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El último capítulo de esta pública escisión: el lateral proyectando doctrinas madridistas contra el capitán en redes sociales. El club no debería tolerarlo y prescindir de todos

OPINIÓN

“Un grupo cohesionado y unido no es la clave para ganar títulos, pero es sin duda una de las mejores vías posibles para ello”. El que lo dice no es otro que Vicente Del Bosque, perfecto sabedor de la eficacia de esta teoría, corroborada con sobrados títulos en su palmarés. Y no es sólo un epígrafe del librillo del seleccionador nacional, pues hay cientos de ejemplos en el deporte que así lo demuestran. Miles. Todos los que quieran. Seguramente cada aficionado conozca una historia diferente al respecto. “Una flecha sola puede ser rota fácilmente, pero muchas flechas son indestructibles”, dicen que dijo Gengis Kan ya ocho siglos atrás. Y a día de hoy, ese lema sigue siendo igual de válido.

Es por ello mismo que el Real Madrid debería desterrar ya de una vez por todas las secuelas que dejó el paso de José Mourinho por Concha Espina. Ha sabido aprovecharlas muy bien en el sentido estrictamente deportivo, pero todavía no se ha mostrado lo suficientemente incisivo con el bisturí en la cuestión de la paz social. No lo fue durante los tres años que estuvo en el banquillo blanco, y de aquellos barros, estos lodos. Pero es absurdo, ilógico, nocivo y un claro riesgo seguir esperando a que los incendios se extingan por sí solos. No lo hacen. Al revés, siguen propagándose más y más con el paso del tiempo, aprovechando cada mínima ráfaga de viento, cada rescoldo mal apagado.

Y el ejemplo más claro y patente es el de la portería, con un conflicto que va para los dos años de duración ya. Y ni filtradas las intenciones del club de prescindir de Diego López se mitigó la fractura social. Al contrario. El fuego cobró vida de nuevo, con tanto fulgor como en sus primeros días. Como si no se hubiera avanzado nada en estos últimos veinte meses. Es más, algunos de los que han sido partícipes de este quilombo ya no se cohíben lo más mínimo a la hora de hacer públicas sus tendencias. Como es el caso de Álvaro Arbeloa, que en redes sociales proyectó recientemente las doctrinas de los sectores más contrarios a su compañero Iker Casillas. Aquél que debe cubrir la portería del equipo al que defiende, aquél del que debe ser escolta.

Dirán algunos que, efectivamente, en todos los equipos hay conflictos internos entre jugadores. Y que, aun con estas tiranteces entre, por ejemplo, Casillas y Arbeloa, el Real Madrid ganó la Champions League y la Copa del Rey la temporada pasada. Sin embargo, estos árboles no deberían impedir ver el bosque que hay detrás. Pues repetir este curso los éxitos del pasado es una empresa doblemente complicada, y sin resultados, y además con conflictos internos, la situación puede ser ya de verdad crítica. Innecesariamente crítica, de hecho. Pues el Real Madrid tiene mimbres de sobra para suplir con garantías tanto a Iker Casillas como a Diego López. En el campo, y también fuera de él. E igualmente sucede con Álvaro Arbeloa, otro indisimulable foco de esa tóxica escisión social.

Más vale una vez rojo que cien colorado. Y al Real Madrid le han sacado ya demasiadas veces los colores con niñerías y campañas públicas y subterráneas, como para que éstas sigan haciendo peligrar la estabilidad coral de los objetivos y la cohesión del grupo. Es momento de cortar por lo sano.

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