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Ambos han hecho historia con la selección española. Uno abrió las puertas del cielo con la Euro 2008. El otro nos hizo eternos con el Mundial 2010 y la Euro 2012

 Susana Guasch
 Goal.com
Síguela en
 
Periodista, presentadora de lasextadeportes y colaboradora de Onda Cero en Al Primer Toque

La selección española ha sufrido una estúpida campaña de acoso y derribo por tierra, mar y aire, y a mí me ha faltado un testimonio, por encima de cualquiera: el de Luis Aragonés. Sabio de verdad, no sólo de Hortaleza, deduzco cuál habría sido su reacción después de la conquista de París. Él, precisamente, se responsabilizó de una selección desquiciada por la fobia a los cuartos de final y en su primer desafío (clasificar a España para el Mundial de Alemania) las críticas también le alcanzaron. Entonces, a la opinión pública apenas le importaba si la selección jugaba a algo, más que nada, porque no habíamos empatado con nadie. Y la tónica no iba a cambiar, sobre todo, después de que tuviese que jugar una repesca contra Eslovaquia. Desde luego, la prensa tenía carnaza, y de la buena, para hacer trizas a Luis, nos clasificáramos o no para el Mundial. Total: para lo que íbamos a hacer allí.

Pero España se paseó ante los eslovacos. El 5-1 del Vicente Calderón agitó una ola de optimismo entre los jugadores, quizá más obligados a soltar cumplidos que confesar lo que realmente pensaban o, mejor dicho, temían. Xavi Hernández dijo después de la repesca que al Mundial de Alemania había que ir “con la idea de ganar y ser los mejores”; Casillas salió con el mismo discurso, “es un Mundial para soñar”. Sin embargo, Luis, que se las sabe todas, se desmarcó de ese engañoso triunfalismo: “Llevo treinta años en este oficio y España siempre se clasifica. Así que no hay nada que celebrar”. Breve, directo y conciso, vamos, con su estilo. Sí que se atrevió a hacer una premonición un tanto optimista, raro en él: “Queremos estar con los que ganan, los más fuertes y sólo con la humildad de hacer bien las cosas podemos”. La profecía de Luis era cierta, excepto que no atinó en el tiempo. En Alemania 2006 reapareció la neurosis perdedora, el discurso estaba encaminado a la Eurocopa de Viena. El Informe Robinson de ese torneo reveló que la arenga del seleccionador minutos antes de la final contra Alemania no tenía ni una palabra de su augurio de Eslovaquia. Quizá Aragonés nunca se imaginó una charla de vestuario para una final tan histórica.

Aquel antagonismo de declaraciones fue otro claro ejemplo del bipolarismo del que ha hablado Piqué esta semana. “Este país es bipolar. Es muy fácil hablar bien cuando ganas y decir cuando pierdes que hay que buscar otra manera. Eso no va así”. O sí. La moda de faltar al respeto a los éxitos se está convirtiendo en una peligrosa costumbre entre nosotros, los periodistas. Piqué se refiere en su entrevista a El País a “prensa y afición”. La primera crea corrientes de opinión del que la segunda se contagia y, últimamente, machaca vía twitter. Incluso, ha habido televisiones que han propuesto debates surrealistas como el de ¿Creéis que se ha agotado el ciclo de Del Bosque? No quiero imaginarme las propuestas televisivas en caso de que hubiéramos salido tarifando de París; en plena Semana Santa, algún lumbreras habría pensado en crucifixiones.

Del Bosque, otro sabio, volvió a lucir su pose diplomática. Lejos de traicionar su paciencia estoica, su discurso no llamó la atención salvo por una chinita: “Hemos ratificado nuestras ideas y convicciones”. ¿Pero es que había algo que ratificar por un despiste ante Finlandia? A España le sucede como al Barça, no contempla otra manera de jugar al fútbol para no sentirse como un marciano. Pero en este país somos así: o lo tomas o lo dejas. A Fernando Alonso le pegaron palos por quererse demasiado a sí mismo cuando ganó el segundo mundial con Renault; a Rafa Nadal por no dejarse los huevos cuando su rodilla estaba del revés y a Pau Gasol por no rendir con la selección al ciento veinte por cien después de haberse metido casi cien partidos de NBA. Un poquito de por favor, ¿no?

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