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La fuente era lugar de festejos de ambas aficiones hace no tanto. La Quinta del Buitre originó el traslado de los colchoneros a Neptuno. Futre lo rememora en exclusiva en Goal.com

Una representa a la Madre Tierra. El otro es el dios de los mares. Una recibe impertérrita, sentada en su carro, a la calle Alcalá, y el otro, de pie, desafiante con su tridente, a la Carrera de San Jerónimo. Apenas les separan 600 metros en el centro de la ciudad de Madrid. Sin embargo, la fuente de Cibeles y la de Neptuno simbolizan conceptos totalmente distintos. Ella es merengue, vikinga, blanca, madridista. Él es colchonero, indio, rojiblanco, atlético. El fútbol los ha adoptado para sí, y no queda nadie ya que no reconozca a Cibeles y a Neptuno como parte misma del Real Madrid y del Atlético, respectivamente. Parte de su propia historia, incluso. Y se comprobará este mismo viernes, cuando nada más pite el final del partido Clos Gómez, bien una fuente o bien la otra se llenarán de aficionados en éxtasis para celebrar el título de su equipo. Sin embargo, hubo un tiempo en el que no fue así.

Un tiempo, no tan lejano además, donde esas fuentes nada tenían que ver con las celebraciones y los rituales deportivos. Donde los jugadores no acudían a las fuentes para fundirse con sus aficionados. Y un tiempo también donde Neptuno presenciaba los éxitos deportivos sin compañía alguna, y era únicamente la diosa Cibeles la que acogía a los aficionados de todo signo y color. Tanto del Real Madrid, como incluso del Atlético de Madrid. Aunque hoy esta amalgama pudiera ser incomprensible, y casi irracional. Pero hubo un tiempo en el que era así, en el que Cibeles también era india además de vikinga.

La década de los 70 andaba a medio camino cuando los primeros aficionados sintieron la inquietud de echarse a las calles para celebrar los títulos de su equipo con sus allegados, con sus ‘hermanos’ del fútbol. La fuente de la Cibeles, situada en el centro de la ciudad, era un punto de encuentro ideal para semejantes aglomeraciones. Y cuentan que fueron incluso los hinchas rojiblancos los primeros que acudieron a los pies de la diosa, cuando el Atlético ganó la Liga de 1977. Se dice que difícilmente llegaban a los mil, pero aunque pocos, pronto contagiarían al resto de la población. En cuanto se corrió la voz.

Así las cosas, por pura imitación, cada vez que el corazón de los aficionados les impulsaba a soltar a los cuatro vientos su euforia, se concentraban en la Plaza de la Cibeles, uno de los puntos neurálgicos de Madrid. Ya fueran los aficionados atléticos, los madridistas, e incluso se dice que también cuando se querían festejar los éxitos de la selección española, como sucediera en la consecución de la última Eurocopa. Una para todos, y todos para una.

Eso, mientras que existía cierta alternancia en los festejos. Pues llegado el segundo tramo de los años 80, las alegrías eran materia reservada únicamente para el madridismo, merced a una Quinta del Buitre que ganaría cinco Ligas de forma consecutiva con puño de hierro. Todas ellas celebradas, ya religiosamente, al calor de Hipómenes y Atalanta, los leones que remolcan el carro de la Diosa Cibeles.

Un lustro es mucho tiempo. Y aunque por aquel entonces apenas se contaban los cinco mil aficionados en las celebraciones, para la afición atlética era demasiado. Veían a Cibeles demasiado merengue ya. Con lo que decidieron hacer la mudanza, y llevarse los festejos a otro lugar. ¿A dónde? Pues a la fuente de Neptuno, un lugar igualmente céntrico, pero cuyas aguas “no estaban infectadas después de que los madridistas se hayan estado bañando en ellas durante cinco años seguidos”, como anunciaron los hinchas rojiblancos a los medios de comunicación antes de la final de Copa celebrada en 1991. No sin una buena dosis de retranca. Y un gran poder de convocatoria, así mismo. Pues tras ganar al Mallorca (1-0), no se vio a los colchoneros alrededor de la diosa Cibeles, sino en torno a Neptuno. ‘Su’ Neptuno, desde aquel 29 de junio.

De hecho, ganaría el Atlético la Copa del Rey de nuevo al año siguiente, en la famosa final en el Santiago Bernabéu ante el Real Madrid donde marcaron Bernd Schuster y Paulo Futre (2-0), y ya ningún hincha atlético tenía dudas de a dónde debían acudir para encontrarse con sus congéneres: a esa Plaza Cánovas del Castillo, que ya era patrimonio colchonero. De hecho, el propio Paulo Futre, que había aterrizado en la ribera del Manzanares en 1987, confesó a Goal.com desconocer este dato: “¿Que la afición del Atlético iba a celebrar los títulos a Cibeles? ¡No me lo puedo creer! ¿De verdad? ¿Pero cuándo? ¡Eso no puede ser!”, acertaba a decir, con los ojos abiertos como platos. El ‘10’ portugués había participado de aquellas dos primeras copas que se brindaban al dios de los mares, pero como se ve, pronto caló entre los hinchas rojiblancos. Como si hubieran sido doscientas.

Y eso que, por aquel entonces, ni siquiera estaba aceptado que los jugadores acudieran a la fuente para beber de la euforia de sus hinchas. No hasta mediados de los noventa aproximadamente, y dicen que fue precisamente el Atlético el que haría los honores tras el doblete, por cierto. “Fuimos en autobús desde el estadio hasta el Calderón, pasando por Neptuno, pero sin parar” rememora en exclusiva Futre, en relación a las celebraciones de aquel título en 1992. “Una cena, al hotel y luego en una discoteca, pero nada de pasarela, ni rúa ni nada. Me hubiera gustado estar en la fuente con los hinchas, la verdad. ¡Pero en Neptuno, eh! Cibeles es merengue, y Neptuno es colchonera. Son símbolos ya y deben seguir siéndolo así”. Muy cierto. ¿O acaso alguien se imagina ahora una Cibeles teñida de nuevo de rojiblanco?

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