Benedetto: su mamá, la cumbia y el tatuaje de Boca

A los 12 años, perdió a su madre, mientras ella lo miraba jugar una final. Tocó los timbales en una banda de cumbia. Iba a la segunda bandeja donde para La 12.

Ella estaba al costado. Detrás del alambrado. Los Juegos Evita Bonaerenses eran el torneo amateur más grande de Argentina. Él tenía 12 años y era el delantero del equipo que llegaba a la final. Fue en Berazategui, donde toda su familia había construido su vida, al ritmo de la clase media del sur de la Provincia de Buenos Aires. Ella lo estaba mirando. Él jugaba en las inferiores de Independiente, fue punto y aparte, y decidió dejar de lado sus sueños de fútbol: ella, mirándolo, se descompensó y tuvo un paro cardiorespiratorio, que no le permitió llegar con vida al hospital. Darío Benedetto todavía no soñaba con jugar en Boca. Ese día no soñaba con nada.

Eran cuatro hermanos y un papá capataz. Tardó cuatro años en aceptar la tristeza, hasta que vio que había una prueba en Arsenal y decidió volver al fútbol, sobre todo, porque su mamá quería que se dedicara a eso. En el medio, dejó la escuela: admite que era vago, que no le gustaba estudiar y que siempre recibía 1 en las calificaciones. Su papá se cansó y le dijo: "Estudiás o venís a trabajar conmigo". Unos días después, empezó a trabajar como peón de albañil.

Su hermano Lucas siempre fue un talentoso con la guitarra y formó en la zona sur una banda de cumbia que lo llevó por primera vez a la televisión: tres veces fue al programa de cumbia tropical que el canal América emite históricamente los sábados. Tocaba los timbales en un grupo que se llamaba El Pato, en homenaje a la localidad en la que vivían. Aunque se subió a escenarios de cumpleaños muchas veces, apenas un futbolista lo vio en actividad como músico: Víctor Cuesta, hermano de uno de sus mejores amigos. Pero cuando cumplió 17 años y lo subieron a la Reserva de Arsenal cayó en la cuenta y decidió dejarlo todo por el fútbol. La vida de músico profesional y la de futbolista no se llevan del todo bien en horarios. Tampoco la extraña.

Pero no fue fácil. Benedetto, el mismo que en América se volvió un goleador imparable, al que el Patón Guzmán calificó como el peor delantero que le tocó adelante, tuvo que volverse un trotamundo del fútbol argentino. Primero, a préstamo a Defensa y Justicia, cuando los de Florencio Varela no jugaban en Primera todavía. Después, a Gimnasia de Jujuy, dejando su barrio, bajo el mando de Francisco Ferraro, a quien encaró con confianza y le dijo en el primer entrenamiento lo que pensaba: "Me gusta jugar de 9. Pero necesito que me banques dos partidos para lograr un poco de confianza".

Volvió a Arsenal, se fue a México, pero en el corazón le latía Boca. Debutó en Primera el 9 de noviembre de 2008, entró en lugar de Luciano Leguizamón, y aunque eso había sido el sueño de su vida no pudo evitar sonrrojarse cuando, en el último minuto, Juan Román Riquelme hizo un golazo de tiro libre. El amor le era tan grande que, cuando Aníbal Matellán llegó al club de Sarandí, lo miraba fascinado por la noche en que Carlos Bianchi lo puso de lateral por izquierda y lo hizo marcar a Luis Figo, contra Real Madrid, en la victoria más importante de Boca en toda su historia.

Aún así, no sabía que iba a terminar en Boca. Apenas lo soñaba. Lo llevaba en la piel: mientras jugaba en América, se tatuó el escudo del club de la Ribera y abajo puso la inscripción: "Esto es Boca". Desde que llegó, cada vez que entra a La Bombonera, se toma el mismo trabajo que le construye el amor: mira la segunda bandeja, donde se ubica La 12, y recuerda aquellos días en que llevaba sus emociones a esa tribuna para gritar los goles que le tapaban las heridas.