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Ser máximo anotador de un Mundial no es sinónimo de mantener una prolífica carrera en el fútbol

OPINIÓN

La vida deportiva de James Rodríguez no para de crecer y cambiar. La joven estrella colombiana tomó en 2010 el puente que une América con Europa y lo hizo bajo uno de los mejores visados posibles, el del Oporto, club con un gran olfato para elegir en el mercado internacional. Su posterior traspaso de la liga portuguesa al Mónaco se produjo en silencio, sin el alboroto habitual de otros fichajes. La capacidad de atraer la atención del público general no había llegado todavía.

La estancia de James en el Principado supuso un curso rápido de madurez bajo la protección de uno de los ídolos de la nación, Radamel Falcao. La conexión cafetera condujo a los monegascos al subcampeonato francés. Un exitoso bagaje para un equipo recién ascendido, aunque bien provisto y equipado.

La lesión de Falcao dejó libre el trono de la Tricolor, con la batuta que lideró Valderrama presta a iluminar el camino de Colombia en Brasil. El abanico de candidatos para capitanear al equipo en la cita mundialista era amplio, como también eran abundantes las esperanzas del país por refrendar las expectativas creadas. James Rodríguez asumió el rol, siendo el hombre encargado de hacer olvidar a su propio compañero del Mónaco.

El aficionado medio conoció a James Rodríguez este pasado mes de junio. Supo de su capacidad rematadora y del interés de todos los grandes equipos europeos. Los 6 goles y la consiguiente bota de oro fueron avales suficientes para que el Real Madrid intensificara su maquinaria para certificar su definitivo desembarco en el Santiago Bernabéu. La guinda para uno de los artífices de la brillante clasificación colombiana para cuartos de final, superando el techo de la generación de 1990.

Precisamente, aquella hornada liderada por Valderrama participó en la Copa del Mundo de Italia donde Baggio, Matthaus, Lineker y Maradona apuntaban como referencias de un campeonato que terminó también en manos germanas, como en 2014, y que tuvo un protagonismo inesperado de un delantero italiano que entró de soslayo en la convocatoria 'azzuri'.

Salvatore Schilacci ocupó el puesto de ariete de la selección italiana por delante de Vialli y Carnevale. Fueron siete partidos y seis goles que sirvieron para convertirle en el máximo anotador del torneo y en uno de los futbolistas más codiciados de la incipiente década de los 90. La Juventus, que se había hecho con sus servicios el año anterior, no quiso desprenderse de una figura que acabó desgastándose y apartándose de las portadas. Su posterior paso por el Inter fue la antesala de su éxodo a Japón, donde ofreció sus últimos minutos como profesional dentro de una irregular carrera.

Probablemente James Rodríguez no sepa de la existencia de 'Toto' Schilacci, pero la historia del fútbol está repleta de grandes actuaciones a las que continuaron enormes decepciones. La labor de James es la de escoger el espejo adecuado para evitar transformarse en un espejismo. Los primeros minutos en el Real Madrid son siempre complicados, máxime si el técnico no le encuentra su sitio. Pero lo que está claro, es que ser el 'pichichi' de un Mundial puede servir, y no, para labrar un futuro en el fútbol. El tiempo nos lo dirá.

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