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En apenas noventa minutos, el equipo y el entrenador blancos parecen desahuciados cuando venían de una histórica marca de 31 partidos invicto. "¡Al loro, que no están tan mal!"

El Real Madrid juega este miércoles ante el Sevilla en lo que es un partido que ha cobrado una importancia vital para los intereses madridistas después de perder ante el Barcelona y dejar el liderato en manos del Atlético. Se juega mucho el Real Madrid en el Sánchez Pizjuán, lógicamente. Aunque seguramente menos de lo que se ha querido que parezca después del Clásico del pasado domingo, cuyas secuelas han adquirido tintes catastrofistas en el entorno madridista. España es así. Quizás no para considerarla amarillista, mediáticamente hablando, pero al menos sí bastante dramática y poco rigurosa, quizás. El deporte es centro de nuestra vida, y como tal, despierta nuestros instintos menos racionales, buscando acaparar los focos, aunque sea por el extremismo de nuestras opiniones y no por sus fundamentos. De ahí que, en noventa minutos, un equipo que venía de una racha histórica de 31 partidos invicto parece haber pasado a ser un desastre. Incomprensible.

Y es que los matices son importantes. El contexto es el que da forma y lógica a nuestras acciones. Es cierto que el Real Madrid perdió ante el Barcelona, sí. Pero sólo lo hizo a partir de que en último cuarto se quedara con un jugador menos. Es cierto también que el Real Madrid sólo ha sumado un punto de doce posibles ante Atlético y Barcelona, sí. Pero los compitió todos, a excepción del primer derbi, como bien apuntó el propio Carlo Ancelotti en rueda de prensa. Lo que, además, no ha impedido que el Real Madrid esté más que vivo en las tres competiciones que disputa. Pero de buenas a primeras, parece que el foco se pierde, y nada de ello influye, aniquilando por completo todos los buenos pasos recorridos hasta entonces.

Intentemos analizar el Clásico, como referente de esta grotesca deformación, cual paseo por el madrileño callejón del Gato. El Real Madrid falló contra el Barcelona. No hay discusión posible ahí. Pero sólo lo hizo a partir de la expulsión de Sergio Ramos que, justa o injusta, fue clave para el devenir del encuentro. Las estadísticas son palmarias en este sentido: 10 oportunidades creadas antes de la expulsión, por ninguna después; 13 remates  antes de la tarjeta roja, por ninguno después; y por último, tres goles antes de la expulsión, por ninguno después. Analizar la derrota ante el Barcelona sin considerar que hubo un partido diferente tras la expulsión de Sergio Ramos es hacerlo, por tanto, sesgadamente. Sobre todo, porque hasta ese minuto 63, el Real Madrid ganaba 3-2.

E iba por delante en el marcador no de casualidad, además. Pues estaba siendo superior al Barcelona. No tenía a los blaugrana bajo su yugo, ni mucho menos, pero sí había chutado más y había llegado más a puerta. Mismamente, Karim Benzema pudo haber marcado dos goles más en dos ocasiones francas de anotar. ¿Quiere decir que el Real Madrid estaba haciendo un partido perfecto? Tampoco, ni mucho menos. Sobre todo, en defensa, donde quizás Lionel Messi gozó por momentos de mucho más espacio del que el equipo blanco debía darle. Más allá de los dos goles encajados en momentos clave del partido –al principio y al final de la primera parte-. Mérito del Barcelona también. Porque a esto del fútbol juegan dos equipos, claro. No sólo uno.

¿Y del planteamiento del Real Madrid, qué? Pues Carlo Ancelotti sacó la alineación que le había dado buena parte de esos 31 partidos invictos, el once más en forma, el mejor equipo posible, con ese 4-3-3 que él mismo ‘inventó’ para el Real Madrid y que tan rocoso venía siendo. El técnico de Reggiolo quitó a Benzema, que estaba siendo de los mejores, cierto. Pero el cambio vino motivado por la expulsión, no por un ataque de entrenador. Y quizás previendo que el Real Madrid terminaría viviendo en su propio campo, Gareth Bale tiene más recorrido que Benzema para lanzar los contraataques. ¿Y si hubiera hecho algún cambio antes para meter a jugadores de refresco en el centro del campo? Pues seguramente le hubiera venido bien al equipo blanco, sí. Aunque no parece que ése pudiera ser el motivo principal de la derrota merengue en el Clásico. Ni tampoco parece lógico otorgarle al técnico las concesiones en defensa que hicieron sus jugadores, incluidos los penalties. Es más, desde fuera, es de agradecer que Ancelotti planteara un partido abierto, apostando por intentar la victoria con sus propias armas, y no con diez tíos bajo el larguero, o numerosos defensas ocupando roles inusuales por todo el campo.

Sea como fuere, visiones hay varias. Es la grandeza del deporte y de la libre opinión. Pero la cuestión es no caer en el extremismo deliberado, como parece que a muchos les gusta incidir. Este Real Madrid no está muerto. Igual que el Barcelona tampoco lo estaba antes del Clásico. Carlo Ancelotti no es tampoco un zote que todo lo hiciera mal ante el Barcelona. Aunque sí haya cometido sus errores. El domingo, y anteriormente durante la temporada. Pero de esto se trata. Entre el negro y el blanco hay multitud de tonalidades que hacen que, como decíamos al principio, pasar de uno a otro sea materialmente imposible –o terriblemente hipócrita- en apenas noventa minutos de margen. O como diría Joan Laporta, "¡al loro, que no están tan mal!".



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