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La sombra del entrenador portugués, necesario para el cambio de mentalidad en el Real Madrid, planea cada vez más sobre la actualidad del Fútbol Club Barcelona

 Susana Guasch
 Goal.com
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Periodista, presentadora de lasextadeportes y colaboradora de Onda Cero en Al Primer Toque

Quizá al Real Madrid no le venga bien un 'sparring' tan torpe en el tramo final de la Champions League. Después de la inspiración de Old Trafford, el Galatasaray se presentó en el Bernabéu como un mastodonte de mucho músculo y poco cerebro. Sus nombres, aun siendo retales reciclados de otros clubes, imponían a priori un respeto reverencial: Didier Drogba, Wesley Sneijder y Burak Yilmaz, el gran desconocido, habían vendido un cartel cuanto menos exótico. Pero a estas alturas y, aunque suene repetitivo, los favoritos son los de siempre: Barcelona, Real Madrid y Bayern Múnich. ¿Por ese orden? Supongo que no.

A los bávaros se les ve sobrados, apenas las han pasado canutas en un solo partido… ¡durante toda la temporada! Contra el Arsenal en Múnich y casi ni eso. El fatídico cabezazo de Drogba en la última final de Champions encabritó a los alemanes de tal manera que Jupp Heynckes es capaz de vender su alma al diablo si le echan del club tal como lo hizo el Madrid de la Séptima.

Desde el galacticidio de Mónaco en 2004, el Madrid sufrió el síndrome de octavos como una maldición que pintaba eterna. Fue llegar José Mourinho y devolvió al equipo el 'alta competitiva' (derechos de autor: Aitor Karanka) sin recurrir a la épica de las noches europeas. Hace dos años los blancos tuvieron la chamba de jugarse los cuartos contra un Tottenham demasiado tierno; la temporada pasada fue el Apoel de Nicosia quien se llevó el premio gordo y anoche el Galatasaray entendió tarde que, en campos como el Bernabeu, debe salir a morir si quieren inmortalizarse con la 'Orejona'.

Esperábamos más de los turcos, dueños del rancho en su país pero poco espabilados en el torneo de los mayores; también decepcionó Fatih Terim, el 'Mourinho' del Galatasaray. Cada vez tengo más claro que ése es el apodo que le ha puesto su prensa para darle morbo a la eliminatoria. Pero ni con esas, ni siquiera con un Madrid con ganas de experiencias más excitantes, por de pronto, otro rally de clásicos. Al menos, la paranoia del delantero centro deja de ser un caso psiquiátrico: marcaron los dos señalados, Benzema e Higuaín, y evitaron otro fusilamiento mediático. Quizá lo necesitaba más el francés después del silbido unánime de Saint Denis.

Con el Madrid de visita turística por el Bósforo, es el Málaga quien debe reivindicar la proeza que nos recordó al Villarreal de Pellegrini. Pudo ganar y pudo perder contra el Borussia; por eso, el 0-0 ilusiona si no se dejan impresionar en el legendario Westfalenstadion (me gusta más su nombre de pila, ¡leyendaza!). Apetece ver al Málaga en semifinales por afición y, sobre todo, por meter entre los elegidos a otro equipo que se encabrona si pega un patadón. Gracias, Manuel.

Y el que tampoco puede permitirse tonterías es el Barcelona. Jordi Roura constató que en momentos nerviosos hasta ellos hablan de árbitros… y de repente, también de Mourinho. El día que el Real Madrid anunció su fichaje (28/05/10) hubo directivos que resoplaron aliviados: habían encontrado al "único capaz de incordiar al Barça". Sin embargo, la urgencia de la Décima dejaba en la trastienda el propósito extraoficial. Florentino Pérez no había contratado a un simple entrenador sino a una trending topic permanente que duraría cuanto quisiese Mourinho; así fue desde el principio.

El entrenador del Madrid concibe el mundillo del fútbol tal como lo hacía José María García en la radio cada noche, o sea, un teatro con buenos y malos. Sin duda, el Barça había mamado a un traductor ingrato, concebido por el Camp Nou como el anticristo en aquella eliminatoria ante el Inter de 2010. Y, precisamente, una némesis es lo que necesitaba el presidente: un personaje que supiera desquiciar a los azulgranas con pizarras tácticas y cámaras de televisión delante. Los antológicos ¿por qué? y su letanía arbitral de Ovrebo, De Bleeckere, Busacca y Stark intuían un único trasfondo: pegar al Barça. Y así lo siguen entendiendo algunos en Barcelona; por ejemplo, Dani Alves, quien ve fantasmas 'mourinhizados' en la conspiración del Parque de los Príncipes. Desde luego, la sombra de Mou es demasiado alargada.

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