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El colombiano vivió una odisea antes de llegar a ser futbolista profesional y triunfar con el Brujas y el Sevilla. Ahora sueña con ganar la UEFA Europa League en Nervión



Con 20 años Cristiano Ronaldo ya había enamorado a Sir Alex Ferguson para que no lo pensara dos veces y decidiera llevarlo a Old Trafford tras seducirlo en un amistoso frente al Sporting de Portugal. Con un año menos pero en Colombia a Carlos Bacca (Puerto Colombia, 1986) el fútbol le había roto el corazón en mil pedazos.

Su tiempo como jugador universitario había pasado sin despertar el interés de ningún ojeador y tocaba echar una mano a su humilde familia. Nuestro hombre se olvidó de sus sueños y como quien se separa de su amante antes de darle un beso apasionado tuvo que olvidarse del fútbol y empezar a trabajar como revisor de autobuses.

Cada mañana un turno maratoniano para llevar el jornal a su madre, para que en su casa faltaran menos cosas. El esférico seguía en su cabeza, le acosaba, quería volver a oler a hierba y a fútbol pero sólo tenía el olor a gasolina y el de los caminos que recorría en su autobús. Europa ya conocía a Ronaldo y Bacca no era capaz de asomarse más allá de la luna de ese automóvil que parecía una cárcel para sus sueños.

Se quitaba el mono de fútbol con el equipo de la empresa en la que trabajaba con pachangas domingueras esperando una oportunidad que le acabaría llevando a la segunda división colombiana. La esperanza se reabría y en 2009 se marcharía a Venezuela donde conseguiría ascender con el Minerven. Su destino parecía estar en la patria de Hugo Chávez pero su tierra del café le llamaba y la oportunidad llegaría en el Junior Barranquilla.

Firmó por Junior y todo se hizo realidad. Le costó mucho ser titular pero la gloria que parecía tan lejana en esas horas de autobús se tocaba ya con la yema de los dedos, esos dedos que siempre señalan al cielo en cada uno de sus goles, en honor a ese Dios que siempre tiene en la boca y al que sin duda le pidió lo que ahora disfruta. Los goles le habían abierto la puerta pero, ¿sería tan fácil marcar contra las defensas europeas?

Llega a Brujas y rompe los registros. En el club belga sabían que aunque ya con 25 años tenían un diamante en bruto para pulir. Una casa nueva, un profesor de francés, tuvo que aclimatarse al frio, a otro estilo de vida, descongelar los corazones belgas para que latieran a ritmo colombiano. Veinticinco goles fueron suficientes para clavar bandera en el país flamenco y seducir a un Monchi con más ganas que nunca de volver a sacar su varita mágica de fichajes.

“Este Bacca no es Negredo, veremos a ver”, se decía el sevillismo y en esas llegaba el amigo parabólico que desayuna con Axel Torres y te decía que te relajaras que ahí había futbolista para rato. Había que demostrar cosas y ya había fecha para aquel primer examen en Nervión, ante una afición dispuesta a sacar la guadaña a poco que no funcionara la cosa.

Un control, un pase de espaldas ante aquella frágil zaga monetengrina y un comentario que no se borra. “Oye, me recuerda a Luis Fabiano, ese juego de espaldas…”. Marcó un gol y había caído en gracia pero aún quedaba mucho por hacer. El gol al Betis y ese “los derbis no se juegan, se ganan” harían el resto. Sevilla tenía nuevo ídolo.

España empezaba a conocerlo pero faltaba el último empujón para que lo hiciera el resto del mundo. El día 26 de marzo todo el orbe futbolístico comprendió quién era Carlos Arturo Bacca Ahumada. El chaval que envidiaba a Cristiano Ronaldo desde el frustrante autobús le ganaba la partida y marcaba dos goles. Ganaban al Real Madrid, lo había conseguido, tarde sí, pero el mundo por fin lo conocía. Al fin y al cabo el autobusero fichó por el equipo que “dicen que nunca se rinde”.

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