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El conjunto brasileño se ha impuesto esta pasada madrugada a Boca Juniors (2-0) para conseguir la primera Copa Libertadores en sus 101 años de historia

 Eduardo Álvarez
 Editorial | Libertadores
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Imagínense una hinchada enorme con un trauma de similares proporciones. Multipliquen ese trauma por 101 años de sufrimiento. Añádanle la constante sorna de las aficiones vecinas de la ciudad, e incluso algunas del resto del territorio nacional. Coloquen todo esto en el contexto del país del fútbol por excelencia, Brasil, una nación de proporciones continentales, y tendrán una ligera idea de lo que representaba la final de la Copa Santander Libertadores para el Sport Club Corinthians Paulista el miércoles durante la madrugada española.

Anoche, el Corinthians llegaba a esta final por primera vez en su historia. Después de un rosario de decepciones año tras año, el título de la Libertadores se había convertido en obsesión de la ‘torcida’ corintiana, sobre todo porque sus rivales directos, Palmeiras, São Paulo y Santos ya habían ganado el torneo, y sus respectivas hinchadas, normalmente enfrentadas, hacían causa común para reírse de los corintianos por su terrible histórico en la competición continental por excelencia de América Latina. En total, ocho equipos brasileiros ya habían sido campeones del torneo, haciendo que la ausencia de conquistas internacionales del Corinthians, uno de los equipos más galardonados en competiciones domésticas brasileñas, fuese todavía más grave.

La del Corinthians ya es, de por sí, una afición sufridora. Fundado por obreros italianos y españoles en 1910, desde sus inicios el club se posicionó como un equipo popular: ‘El Corinthians va a ser el equipo del pueblo, y es el pueblo el que va a hacer este equipo’, dijo su primer presidente, Miguel Battaglia. Junto con el Flamengo de Río de Janeiro, el Timão (un juego de palabras entre ‘equipo grande’ y el timón que figura en su escudo) sigue siendo el club de las clases humildes y del obrero por excelencia del país, el expresidente Luis Ignacio ‘Lula’ da Silva.

Después de una andadura poco brillante, pero muy efectiva, en la que los corintianos eliminaron al Santos de Neymar gracias, entre otras cosas, a un golazo del atacante Emerson Sheik – ‘jeque’, apodado así por su paso por el fútbol de Qatar – en Vila Belmiro, el primer partido de la final se disputó en la Bombonera de Buenos Aires el miércoles de la semana pasada. En un juego truncado, típico de la Libertadores, Boca dejó pasar una buena oportunidad de sacar ventaja tras encajar un gol en una contra al final del partido, cuando todo parecía a su favor tras el 1-0 de Roncaglia. Tras una pérdida de balón de Juan Román Riquelme, Emerson Sheik dejó al jovencísimo atacante Romarinho delante del portero boquense, y el chaval resolvió con la tranquilidad de quien no se daba cuenta de que estaba a punto de acabar con más de 100 años de complejos y frustraciones.

Pero todavía quedaba el partido de vuelta. En la final de la Libertadores los goles marcados en campo contrario no valen doble, por tanto el Corinthians tenía que vencer en el estadio de Pacaembú para coronarse campeón. Boca, vencedor de seis ediciones de la copa, era un enemigo temible, dado que no había perdido ningún partido fuera de casa en el torneo actual, y también por su equipo curtido en mil batallas, empezando por el propio Riquelme, ganador de tres títulos de Libertadores en su carrera.

‘El único jugador del Corithians que puede hacer algo diferente es Emerson Sheik’, afirmaba la leyenda corintiana Roberto Rivellino, sentado al lado del Rey Pelé en un evento corporativo en el que participé horas antes del partido. ‘Corinthians tiene un equipo muy consistente, muy ordenado, pero con poca imaginación. No tienen ponerse nerviosos, Boca también tienen que marcar gol’, completaba el mejor jugador de la historia, que siempre será santista, pero brasileiro al fin y al cabo.



El partido terminó dándole la razón al crack Rivellino: Emerson Sheik se consagró como estrella del imaginario corintiano para las generaciones venideras, marcando dos goles en momentos clave del partido que noquearon a Boca. El primero, a los 9 minutos del segundo tiempo, después de un pase excepcional de espuela del centrocampista Danilo -exageradamente apodado ‘Zidaninho’ por la delirante torida corintiana-. El segundo, cuando Boca iba descaradamente a por el partido, tras robarle la cartera al veteranísimo zaguero Rolando Schiavi, de 38 años, que fue incapaz de recuperar el terreno perdido después de su error en la salida.

De hecho, durante el partido la diferencia de edades y energía quedó patente en el terreno de juego. Boca salió a ganar, pero un equipo con ocho titulares de más de 30 años en un momento avanzado de la temporada sudamericana iba a tener dificultades contra el Corithinans del técnico Tite, que construyó un bloque muy joven, que presiona fuerte y que sale disparado al contrataque. El entrenador brasileiro, cuestionado por su conservadurismo y la rigidez táctica de sus equipos, ha terminado convenciendo a sus detractores. Los defectos fueron poco a poco convirtiéndose en virtudes, y el orden y disciplina táctica casi argentina de este Corinthians, junto con los momentos de inspiración del Sheik, han sido las claves para el triunfo corintiano en la Libertadores.

Las escenas después de que el árbitro colombiano diese el pitido final fueron impresionantes para cualquier observador neutral, tanto dentro como fuera del estadio. Naturalmente, aficionados y jugadores lloraban llenos de alivio, liberando una presión de décadas que se había hecho casi insoportable en los días anteriores al partido de vuelta. Después de recibir la copa en el terreno de juego vino el momento de la celebración regada a cerveza y cachaça, las dos bebidas nacionales, y sazonada con interminables toques de claxon y lanzamiento de cohetes hasta altas horas de la madrugada paulistana.

El partido representó también el adiós del ídolo Riquelme a Boca, pero eso en Brasil es casi irrelevante. Lo que interesa es que el equipo con mayor hinchada del país acabó con la nube negra que le acompañaba a todas partes. Hoy, más de 30 millones de brasileros son un poco más felices.

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