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CR7, el gran delantero portugués del Real Madrid se enfrenta a España cuando parece haber encontrado su verdadero papel como ídolo de masas: el de malo de la película

El 6 de julio de 2009 Cristiano Ronaldo fue presentado como jugador del Real Madrid durante una apoteósica ceremonia de bienvenida en el Santiago Bernabéu. En aquella tarde de verano madrileño, el fichaje más caro de la historia del fútbol se dio un baño de multitudes y recibió la calurosa acogida de una afición que necesitaba desesperadamente un ídolo para creer que derrotar al Barcelona volvería a ser posible.

Mientras su nueva torcida le mostraba su cariño, el sonriente Cristiano miró para el antiguo ‘gallinero’, absolutamente repleto, y saludó con la mano. El hijo de mi amigo Juan, sentado a mi lado, le devolvió el saludo y comentó, clarividente: ‘Parece uno de esos que se hacen los buenos en las películas, y luego resulta que son malos’.

No hace falta decir que la opinión de un niño de cinco años difícilmente puede tener alguna validez como análisis psicológico, pero el comentario de Diego me ha perseguido durante estos tres años de Cristiano Ronaldo en Madrid. Todos hemos visto sus expresiones forzadas intentando animar a sus compañeros, intentando esconder la frustración cuando la pelota no le llega donde y cuando quiere, o dando entrevistas con palabras de buen perdedor y una mueca de rabia mal reprimida. La conclusión siempre es la misma: cuando hace de bueno, este chico no parece natural.

Por mucho que se esfuerce, el portugués solo se muestra libre, original, auténtico cuando se libera de las convenciones de la corrección política y suelta su yo de personaje irritante – sobre todo para los contrarios del Real Madrid. Ahí es cuando vemos al verdadero Cristiano Ronaldo: celebrando un gol con rabia mientras se golpea el muslo y dice que es el mejor, rajando de un árbitro al final de un partido o echándole una monumental bronca llena de aspavientos a un compañero de equipo que se atrevió a no pasarle la pelota. Es en esos momentos de tensión liberada cuando realmente vemos un Ronaldo in natura, pletórico y sin ataduras.


Durante sus dos primeros años en Madrid, los dos Ronaldos – el atenazado por el poder de las relaciones públicas y el Mr Hyde que no se corta nada – se habían alternado con resultados poco esperanzadores. Con la excepción de una final de la Copa del Rey en la que el portugués se soltó tímidamente el pelo, el Barcelona seguía ganando títulos y la afición empezaba a impacientarse. Y ahí llegó el cambio: en septiembre del año pasado, después de un partido contra el Dinamo de Zagreb, Cristiano hizo aquellas famosas manifestaciones – “Me silban en los campos porque soy guapo, rico y un gran futbolista, y me tienen envidia”.

A partir de ahí, hemos visto a CR7 abrazar su verdadera identidad. Ha decidido que está mucho más cómodo siendo el malo de la película, y se ha dedicado a cultivar un porte de villano de guion de suspense sin reprimirse lo más mínimo. Además de que sus exabruptos ya habituales dentro del campo se han hecho más frecuentes, el portugués se ha dejado llevar por su lado Hyde hasta en las entrevistas. En una de ellas llegó al extremo de recordar – con muy poca elegancia y peor memoria – el pobre record histórico de Lionel Messi con la selección argentina.

Sin embargo, lo preocupante de todo esto para la selección española es que este nuevo papel está trayendo irrefutables beneficios al portugués. Desde que paró de ser políticamente correcto, Ronaldo ha batido el record de goles del Real Madrid en una temporada, ha ganado el campeonato – dos victorias incuestionables en su desafío constante e incluso obsesivo contra Leo Messi – y ha empezado a brillar con su selección, algo que hasta ahora no había ocurrido en un torneo completo.


CR7 llega al enfrentamiento de semifinales con España en la mejor forma de su carrera con Portugal, después de haber liquidado – y de haber celebrado cada gol de forma increíblemente arrogante – a Holanda y a la República Checa, quitándose de encima el sambenito de que no juega bien en las fases finales de los torneos que disputa con su selección. Con tres goles, lidera los goleadores del campeonato, y es junto al alemán Mario Gómez el único de los artilleros que puede aumentar su cuenta – recordemos que CR7 nunca ha sido pichichi de un torneo internacional.

Su hambre tiene una excelente justificación: después de ser campeón de liga en España, los trofeos individuales de mejor jugador que en los últimos años disputa con Lionel Messi irían a parar a sus manos si consigue llevar a Portugal a una conquista histórica para el país ibérico.

Y esa realmente es la motivación de este perfecto, por natural, provocador. Su éxito con Portugal le traería otras victorias individuales que le permitirán seguir diciendo que es el mejor, el más grande, el único. Un éxito con su selección, Dios no lo quiera, aumentaría todavía más la leyenda de este jugador impresionantemente completo e insoportablemente soberbio al que da gusto pitar. Porque, al fin y al cabo, no hay buena película sin un malo convincente, y en eso Ronaldo también es un genio.

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