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El galés se ha destapado por fin como un jugador clave en el engranaje del Real Madrid. Aunque ahora que ha sacado toda su potencia a relucir, aún le falta aprender a controlarla

El Expreso de Cardiff por fin ha tomado la velocidad propia de un expreso. Quizás todavía no la de un fichaje récord de cerca de cien millones de euros. Pero sí la de un jugador único en el mundo que por fin soporta la responsabilidad de tirar del carro del Real Madrid con cierta suficiencia y regularidad. Algo que no todos pueden hacer, ni mucho menos. Y Gareth Bale está cumpliendo en cuanto a números se refiere, y parece que ahora también en cuanto a participación y personalidad en el equipo.

Fue Carlos Alonso ‘Santillana’ quien me dijo hace unas semanas que no veía a Gareth Bale suficientemente suelto e integrado en el Real Madrid. “Está claro que tiene un potencial tremendo, pero parece que todavía no lo ha sacado todo. Y no lo hará hasta que se suelte y empiece a crear por él mismo, en lugar de intentar hacer simplemente lo correcto en cada caso”, me venía a decir el mítico delantero merengue, que de fútbol algo sabe. Y aun coincidiendo plenamente con su análisis, en los últimos partidos parece que está cambiando el guión de los acontecimientos.

Y no hablamos de estadísticas. Porque en ese apartado, pocos peros se le pueden poner a la trayectoria del ‘11’ merengue: 17 goles y 18 asistencias en los tres primeros cuartos de temporada son unos guarismos difícilmente rebatibles. No obstante, pocos jugadores en el mundo podrán presumir de completar una acción de gol cada poco menos de 74 minutos, ya sea en el Real Madrid o en cualquier otro club del mundo. Sin embargo, números parecidos a éstos le han acompañado prácticamente desde que llegó a Concha Espina. Aquél gol en El Madrigal el día de su debut es el reflejo ideal de esta comunión con el gol, el síntoma perfecto de que tiene estrella de cara a puerta. Pero ahora no hablamos sólo de goles o asistencias, sino de un Gareth Bale cuya influencia en el juego trasciende la relevancia de sus estadísticas.

Y es que el galés se ha quitado el corsé, haciendo bueno el análisis de Santillana. Ya sea cuestión de que ha encontrado su mejor punto físico, o de que lógicamente está más adaptado que siete meses atrás, pero hoy el galés participa mucho más del juego blanco que antaño. No es que corra más, que eso lo sigue haciendo igual de eléctricamente, sino que ahora sus compañeros le encuentran más fácilmente y viceversa. Que ahora se compenetra mejor con sus compañeros, y viceversa. Que ahora demuestra una personalidad propia para saltarse las normas oficiosas del juego para así romper el ritmo y las líneas rivales conforme a su imaginación y talento. El Expreso ya no siempre sigue simplemente sus raíles.

Ante el Borussia Dortmund este pasado miércoles se pudo ver claramente cómo sus compañeros buscaban a Gareth Bale, y no sólo en velocidad. Y al contrario, cómo Gareth Bale no sólo buscaba la velocidad. Paredes, pases en profundidad, regates en corto o incorporaciones por el centro, como la de su gol, se han añadido al repertorio del ‘11’, que antes quedaba limitado por las carreras, los autopases y los disparos lejanos. Quizás, la cuestión ahora sea cómo administrar mejor todos estos recursos. Cómo gestionar esa ansia de agradar y aupar a su equipo, para que todo su talento no salga en atropellados borbotones, sino con un caudal constante.

Y es que, si bien ante el Borussia Dortmund casi todo le salió a pedir de boca a Gareth Bale, no fue ni mucho menos igual ante Barcelona, Sevilla o Rayo Vallecano. Ya entonces se apreciaba ese cambio de actitud sobre el campo en el galés, pero no fue ni mucho menos tan eficiente, arrastrado a su vez por las limitaciones circunstanciales de su equipo. Ahí está el quid: en no confundir las ganas con la obsesión, la personalidad con el individualismo, ni la calidad con la suficiencia. No hay contendiente más peligroso que el que tiene bien claro su objetivo y su forma de cumplirlo. Y en muchas ocasiones en esos encuentros, antes del de este miércoles ante el Borussia Dortmund, ha sido el propio Gareth Bale el que se ha tendido su propia trampa, enrocándose en jugadas y acciones condenadas al fiasco. Sin claridad de ideas, es difícil cumplir con tu misión. O como decían en el anuncio, la potencia sin control no sirve de nada.

Afortunadamente para el propio Gareth Bale, y para el madridismo por extensión, este vicio tiene cura. Es más difícil enseñar a un jugador a disparar, a regatear y a marcar goles que a leer el juego, de hecho. Y al galés sólo le falta limar esto último. No es el único. Recordarán que a Lionel Messi ya le pasaba en sus inicios. Entonces todavía le comparaban con Arjen Robben, por su potencia y facilidad para desbordar, pero también por su habitual ineficacia. La Pulga regateaba a jugadores por doquier, pero muchas de sus jugadas caían en saco roto porque sus propios regates inhabilitaban los movimientos lógicos hacia el gol. Tanto los suyos como los de los compañeros. Fue cuando aprendió a compartir el esférico, a asistir a sus compañeros, y en definitiva, a gestionar mejor sus recursos cuando la Pulga se convirtió en un ogro para todos los rivales. No ya sólo por sus aptitudes, sino por su imprevisibilidad. ¿Me regateará, la pasará, buscará el desmarque?, piensan ahora sus marcadores, que suelen no adivinar la forma ideal de frenarle.

Gareth Bale se compenetra hoy mucho mejor con sus compañeros de lo que lo hacía meses atrás. Se empieza a ver la rentabilidad a la inversión realizada. Ya cuando sea capaz de maridar completamente sus tremendas cualidades con las de sus compañeros, no habrá quien frene al Expreso. Ni en Cardiff, ni en Londres, ni en Madrid.



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