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El técnico del Real Madrid, gran triunfador tras la Champions League, discutiendo los métodos dogmáticos y sectarios de los dos últimos gurús del fútbol en España

Adiós don Pepito, adiós don José. España ha metido a dos de sus equipos en la final de Champions League, pero irremediablemente, esa vena revanchista que camina indisoluble de la mano del fútbol, hace que los eliminados sean los protagonistas de todos los comentarios en este festivo Día del Trabajador. Por no hablar de los cientos de fotos fake que circulan ya por redes sociales desde antes incluso de que terminaran las dos semifinales. Somos así. Una lástima, la verdad, porque desde luego que sobran personalidades deportivas en España que estarán en esa final como para centrarse en las penurias de los de Bayern Múnich y Chelsea: Thibaut Courtois, Sergio Ramos, Juanfran Torres, Fabio Coentrao, Arda Turan, Xabi Alonso, Adrián, Cristiano Ronaldo, Diego Costa, Karim Benzema, o sobre todo, Cholo Simeone y Carlo Ancelotti.

Especialmente llamativa es la figura de éste último, quizás por desconocida para el público español con respecto al resto. Ancelotti llegó por la puerta de atrás, levantando escepticismo incluso en su propia casa, la Blanca. Como ese plato que llega a la mesa sabiendo que falló el principal. Algunas decisiones controvertidas en sus primeros meses en el club alimentaron también esa leyenda. Pero sin embargo, el tiempo le ha acabado dando la razón, rompiendo las agoreras predicciones y convirtiéndose en uno de los mayores triunfadores de la semana en el planeta fútbol. Hasta el punto de despedazar el aura que acompañaba siempre a José Mourinho y Pep Guardiola aquí en España.

Ambos son dos personas de gran calado en el fútbol mundial, de tremenda repercusión, mejor currículum y un carisma natural. La rivalidad entre ambos a los mandos de Real Madrid y Barcelona marcó toda una época en el fútbol español. Fue apenas un bienio el que coincidieron, pero tan intenso que parecieron décadas. Tan intenso que sus legados siguen hoy bien presentes en ambas ciudades todavía. Y el grado de tensión de los Clásicos ha bajado varios enteros sin ellos, pero aun hoy se hace difícil entender las versiones actuales de Madrid y Barcelona sin revisar esos capítulos anteriores. Es el sino de ambos, de esos pocos herederos de Atila, que por donde pasan no crece la hierba. Y sin embargo, mientras ambos amenazaban la pervivencia del fútbol español en esta Champions, exhibiendo esas aristas propias de aquellas personas fagocitadas por sus personajes, han sido arrollados literalmente por el genio discreto de Carlo Ancelotti. También por el magnético Simeone, en una visión más global, pero sobre todo, por el técnico de Reggiolo, unido a ambos por lazos muy estrechos.

A Pep Guardiola, su rival en semifinales, le enseñó lo que es la estrechez de miras. Grandísimo entrenador, le esperan todavía muchos éxitos en su carrera, seguro, pero en este cruce con el Real Madrid le faltó la cintura que Ancelotti derrochó a raudales. Puedes amar la posesión, pero si sólo con ella no llegas a la victoria, es como quien tiene un tío en Alcalá. Conformarte públicamente sólo con ella a posteriori es ya además el colmo del amotinamiento más necio y tóxico. Al contrario, el Real Madrid supo exhibir en el momento más delicado toda esa riqueza táctica que lleva alimentando durante la temporada.

Juegas con un 4-2-3-1, con un 4-3-3, buscando el dominio del juego a través de la posesión del balón, puliendo un ataque en estático mutilado en los últimos tiempos, pero ante rivales como Barcelona y Bayern Múnich, sin casi preparación, eres capaz de mutar a un 4-4-2 que refuerce tu espíritu batallador y relance tu poderío contragolpeador. Eso es flexibilidad. Fruto de un meticuloso trabajo táctico. La sabia naturaleza, de boca de Charles Darwin, siempre dijo que sólo sobreviven los que mejor se adaptan, y si en el fútbol caben todos los estilos posibles, el Real Madrid demostró llevar ventaja dominando varios de una sola vez.

A Jose Mourinho, por otra parte, le unía su empresa común en el Real Madrid y una hipotética final de Champions compartida. No será así para el del Chelsea, eliminado por cuarta vez consecutiva en semifinales. Aunque, dicho sea de paso, esta vez tenía motivos para celebrar haber alcanzado esa ronda con un equipo que ni mucho menos está entre los más completos del Viejo Continente. Lástima, eso sí, que no fuera capaz de disputar la clasificación en ningún momento. Cruel, además, que te marcaran tres goles dentro del área con seis defensas sobre el campo. Sobre todo, porque cuando estabas luego obligado a marcar, estabas impedido, atado de pies y manos, y con una venda sobre los ojos, con tanto músculo y tan poco talento sobre el césped. No era nuevo tampoco ese planteamiento en la, por otra parte, meritoriamente exitosa carrera de Mourinho. Sí lo fue por el contrario el del Real Madrid en Múnich. Debía defender un 1-0 de la ida, jugaba fuera, en casa del vigente campeón, donde nunca había ganado, y los titulares de medio del campo hacia adelante fueron: Xabi Alonso, Luka Modric, Ángel Di María, Gareth Bale, Cristiano Ronaldo y Karim Benzema. Que supieron defender, claro, pero además, atacar. Salió a ganar el Real Madrid, no sólo a no perder, y vaya que si funcionó. Como no lo había hecho en los tres años anteriores en idéntica ronda. Campeón de Copa, finalista de Champions y único que opta al triplete en Europa en su primer año. No parece casualidad tampoco.

Fútbol es fútbol, decía el malogrado Vujadin Boskov. Y de eso ha demostrado saber mucho Carlo Ancelotti esta temporada. Tanto como los que más. Y durante toda ella además, no sólo esta última quincena. Pese a no levantar la voz ni lo más mínimo. Los méritos, para sus jugadores, y sin necesidad de auto-promocionarlo previamente. Sin necesidad tampoco de construir polémicas artificiales y contradictorias desde un púlpito en las instalaciones de su club, desviando la mirada del terreno de juego. Ni siquiera enarbola ninguna bandera de un estilo y valores, de ésas que el tiempo y el viento acaban rayendo y desgastando. Nada. Sólo fútbol. Con su propio carisma, desde la misma naturalidad y el sentido común del resto del planeta. Y en este caso, aliado además con los resultados. Una pena. Porque hace falta que la pelotita entre y se levante la copa para valorizar en su justa medida el buen trabajo, pese a que las evidencias futbolísticas hablen por encima de los resultados, y lo venían haciendo ya por encima del aura de otros. Y una pena también porque, al final, como el resto, hemos recurrido a don Pepito y don José para, en este caso, entronizar a don Carletto. No lo necesitará más. Ancelotti está escribiendo ya su propia leyenda. Y, merecidamente, encima del legado que dejaron esos otros en España.



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