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Cinco altas y cinco bajas en el mercado invernal hablan bien a las claras de la pésima gestión deportiva de la entidad. El cierre de mercado lo volvió a confirmar

Es tan difícil contar lo que ha pasado en este mercado invernal en el Valencia, que seguramente ni Francisco Rufete ni Amadeo Salvo serían capaces de contarlo todo con detalle y sin saltarse algo. Lo que se ha vivido en la capital del Turia ha sido algo esperpéntico, que no tendría lugar ni en un guión de Berlanga. Cinco jugadores se han ido y otros cinco han llegado a mitad de temporada, con el peligro que ello supone. Ya no hay pretemporadas para encajar los engranajes y la competición no espera a nadie, tampoco al Valencia.

El capítulo de bajas es cuanto menos significativo. Los dos hombres con los que el equipo se reforzó este verano pasado en la delantera ya han salido del club. Hélder Postiga y Dorlan Pabón han salido cedidos a Lazio y Sao Paulo respectivamente. Dos jugadores por lo que se pagó traspaso hace apenas seis meses y que ya no sirven. Otra salida sorprendente ha sido la de Andrés Guardado, hasta ahora titular indiscutible para Pizzi en el lateral izquierdo. La marcha del mexicano deja como único lateral zurdo en el equipo a Bernat, por lo que el club incorporará a José Luis Gayà a la primera plantilla.

Éver Banega y Canales también salen del club, dejando a Dani Parejo como el único centrocampista creativo de la plantilla. Ya habrá que poner velas para que no le pase nada al mediocentro, porque de lo contrario va a ser muy difícil encontrar a alguien en la plantilla que genere fútbol. Lo de Canales también ha sido realmente sorprendente. Se le fichó hace año y medio por 8 millones de euros después de dos lesiones de ligamento cruzado y ayer se le vende por menos de la mitad. Un jugador de 23 años con un talento descomunal, que como le de por explotar podemos tener ante nosotros el segundo caso Isco. Vender a Canales por menos de cuatro millones de euros es, sin duda, una tomadura de pelo.

Pero si el capítulo de bajas da para escribir un libro, el de altas es uno de los mayores quilombos que recuerdo. El defensa portugués Rubén Vezo llegó hace un mes al equipo y Eduardo Vargas hace aproximadamente hace 7 días, hasta ahí todo normal. A un día del cierre de mercado llegó Seydou Keita, procedente de una liga menor como es la china y sin haber disputado un encuentro oficial desde el mes de noviembre. A eso hay que añadirle que el malí tiene ya 34 años, con lo que su estado físico es realmente una incógnita.

El plato fuerte se reservaba para el día 31 a última hora. Desde las 20:00 horas, Otamendi y Vinicius Araujo estaban cerrados, pero en el club no había oficialidad de ninguno de los dos. Al llegar el central argentino, se le comunicó a Ricardo Costa (el propio Amadeo Salvo lo llamó) que había que aligerar fichas y que se iría cedido al Besiktas turco. Unas horas más tarde se cerró la contratación de Philippe Senderos, lo que hacía presagiar que algo raro pasaba en el pase de Otamendi. A última hora entraron los fichajes de Vinicius y Senderos, pero no el de Otamendi. Desde círculos cercanos al club se dice que no dio tiempo a inscribirlo, algo que se pone en duda desde el momento en el que se contrata a Senderos. A todo esto, las 0:00 horas y el Valencia no había sacado ni un comunicado aún. La gota que terminaría ya con este esperpento es la llamada a Ricardo Costa para comunicarle que finalmente se quedaba en el club al fracasar el pase del central del Oporto. De chiste.

En resumidas cuentas se puede decir que el Valencia no mejora en exceso la plantilla, salvo que Vargas y Vinicius, ahora mismo incógnitas, den un rendimiento realmente alto. Y lo que es peor, la imagen que deja el club al mundo es de un equipo que da golpes de ciego en todas las direcciones y que ha perdido totalmente el rumbo. Un rumbo que hay que enderezar ya.

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