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La entidad dirigida por Florentino Pérez cometería el mismo error si pierde al mediocentro alemán, tal y como ocurrió con la salida del franco-congoleño en 2003

OPINIÓN

Si por algo se caracterizan los mandatos de Florentino Pérez en el Real Madrides por inculcar una política personal de fichajes en el conjunto blanco. Suelen tratarse de inversiones ‘galácticas’, con un alto coste económico, que habitualmente el club recupera a través del merchandising.

Muchos de estos futbolistas responden más a las intenciones comerciales de la entidad, y del máximo mandatario, que a una necesidad deportiva demandada desde el banquillo. El ejemplo más patente de este tipo de traspasos fue el de David Beckham en 2003.

El inglés, procedente del Manchester United por un cantidad aproximada de 25 millones, permitió al Real Madrid adentrarse en el mercado británico y asiático de la mano de su rosario de patrocinadores. En cuanto al plano deportivo, Beckham cumplió por su habitual compromiso pero sin aportar un plus diferenciador. Además, su llegada provocó la salida de Claude Makelele, por 20 millones.

La mal llamada clase media siempre ha sufrido mucho en el Real Madrid. Un abanico de jugadores catalogados y situados por debajo de las estrellas cuando su rendimiento se situaba en ocasiones por encima. Makelele era el equilibrio de aquel Real Madrid, de un equipo anárquico en el que Zidane, Figo, Raúl y Morientes tenían total libertad gracias al minucioso trabajo en la recuperación del franco-congoleño.

La salida de Makelele fue el principio del fin. Un error no vislumbrado por todos y que está cerca de repetirse una década después de manera doble. Ángel Di María deja Chamartín rumbo a Old Trafford. El argentino es un jugador explosivo que ofrece alternativas en cualquier esquema. Un estilete para romper muros defensivos. Un trabajador nato capaz de bregar por sus compañeros como primera línea de presión. Una referencia que deja al madridismo huérfano, sin recambios.

El otro nombre que podría acompañar al del ‘Fideo’ es el de Sami Khedira. El alemán ha regresado a la capital como campeón del mundo. Lo que no le ha valido para quitarse el cartel de discutible que posa sobre su cabeza desde que aterrizara. La aparición este verano de Kroos y James han provocado un efecto dominó en la medular merengue, empujando a Khedira fuera de la pizarra.

El papel que realiza Khedira en el Real Madrid es difícilmente reemplazable. El mismo rol que hacía Makelele. Proporcionar el equilibrio dentro de un desequilibrio. Dicho perfil lo tiene Xabi Alonso, el problema es que el tolosarra está en la recta final de su carrera y Kroos, aun habiendo jugado en dicha posición en el Bayern o en la selección, siempre lo ha hecho protegido, bajo el abrigo proporcionado por Lahm, Schweinsteiger o el propio Khedira. Cuya marcha del Bernabéu dejaría tan desnuda a la defensa como cuando Makelele hizo las maletas.

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