Gallardo nunca cree en las casualidades

Seguidor de Bielsa. Admirador del Barcelona de Guardiola. Convencido de la necesidad de un club estructurado. "A mí no me presiona nadie", aclara, como lema.

Se acercó a un periodista que conocía desde su época de jugador y en el predio de Ezeiza, en su segunda conferencia de prensa como entrenador de River, preguntó, casi con vergüenza: “¿Estoy aburriendo mucho cuando hablo?”.

Marcelo Gallardo conoció a Marcelo Bielsa en la previa al Mundial 2002. Lo tuvo poco tiempo como entrenador, pero algo le quedó de él que lo dejó admirado y que lo obligó a tenerlo como fuente constante frente a sus aprendizajes: “Me hubiera gustado tener a Bielsa de más grande, con 29 o 30 años, porque lo tuve de más chico y, aun sin compartir ciertas formas, fue el tipo del que más aprendí”. Las formas él las definía como la distancia que imponía el actual entrenador de Olympique de Marsella. Las formas eran lo que le preocupaban en esa conferencia de prensa.

Cuando Gallardo dejó de jugar tenía pensado dedicarse a recuperar energía y a estar con su familia, pero a los diez días de dejar Uruguay lo llamó el presidente de Nacional, el último club donde había jugado. Tuvo una reunión con él y con el gerente deportivo. La gran razón de su sí a la propuesta de ser el entrenador fue que conocía al plantel y que el club estaba estructuralmente bien.

Eso fue lo mismo que lo ubicó en River, donde lo llevó Enzo Francescoli, con quien había compartido vestuario, con quien había hablado mucho de fútbol en sus épocas como futbolista, con quien confió en llevar su proyecto adelante.

Gallardo vio al Barcelona de Guardiola en 2011 e instantáneamente sintió que había que jugar de esa manera. Las formas le importaban y, por eso, admitió que ganar en River era dejar un estilo de juego. No era un lirismo: la cabeza gigante del Muñeco cree fervientemente en el hecho de quedar en la historia. “En los últimos 20 años, en Argentina, jugaron bien sólo dos equipos: el Huracán de Cappa y el Newell’s de Martino”, le explicó a un amigo que le decía que no podía creer cómo, en cinco partidos, la gente ya lo valoraba tanto. 

El Muñeco, antes de llegar a River, mientras Ramón Díaz peleaba el campeonato que terminó ganando y Daniel Passarella todavía era el presidente de la institución, viajó con su amigo y ayudante de campo Matías Biscay a Europa a ver equipos y a charlar con entrenadores. Ahí descubrió el primer punto que le marcó a su River: la presión. Presionar, un poco como Bielsa, pero mucho como el Real Madrid de Carlo Ancelotti.

Gallardo llegó con una novedad: puso a trabajar a Sandra Rossi, una especialista en neurociencia. “Mi función tiene que ver con el entrenamiento cerebral de los chicos”, definió ella, que además agradecía el respaldo del Muñeco para introducir a una mujer dentro de un vestuario. Su cuerpo técnico, en el resto de los detalles, fue parecido a otros, pero la diferencia estuvo, para Argentina, en la relación de Gallardo con la Secretaría Técnica del club, una entidad encabezada por Francescoli, creada a partir de una sinceridad del presidente Rodolfo D’Onofrio: “Los dirigentes no tenemos por qué saber de fútbol, pero sí de poner a alguien que defina”.

A Gallardo los esquemas no le interesan: puede jugar con tres o cuatro defensores, puede tener dos volantes centrales o un enganche y hasta es capaz de apostar a poner tres delanteros. Salvo en situaciones excepcionales, su idea es la de proponer y la de presionar, algo que solamente resignó en los Superclásicos, donde dos de las tres veces que jugó en La Bombonera apostó a cuidarse.

Aún así, esa decisión no fue una casualidad. Gallardo cree en las causalidades. Como Bielsa, su pensamiento es muy racional. Todo está calculado y, por eso, suele tomar las decisiones de qué jugadores poner en la cancha unas horas antes del partido. En estos momentos, de hecho, previo a jugar la final de la Copa Libertadores contra Tigres duda entre poner a Tabares Viudez o al Pity Martínez: la razón es el temor a lo que puedan generar las altas temperaturas en el uruguayo, que viene de jugar pocos partidos. Todo está calculado y por él y esa es una marca que él mismo aclaró cuando le preguntaron si se sentía presionado por poner a Fernando Cavenaghi, que había metido cuatro goles contra Atlético Rafaela. “A mí no me presiona nadie”, respondió.