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El líder de la selección de Brasil no podrá ser profeta en su tierra y una lesión le aparta del Mundial, un torneo que jamás volverá a ser igual para él

OPINIÓN

A sus 22 años, Neymar no tuvo problema alguno en echarse a sus espaldas la ilusión de un país de 200 millones de habitantes. Brasil acogía este verano el segundo Mundial de su historia y se postulaba como la máxima candidata a levantar un título que desde la segunda mitad del Siglo XX quiso hacer suyo una generación que comandaba el legendario Pelé. Neymar soñaba con guiar a la 'verdeamarela' en 2014 a su sexta Copa del Mundo. Hasta hoy.

Mientras a Thiago Silva, capitán del equipo, le temblaban las piernas y evitaba su presencia entre los lanzadores de la tanda de penaltis ante Chile, Neymar asumió con naturalidad ser el quinto de los suyos en disparar; el chico de la cresta amarilla quería su cuota de atención. Después de un partido sin historia para el '10', unos segundos bastaron para convertirle en el centro de todas las miradas. Batió a Claudio Bravo y esperó el fallo del rival para desahogarse y celebrar el pase a cuartos como si de la final se tratase. Emocionado, abrazado a su entrenador Scolari, escenificando una liberación que millones de aficionados gritaban desde Fortaleza hasta Porto Alegre. Tan valiente como descarado, pero humano al fin y al cabo. "Nunca lo pasé tan mal como ante Chile", reconoció posteriormente.

Quizá aquel lanzamiento, aquellos instantes con Neymar como epicentro, demostró más que ningún otro momento lo que es este futbolista para esta selección de Brasil, carente de referencias perennes desde que Ronaldo jugó su último partido, ansiosa de éxitos desde que en 2002 se coronaran pentacampeones mundiales. Brasil, la única selección que ha disputado las 20 Copas del Mundo, reclamaba en el campo un líder sólido al que agarrarse.

La fase de grupos de esta edición de 2014, que les enfrentó a Croacia, México y Camerún, fue pura bicoca para el jugador del Barcelona y ya puso de manifiesto la vital importancia de Neymar, líder entonces de la tabla de máximos realizadores (4) junto a Lionel Messi y Thomas Müller. Sin brillo, los hombres de Felipao avanzaban a los cruces; sin embargo, mantenían su condición de favoritos.

Pero las aspiraciones de todo un país se fueron al traste este viernes con una entrada que se hizo sentir hasta en los chiringuitos de Copacabana. El brutal rodillazo que Juan Zúñiga propinó a Neymar en la espalda le costó al atacante una fractura junto a una vértebra y la ocasión de ejercer de profeta en su tierra. Alemania aparece ahora en el horizonte de Brasil como un gigante con sed de venganza. Nunca antes los de Joachim Löw habrían imaginado un escenario donde el pase a la final estuviera tan condicionado para el anfitrión, huérfano en defensa y ataque.

La final de 2002 escuece todavía en las filas germanas y la 'canarinha' será el próximo martes un rival debilitado, lastrado con las confirmadas ausencias de Thiago Silva -por sanción- y Neymar, que es este sábado, con Brasil clasificada para la semifinal del Mundial, un hombre hundido, despojado de un sueño que jamás volverá a vivir. Levantará títulos, jugará más Mundiales y será parte de una plantilla siempre candidata a todo, pero se esfuma para él una oportunidad única.

Lloraba desconsolado Neymar en el césped del Arena Castelao presumiendo un pronóstico que destrozaba su ilusión más ansiada, la más cercana. Reflejaba sin querer la sensación más triste, la de despedir el Mundial de tu vida desde una modesta camilla.

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