¿Cómo Kranevitter se volvió un gran jugador?

El volante central de River hizo trabajos especiales con Ramón Díaz para llegar a ser quien es hoy.

Unos minutos antes de que arrancara el entrenamiento, Ramón Díaz se acercó a hablar con el Lobo Ledesma. Era finales de 2013. Las indicaciones eran particulares, pero costaba descifrar de qué se trataba el pedido. Dividió dos equipos: titulares y suplentes. El Lobo, curiosamente, fue para los suplentes. Matías Kranevitter fue a los titulares. A los dos minutos de la práctica, cuando el joven volante central agarró la pelota por primera vez, el entrenador gritó: "Dale, Lobo, dale, apretalo, que no pueda jugar". Todo estaba planificado. Un rato después, el actual director técnico de Paraguay explicó que estaban tratando de que Kranevitter manejara mejor los espacios y aprendiera a resolver más rápido con la pelota.

Kranevitter forma parte de la categoría 93, una camada de River que sacó como grandes figuras a Manuel Lanzini, a Eder Álvarez Balanta y a él, aunque todos los pibes de inferiores del club admiten que del actual jugador de West Ham se esperaba todo, que el colombiano prometía -aunque para ese entonces no era defensor sino cinco- y del volante colorado no demasiado. Kranevitter era un gran raspador, un cinco que marcaba muchísimo, pero no resultaba de lo más prolijo jugando a la pelota. Su fuerte no era el toque, pero sí era más que considerable su capacidad para observar el juego y acumular conceptos. 

Ramón Díaz supo ver que había clavijas que ajustar en Kranevitter para que se volviera un gran jugador. Lo había divisado apenas llegó a dirigir a River en su primera etapa, cuando el volante central estaba en Mendoza jugando el Sudamericano para Argentina. Había un talento y había que pulirlo, por lo que armó un plan especial de trabajo con Marcelo Escudero, uno de sus ayudantes de campo, exjugador de River, que se quedaba entrenando especialmente con el colorado cuando finalizaban las prácticas. Algunos ejercicios parecían simples, otros no tanto, pero siempre existía la búsqueda. Federico Andrada, actual jugador de Atlético Rafaela, se quedaba ayudando a Kranevitter: Escudero trabajaba específicamente en la capacidad del colorado como lanzador y le pedía al joven delantero que se quedara para picar o recibir la pelota.

Poco a poco, Kranevitter se fue volviendo un jugador reconocido por la gente. En esos finales de 2013, River se quedó fuera de la Copa Sudamericana contra Lanús y el Monumental fue muy duro con sus jugadores, salvo con uno: al colorado lo aplaudían cada vez que tocaba la pelota, mientras que a sus compañeros, en muchos casos, los chiflaban. Kranevitter admitía públicamente que eso le dolía: sabía que sus compañeros, los mismo que después ganarían la Sudamericana en la edición siguiente, dejaban todo para ser mejores y no le parecía justo. 

Ramón Díaz, en su último torneo, eligió armar un doble cinco compuesto por Ledesma y Ariel Rojas. El Lobo construía el juego, impulsaba el primer pase, manejaba los tiempos del equipo. Rojas hacía un despliegue importante y ocupaba el rol de segundo lanzador. Al entrenador de Paraguay no le convencía, para como jugaba su equipo, la capacidad de Kranevitter para dar el primer pase, fundamental para que un equipo saliera jugando. El colorado quedaba como recambio y condenado por un detalle de sistema: al director técnico no le importaba que River presionara y presionar, definitivamente, es la principal virtud de Kranevitter. 

Al irse Ramón Díaz, Ledesma decidió irse a jugar a Argentinos Juniors, club de donde había salido. La llegada de Marcelo Gallardo al banco de River tenía una premisa: al Muñeco le fascinaba Kranevitter desde antes. Lo volvió eje del juego de presión. En el medio, sufrió una durísima lesión: fractura del quinto metatarsiano y el equipo lo sintió muchísimo, pero logró reponerse rápidamente. Le dejó el mediocampo para él y le sumó a Leonardo Ponzio para seguir acumulando despliegue. El colorado no sólo marcaba: jugaba y definía, desde la presión, la posición en que River se pararía como equipo. El talento ya estaba pulido. Ganó la final de la Copa Libertadores, llegó a la final del Mundial de Clubes y se transformó en el nuevo refuerzo de Atlético de Madrid. "No se equivocaron al llevarlo", anunció Javier Mascherano sobre su pupilo.