímidos y desganados hasta el área rival. Francisco Chamaco Valdés, capitán del equipo, hizo el gol. Fue un remate con desprecio, fue un gol sin celebraciones. Unos minutos más tarde, la Roja se enfrentó ante Santos, en un amistoso. El equipo brasileño vapuleó a la Selección por 5 a 0. Chile no tenía fuerzas.

"Fue un momento muy álgido, de días muy grises donde esa Selección...yo me siento como el arlequín de un pueblo que la única alegría que tenía era el fútbol, porque se vivía entre secuestros y muertes", relata Véliz. Y agrega: "Hubo muchos sentimientos encontrados. Llegar al estadio era impactante, un compañero de la vida todavía me dice que él estaba adentro cuando jugamos contra el equipo fantasma".

LA VIDA NO ES SÓLO UNA PELOTA

Eran amigos, compañeros de cuarto, confidentes. Véliz y Caszely no sólo se cruzaban en la Selección chilena, también eran parte de uno de los mejores equipos de Colo Colo de la historia, que terminó segundo de la Copa Libertadores de 1973. Pero su afinidad no pasaba sólo por lo que pasaba adentro de la cancha. Al Pollo y al Chino les gustaba volar. Ambos leían mucho y se interesaban por la política. Apoyaron públicamente al presidente socialista Salvador Allende (1970-1973), estudiaron, fueron a la universidad.

"Haciendo un análisis sobre los futbolistas de mi época y los de ahora, siempre existió un temor a participar en política. El temor se finca en la ignorancia. Los jugadores de hoy no tienen el desarrollo educativo nuestro. Yo sabía por el colegio quiénes eran los alcaldes, diputados, senadores. Lo sabía porque era lo que se estudiaba en la escuela, ni más ni menos", relata Véliz, quien fue concejal de la Municipalidad de Santiago, en 2004, y candidato a diputado nacional, en 2009. Y termina: "Los jugadores de hoy están en otra. El sistema capitalista salvaje sólo los sumerge para ganar plata y vivir en una burbuja".

Caszely escribe. Está en su despacho de la embajada chilena en Madrid, donde ejercía un cargo como embajador deportivo en Europa -fue echado sin demasiadas aclaraciones, aunque la decisión se produjo luego de que realizara algunas críticas al gobierno de Michelle Bachelet-, y escribe. Imagina situaciones y las mezcla con la realidad que le tocó vivir. "Es la historia de un niño de barrio que se ilusionaba con jugar en el Bernabéu, la Bombonera o el San Siro y revierte la situación. Cuando llega a esas canchas, pensaba que estaba en el barrio...en el fondo, soy yo" comenta Caszely, que hizo el profesorado de educación física mientras era jugador y, tras colgar los botines, estudió administración de empresas y periodismo. Y sigue: "Estamos en un mundo tan convulsionado porque la juventud lo único que quiere es acumular dinero...y no vive. ¿Para qué? El futbolista es más inteligente de lo normal para jugar al fútbol, pero es poco culto, le cuesta culturizarse. Es un problema del sistema mismo. Me tocaron dirigentes que me preguntaban por qué estudiaba, si sólo tenía que jugar al fútbol...".

LOS QUE PASAN A LA HISTORIA

Véliz nunca dejó de escribir, discutir, proponer. Habla con sinceridad brutal y un dejo de pesimismo en el que cada tanto se filtra un hombre soñador. "Vivimos en una etapa en la que todo pasa y mañana hablamos de otra cosa. Hay una vorágine que no nos permite ver lo que pasó. Nuestra época parecía utópica, pero veíamos todo alcanzable", cuenta.

"Con el paso del tiempo puedo decir que estoy orgulloso de haber ayudado a que mi país volviera a la democracia”, dice Caszely, quien jugó dos Mundiales con la Selección de Chile (1974 y 1982) y fue elegido como mejor jugador de la Copa América de 1979. Con 42 goles en 73 partidos, está, junto a Sergio Livingstone, Elías Figueroa, Marcelo Salas e Iván Zamorano, entre los más grandes de la historia de la Roja. Y termina: "Hay dos tipos de futbolistas que pasan a la historia: los que hacen goles o atajan y los que se mostraron como personas antes que futbolistas".