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En el Bayern se habla mucho del ambiente y hay poca autocrítica deportiva. Al contrario que en el Real Madrid, acostumbrado a un estadio con mayor público e historia que el Allianz

El Real Madrid visita este martes el Allianz Arena con la necesidad de hacer bueno el 1-0 de la ida ante el Bayern Múnich para ganarse un puesto en la final de la Champions League. Mientras tanto, el equipo bávaro juega sus cartas en el papel opuesto, aludiendo a Ares, Marte y no sé sabe cuántas alegorías guerreras más. El mismo Karl-Heinz Rummenigge fue el primero en apelar a dibujar un panorama prolífico para la remontada la misma noche en que se jugó el partido de ida. Muy gráficamente además: “En Múnich se van a quemar hasta los árboles”, vino a decir.

Puede que la traducción literal de su expresión no sea excesivamente fiel al significado real de lo que dijo el director general del Bayern. Tampoco importa, ciertamente. Rummenigge quería azuzar a sus aficionados y jugadores, a la vez que infundir cierta zozobra entre el madridismo. Nada más. Una fórmula mil veces utilizada. Ya sea mediante árboles ardientes, infiernos, calderas o espíritus de personalidades pasadas. El Real Madrid sabe bien de qué se trata esta estrategia. Lleva tres años seguidos invocando al difunto Juanito para tratar de alcanzar la final de la Champions League, después de perder consecutivamente ante Barcelona, Bayern Múnich y Borussia Dortmund. Hoy se ríe, cómplice, ante las estrategias del gigante bávaro. Pues lo que es con ellos, se demostraron estériles. “Dijo que arderían los árboles… y está lloviendo”, espetó socarronamente el mismo Carlo Ancelotti en la rueda de prensa previa, incluso.

Es el sino del fútbol moderno, artificial al máximo. Los balones y las botas ya no son de piel, los minutos de silencio ni son de un minuto ni son en silencio, los colores de los uniformes son violados cada temporada por las marcas deportivas, la Liga de Campeones está formada por sólo unos pocos campeones de verdad, y los jugadores sólo hablan a sus aficionados desde el coche o a través de sus patrocinadores. En estas circunstancias, es obvio asumir que las remontadas se diseñen antes en las oficinas del club o en una redacción de un medio de comunicación que en un vestuario, aunque no sea lo lógico ni lo natural.

Y ésta del Bayern Múnich, además de sonar prefabricada, parece ciertamente hueca. Porque las divisiones internas que se adivinan en el club dificultan que todos vayan a ir de la mano. Piénsenlo: si Beckenbauer ya criticó a su equipo al descanso del partido de ida, qué no hará en la vuelta si ve que las cosas no salen como espera. También suena hueca porque la actitud de los cuatro mil aficionados bávaros que visitaron el Santiago Bernabéu el miércoles pasado se alejaba bastante de ser infernal, ardiente, y cualesquiera adjetivos parecidos que quieran añadirle más.

Pero por encima de todo, esta campaña suena tremendamente artificial porque parece difícil que al Real Madrid le vaya a impresionar realmente el ambiente de un Allianz Arena cuando vive en el Santiago Bernabéu, que le supera en capacidad, en historia y en acústica. Si fue en Concha Espina donde se forjó el ‘miedo escénico’, cómo van a atemorizarse en un coso con nombre de aseguradora. Ni aunque ardan los árboles para toda la eternidad. Múnich ni es Belgrado ni estamos en 1977 para temer a la afición rival. El que pase a la final lo hará por los méritos futbolísticos, pero no por el ambiente en el estadio ni por las campañas de los espíritus, los clavos ni los vegetales ardiendo. Como bien sabe el Real Madrid de estos tres últimos años. Y camino va esta estrategia de los árboles ardientes de seguir el mismo destino que las que diseñó el club blanco…



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