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Con dos goles, el delantero de Brasil fue la figura en el triunfo ante Croacia. Llamado a ser héroe, disfruta de la presión y sueña con vengar el campeonato perdido en 1950.

Nacido en 1992, Neymar acumula muchos más millones de euros en sus cuentas bancarias que cumpleaños. Hace apenas una temporada que juega en Europa pero ya se disputaron su pase los equipos más grandes del mundo. Y aunque aún no ganó ningún título importante allí, logró que todo el planeta dejara de hablar exclusivamente de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, dos superestrellas consagradas, para inventar una tríada estelar en un cosmos del que pronto se apoderará.

El mundo lo mira con los ojos bien abiertos, sigue cada paso de su vida a través de Internet, cada una de sus gambetas en Youtube; los más chicos -y los más osados- cambian su peinado cada vez que va al peluquero y, sin embargo, se sigue llamando Junior. Es, ni más ni menos, un chico. Un chico que juega a la Playstation y baila.

Pero este chico ha sabido conquistar a todo un país, porque los pocos que, en voz baja, se acercan a decir que prefieren a Messi antes que al nacido en Mogi das Cruzes, enseguida salen a festejar sus primeros dos goles (en su primer partido) en una Copa del Mundo. La imagen de niño malo ha quedado atrás pero no porque se haya convertido en un querubín -sin ir más lejos, ante Croacia pudo haber sido expulsado por un codazo a Modric y haber tirado al tacho una noche que terminó siendo de gloria-, sino porque su todapoderosa presencia ha penetrado por completo en la corporidad del universo fútbol, precedida por una sonrisa que a todos convence.

Y no se trata de una construcción marketinera ajena al 10 de la canarinha. Neymar adora estar en el lugar que ocupa. Él se puso ahí, ayudado por su padre. Por ejemplo, definiendo la letra chica de su -controvertidísimo- contrato con Barcelona, Ney exigió ser él quien anunciara la noticia en las redes. Tiene más de 24 millones de seguidores en Facebook, 11 millones en Twitter, y casi 7 millones en Instagram. Y Pelé, quien supo ganar tres Mundiales, tiene que hablar de él para ser entrevistado.

Es, sin dudas, el ícono de este Mundial, el redentor llamado a vengar el campeonato perdido en casa en 1950. Y Ney disfruta la presión, le gusta sentirla y enfrentarla, como cuando fue la figura de la Copa de las Confederaciones, el año pasado. No basta que haya tenido una campaña opaca en Barcelona (hizo 14 goles, cifra discreta) para disminuir ni un ápice su agigantada figura. "Si no hubiese sido futbolista, me habría gustado ser cantante", reconoce. Neymar es toda una estrella pop, pero sigue siendo Junior.


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