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Real Valladolid y la historia de un día para recordar

Real Valladolid y la historia de un día para recordar

(Ammedia/Real Valladolid)

El estadio José Zorrilla celebró por todo lo alto el ascenso tras noventa minutos de auténtico sufrimiento. Nadie olvidará lo vivido ayer en el santuario blanquivioleta

El día amanecía soleado en Valladolid. Ventanas y balcones mostraban banderas del Pucela y de España. El posible ascenso y la Eurocopa unían los colores en una ciudad que, en pleno de mes de junio, se volcaba con el mundo del fútbol.

Aún así, y con el rojo y amarillo presente, ayer la selección de Vicente Del Bosque no existía. Quedaban noventa minutos para regresar a la Liga BBVA, el lugar del que nunca debió salir un club que ha estado cuarenta años codeándose con los mejores equipos del país.

Conforme caían las horas, el nerviosismo crecía y la ilusión quedaba atada en la garganta de todos los aficionados blanquivioletas, especialmente los 9.000 incondicionales que arropan al equipo en primera, en segunda, con frío, con calor, en la derrota, en la victoria...

Twitter calentaba motores con el #SomosValladolid como punto fuerte. A partir de ese Hashtag, los pucelanos enviaron su grito, su deseo, su esperanza. Hablar en la red social y conocer el punto de vista de los demás era la mejor manera de pasar, como si de una página de un enorme libro se tratase, las últimas horas antes de "el partido más importante de nuestras vidas" (Djukic dixit).

A partir de las 18:00, incluso antes, los alrededores de Zorrilla ya dibujaban un colorido especial. La Fan Zone se llenaba de gente y los coches aparecían con las banderas asomando por la ventanilla y gritos de ánimo mezclándose entre los aficionados.

A las 20:00, la gente comenzaba a poblar las gradas del estadio. Tal era la ansiedad por el encuentro, que a falta de cuarenta minutos ya había más personas en Zorrilla que en un partido de liga regular. Y cuando los jugadores salieron a calentar, el lleno era casi absoluto...


Se cantó el himno y arrancó el partido. El alboroto inicial chocó de inmediato con un silencio que apenas duró diez segundos. Era el típico momento en el que todos los allí presentes asumían el lugar en el que estaban y el pedacito de historia que iban a obtener. Cuando la realidad se mezcló con los sueños y la ilusión se perdió entre el nerviosismo, Pucela entera empezó a animar y a dar el último aliento a unos jugadores conocidos como héroes.

El encuentro no fue bueno. Miedo y respeto a partes iguales entre Valladolid y Alcorcón. Ni un metro de ventaja, ni una carrera malgastada. Todo estaba medido a la perfección. Minutos de pizarra y músculo, no de fútbol y talento. Habitual en un Play Off de ascenso a la Liga BBVA. Normal cuando hablamos de jugarse el todo o nada en noventa minutos.

El descanso llamaba a la puerta, pero Fernando Sales quiso entrar a vestuarios dejando helado a Zorrilla. Gol del Alcorcón en el 45' y pánico en una parroquía, la blanquivioleta, que animó a los suyos en la retirada pese al marcador adverso. El 0-1 igualaba la eliminatoria, aunque por primera vez, Valladolid tenía miedo de despertar del sueño y descubrir que habían nadado para morir en la orilla.

En la reanudación, los hombres de Djukic se soltaron un poco más, dejaron los nervios en el vestuario y practicaron el fútbol que todos querían ver. En un abrir y cerrar de ojos, Javi Guerra, decisivo como siempre, anotaba el 1-1 aprovechando una magnífica asistencia de Óscar. Éxtasis. Primeras lágrimas. Miradas al cielo y gestos de complicidad entre jugadores y aficionados. Cerca y lejos. Todo a la vez. Demasiados sentimientos en tan poco tiempo. El resultado le valía al Pucela, pero un gol del Alcorcón metía a los de Anquela.

El cronómetro pasaba despacio. Javi Guerra, Sisi y Óscar fallaron tres contragolpes clamorosos. El Alcorcón, sin crear ocasiones y con más garra que fútbol, metía miedo. Dani Hernández despejó el único remate del cuadro madrileño. Zorrilla respiraba después de vivir los segundos más angustiosos de la temporada. El choque agonizaba y el pensamiento era unánime: "No se nos puede escapar".

Bufandas y banderas en los ojos, tapando la visión, como no queriendo ver los segundos finales, pero queriendo observar los últimos coletazos de la segunda división. Así fueron los instantes que definieron la diferencia entre gloria y depresión. El árbitro pitó y Zorrilla explotó. Abrazos, lágrimas, brazos al cielo y una infinidad de sentimientos que quedarán para siempre guardados en una noche inolvidable. El banquillo pucelano saltaba de alegría y los jugadores corrían, sin ni siquiera saber dónde, celebrando el milagro.


Con el paso de los segundos, la tensión quedó rebajada al mínimo. La hinchada blanquivioleta olvidaba los miedos y decía adiós a los temblores. Era momento de disfrutar. Cánticos y homenajes inidividuales para los héroes. Por la mente de muchos pasó la dolorosa derrota ante el Elche en 2011, o el descenso del Camp Nou. Otros se acordaron del ascenso de Mendilibar, o de la UEFA de Vicente Cantatore. Recuerdos inolvidables que, para bien o para mal, siempre tendrán un lugar en la memoria.

En medio del éxtasis, los jugadores, reclamados por el Speaker, fueron saltando, uno a uno, al terreno de juego. Desde el suplente con menos minutos, hasta Djukic, pasando por futbolistas importantes e iconos eternos, todos y cada uno de ellos alzaron los brazos hacia la grada, agradeciendo el apoyo y celebrando lo logrado.

"Pucela es de primera" dio paso a un sentido "Sisi quédate" cuando el pequeño gran hombre (así se le conoce en muchos rincones de Valladolid) recorrió los metros que separan el túnel de vestuarios del centro del campo. El extremo, que abandonará el club blanquivioleta el próximo treinta de junio, se mostró feliz y orgulloso en su discurso, despidiéndose con un emotivo "hasta siempre".


Después de la vuelta de honor y las palabras de varios de los protagonistas, tocaba cerrar el telón a una 2011/2012 tan difícil como espectacular. El fútbol realizado por el Real Valladolid merecía un lugar en primera división. Por una vez, el deporte rey era justo con los que habían hecho merecimientos para ello. Pucela recuperaba su plaza en la gloria y la afición disfrutaba de una noche mágica.

Nadie sabe qué ocurrirá la próxima temporada. Podemos intuir que se sufrirá mucho para mantener la categoría y seguir así peleando con equipos de la talla de Real Madrid, Barcelona o Atlético de Madrid, entre otros. Sin embargo, y gracias a Djukic, Pucela sabe que detrás del escudo hay una idea, una identidad, un sentimiento. Y es que...

¡SOMOS VALLADOLID!                                       



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