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La inminente salida del gallego del Real Madrid ha servido para que afloren viejos debates, fagocitando el interés general blanco. El club necesita extender esta regeneración

OPINIÓN

Estabilidad institucional y paz social. Dos de los reclamos que utilizó Florentino Pérez durante su campaña electoral en 2009 para retomar el sillón presidencial del Real Madrid. También, por supuesto, los títulos y la construcción de un equipo que deslumbrase al mundo. Cinco años después, podremos concluir que ha cumplido sólo con parte de sus promesas. Y curiosamente no son precisamente las a priori más complicadas de acometer donde han aparecido fallas, sino específicamente en la cuestión de la paz social. Un lustro atrás, el madridismo estaba unido, aunque fuera en su descontento con el equipo, hoy en día, sería difícil definir al madridista tipo de tantas disyuntivas que arrastra, y de tantas facciones a las que abonarse, en consecuencia.

No supo el Real Madrid en su momento atar en corto a José Mourinho. Durante tres años llevó al equipo a cotas superiores dentro del campo, pero también al club a infinidad de cuitas internas y externas fuera del mismo, bajo la jurásica, tiránica y caciquil máxima de “conmigo, o contra mí”, sabiendo ganarse sibilinamente el favor de parte de la afición madridista (y de los medios de comunicación) para sí. Los mismos hinchas, e incluso algunos periodistas que, quizás deslumbrados por la cuota de influencia que algunos les hicieron creer que tenían, siguen aferrados a causas de otros tiempos, a causas perdidas. Y a otras surgidas colateralmente, seguramente en su afán por no abandonar esa figura impostada que creen les convierte en populares, en líderes de opinión, en influyentes para con el Real Madrid incluso, con una única vara de medir que son los minoritarios cánticos en el Santiago Bernabéu y la acogida en las redes sociales, siempre virtual. Como los niños a los que les toca ser sheriff en los juegos de la mañana y no abandonan la placa y el sombrero hasta que se acuestan. Sólo que en este caso no hubo nunca nadie con el sentido común y la responsabilidad de club como para avisarles de que el juego había terminado ya, como suelen hacer los padres con sus hijos.

Están en su derecho, cómo no. Sus motivos y sus convicciones tendrán para continuar peleando por imponer sus posturas en debates de años pasados, seguro. Y tan válida es una posición como otra en los pulsos. Pero inmersos en esa guerra de guerrillas, a buena parte del madridismo le está faltando grandes dosis de visión global de la situación. Y con ello, no es sino la causa madridista la que sale damnificada, esa que supuestamente debía estar por encima de cualquier interés personal de los aficionados, y que está siendo arrastrada por una sensación de autodestrucción cada vez más imperante en todo lo que rodea al Real Madrid.

Desde Concha Espina años atrás siempre se miraba con cierta incredulidad, e incluso superioridad y suficiencia, las reacciones que creían desmedidas en clubes tradicionalmente autocríticos hasta la saciedad, como los Barcelona, Valencia o Atlético de Madrid. Y los hay que no reparan en que, a día de hoy, el mismo Real Madrid atraviesa una situación similar. Con aficionados y periodistas en permanente estado de tensión por supuestas filtraciones sin señalar a sus propios filtradores; con jugadores sin apenas relación dentro de un mismo vestuario y que no reparan en postularse públicamente dentro de esas guerrillas twiteras; con luchas decibélicas dentro del propio Santiago Bernabéu entre los que aplauden y los que silban a ciertos jugadores; con pancartas y quema de camisetas de futbolistas de la plantilla sin justificación deportiva que las motiven; etcétera. No le pongan nombres concretos a los protagonistas, y quédense con los hechos. Porque vistos desde fuera, y con la firme intención de no postularse en ninguna dirección, hablan de un club con un importante cisma social.

Y el último capítulo se ha vivido esta misma semana, tras conocerse que finalmente el Real Madrid forzará la salida de Diego López, manteniendo a Iker Casillas como compañero del próximamente oficializado fichaje de Keylor Navas. Cuando se han vuelto a recrudecer las campañas mediáticas y subterráneas en torno a la portería merengue, que vienen desde diciembre de 2012, ¡hace más de año y medio! Y la triste conclusión es que no se ha avanzado nada al respecto en este tiempo. Ni la consecución de la Copa del Rey y de la Champions League ha servido para calmar las aguas y reunir al madridismo en torno a esa causa blanca que debería aglutinar a todos por igual, y que sin embargo parece relegada a un segundo plano. Que levante la mano quien no conozca a un autoproclamado madridista que en este tiempo no haya deseado que su equipo encajara un gol o perdiera cierto partido en función del guardameta que estuviera bajo palos si no.

Y ahora a algunos les escuece que salga Diego López de la disciplina merengue. Lógico, por su buen hacer, su profesionalidad, su discreción. Pero a la larga, saldrá ganando el Real Madrid. Y no sólo por las aptitudes y la oportunidad de negocio que se le abrió con Keylor Navas, sino sobre todo porque sin ídolos ‘vivos’ a los que adorar, es más sencillo que las sectas crecientes en el madridismo empiecen a enfilar su defunción. De hecho, seguramente no debiera ser el único tótem con cuya despedida el Real Madrid saldría ganando. Véanse los casos de Casillas o de Álvaro Arbeloa, mismamente. Pues hay relevos sobre el césped, y también líderes en el vestuario para tomar el testigo. “Es el inicio de una nueva época para el Real Madrid”, decía Carlo Ancelotti unos días atrás. Sin embargo, vistos los acontecimientos, parece que hasta que no se depuren por completo los enraizados conflictos pretéritos, nunca llegará esa nueva época a Concha Espina. Nunca llegará a esa paz social prometida un lustro atrás.



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