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Fallece a las 06:15 de este sábado el entrenador que cambió la historia del fútbol español

Llega febrero y lo hace mal encarado, haciendo daño, zarandeando cada recoveco de un país con corazón en forma de balón de fútbol. Al alba, la leche del café se cortaba y los cereales formaban atasco en la garganta. La radio, siempre puntual a su cita con la información, confirmaba la noticia: Luis Aragonés, el entrenador que cambió la historia del fútbol español, fallecía en la Clínica Cemtro de Madrid a los 75 años de edad.

Desde ese momento, un jarabe de mensajes en televisión, radio, prensa online y redes sociales protagonizaba un multitudinario homenaje, levantando una especie de tanatorio global, sin fronteras de ningún tipo, en honor al considerado por muchos como personaje clave en el devenir de la historia del fútbol español.

Hombre de extensa y laureada trayectoria, Luis Aragonés ganó 3 Ligas, 2 Copas del Generalísimo y una Intercontinental como jugador y 1 Liga, 4 copas del Rey, 1 Supercopa de España y una Liga de Segunda División (con su correspondiente ascenso) como entrenador, además de la histórica Eurocopa de 2008 con la Selección española.

Casado y con cuatro hijos, el ‘Zapatones’, como cariñosamente era apodado, siempre puso todo su corazón, ese que este sábado tristemente cesó en su latido, al servicio del fútbol. Seguramente por eso llegase tan fácilmente a la gente, empática con él como con pocos: por ser el torrente imparable de fuerza que tan bien representaba, por su dedicación, por su pasión, por su enfermedad, inoculada a tanta gente, por el 11 contra 11.

Disfrutó de sus señas de identidad desde bien temprano en el Pinar, equipo en el que empezó en infantiles. Luego llegarían Getafe; Real Madrid, con el que no llegó a debutar; Recreativo de Huelva, donde estuvo cedido por los blancos en la 58-59; Hércules de Alicante, en la 59-60; Plus Ultra, el antiguo Castilla, en la 60-61, temporada en la que acabó debutando en Primera División vistiendo la elástica del Oviedo; Betis, equipo en el que jugó tres temporadas; y, finalmente, Atlético de Madrid, el club de sus amores, en el que recaló de la mano de Vicente Calderón y del que llegó incluso a ser, casi testimonialmente, secretario técnico. Además, consiguió el Pichichi de la 60-70 y fue internacional con España en 11 ocasiones. La retina atlética atrapó para siempre, como símbolo de lo que pudo ser y no fue, su golazo en la final de Copa de Europa ante el Bayern.

Luis encarnaba todo lo que se necesita para disfrutar del deporte rey en su esencia. Siempre exhibió un irrefrenable gusto por los detalles que unían al fútbol con la tradición y lo desligaba de la prostitución a la que hoy está sometido. El negocio estaba en un tercer plano para él; Luis amaba el olor de la hierba, el retumbar de una grada repleta (la del Calderón aún corea su nombre en cada partido), el silencio que tantas cosas dice en un vestuario, el dejarse en la celebración de un gol las mismas fuerzas que ha requerido el anotarlo.

Se va el padre, tal vez (por edad) el abuelo, del fútbol español. Se va el hombre que levantó el fútbol patrio sobre unos cimientos a prueba de demoliciones, unos cimientos de los que acabarían llegando el primer Mundial de la historia de España y una Eurocopa más, la tercera. Se va un entrenador que hizo de un niño, Fernando Torres, el hombre por el que lloró todo un país gracias a su gol en aquel Ernst Happel de Viena en la noche mágica de 2008. El de Fuenlabrada se hizo mayor y nos hizo grandes, pese a que lo celebrase chupándose el dedo y para Luis siguiese siendo el ‘Niño’.

Se va, así pues, el hombre que apartó con tenacidad los complejos de inferioridad del fútbol español, para convertirse de este modo en el símbolo del tiki-taka y para ganarse un hueco perenne en el corazón de España. Pero no se va del todo. No. Deja su recuerdo, un mensaje claro (“ganar, ganar y ganar”) y una bella página, la más importante, escrita en el libro de la historia. Descanse en paz don Luis Aragonés. Se va el entrenador; nace la Leyenda.

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