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Start Believing: Barbosa y los demonios de Maracaná

Start Believing: Barbosa y los demonios de Maracaná

Getty Images

El chivo expiatorio de la famosa derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950 protagoniza nuestro último capítulo de esta serie que narra el extraordinario poder de la fe

Corrían los instantes finales del Mundial de 1950 cuando el extremo de Uruguay, Alcides Ghiggia, chutó el balón hacia el primer palo y vio cómo Moacir Barbosa no podía hacer nada para evitar el 2-1 para Uruguay, logrando, como dijo el propio Ghiggia “algo que solo han logrado hacer Juan Pablo II y Frank Sinatra –silenciar el Maracaná en un instante-.

En el todavía recordado Maracanazo, los aficionados de los anfitriones intentaron buscar desesperadamente un chivo expiatorio, encontrándolo en el guardameta Barbosa, quien hasta entonces había sido la estrella del torneo. Perseguido el resto de su vida por su error, Barbosa comentó más adelante: “Incluso un criminal es perdonado cuando cumple su condena y paga su deuda, pero yo nunca he sido perdonado”.

En Brasil, el máximo castigo por cualquier delito son 30 años. Durante 43 años yo he estado pagando un crimen que ni siquiera cometí

Zizinho, compañero de equipo de Barbosa, dijo que fue tratado como “un albatros” por los brasileños desde entonces, y en 1994, la selección se negó a reunirse con él antes del Mundial, ya que en palabras de Romario: “No queremos ser maldecidos en nuestra carrera hacia el éxito”. En un esfuerzo por romper esa maldición de 1950, Barbosa pagó a un operario para que le llevara a casa los palos de la portería de Maracaná, que posteriormente utilizó para hacer una barbacoa a la que invitó a todos sus amigos.

No sin polémica, pasaron otros 45 años hasta que otro portero moreno de piel, Dida, fuera seleccionado para defender la portería del equipo nacional. ¿La última declaración pública de Barbosa? “En Brasil, el máximo que se castiga por cualquier delito son 30 años. Durante 43 años yo he estado pagando por un crimen que ni siquiera cometí”.

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