A Modric que le den ahora el Balón de Oro del coraje

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El croata, fusilado y menos lúcido que otros partidos del Mundial, regaló una exhibición de valentía y personalidad.

Se mira las piernas cada tanto. Agachado, con las manos en las rodillas. Se observa los gemelos como si estuviera preocupado porque le estuvieran a punto de explotar. Relojea al banco de suplentes porque está mal. Pero está bien. Luka Modric es un corazón que juega al fútbol. Sin él, Croacia, finalista del Mundial Rusia 2018, no sería nada. Sin él, todas sus limitaciones -que son muchas- quedarían aún más expuestas. Gane o no el torneo, el mediocampista del Real Madrid ya merece su Balón de Oro: el del coraje. 

No fue su partido más brillante. A diferencia del encuentro ante Rusia, por los cuartos de final, Modric falló con la pelota como no acostumbra. Pero porque no le dan más las piernas. El croata juega en base al movimiento. No entiende de estar estático en ningún sentido. Cuando su equipo ataca, siempre ocupa espacios vacíos, como si estuviera jugando a la mancha, como si tuviera que acercarse a las zonas en las que no hay rivales. Cuando defiende, pasa la línea del balón con una velocidad que impresiona. Y luego toma marca. Bien de atrás. Bien pegado. Bien intenso.

Inglaterra entró en shock por segunda vez en el Mundial Rusia 2018. Ya lo había hecho contra Colombia en los octavos de final. Lo volvió a hacer contra Croacia, en las semifinales, luego de un cómodo paso por los cuartos ante Suecia. El equipo de Southgate ingresa en una etapa de shock porque no tiene idea lo que necesita para ganar un partido así. Y mucha menos idea cuando enfrente hay un jugador como Modric. Lo que le faltó al equipo de Pekerman para avanzar: un todoterreno capaz de absorver todo. La presión. Las pelotas. Las marcas.

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Modric, que se destacó no solo por su fútbol si no también por su brutal resistencia física en el tiempo suplementario del encuentro ante Rusia, llega con 43 partidos con el Real Madrid. Y en este Mundial ya tiene encima tres prórrogas. Llegará a la final contra Francia, el próximo domingo, completamente fundido. Pero qué importa. 

Sobre el final tuvo que salir Ya no podía caminar. Hubo un gesto conmovedor de sus compañeros. Mientras se acercaba lentamente al banco de suplentes, lo aplaudieron como si fueran los hinchas croatas que inundaron el estadio de Luzhniki de Moscú. Lo aplaudieron porque le reconocieron que, para este equipo, es todo.

Tras el pitazo final, Modric volvió a despertar a su león que nunca duerme. Corrió hacia el centro del campo, se abrazó con sus compañeros y terminó con un sprint hacia la afición. Como si el cansancio ya hubiera quedado en el camino. Que le den el Balón de Oro ya mismo. El del coraje y la valentía. Y que el domingo defina si está para un poco más. 

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