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Tras rechazar a Brasil, el delantero del Atlético ha sido convocado por Del Bosque para los amistosos del 15 y 18 de noviembre ante Guinea y Sudáfrica

En un lugar de Lagarto, municipio de un país cuyo nombre prefiero no recordar, nació y creció, entre chabolas y pobreza, Diego da Silva Costa. Allí, donde las preocupaciones azotan a diestro y siniestro, el balón era una vía de escape como ninguna otra. Jugar al fútbol era darle sentido a todo. Vivir de ello, un sueño, una ilusión, acaso una quimera. En la calle aprendió ese fútbol que no se enseña en las escuelas deportivas, ni en las sesiones de vídeo; ese fútbol que deja en quien lo ha jugado un poso de madurez y tenacidad que jamás espira. Tras tanto pelear, la convocatoria de Del Bosque, que lleva tras de sí un reguero de polémica de vértigo, le llega en el mejor momento de una trayectoria en la que no se acierta a vislumbrar techo ni fin.

Un día aparentemente cualquiera, más tarde que pronto, se encontraron las inseguridades de Del Bosque y la fiabilidad de Diego Costa. Se cruzaron, se gustaron, se citaron. El salmantino, incapaz de encontrar un ‘9’ que le llene, lleva desde 2011 sin repetir delantero en tres partidos consecutivos (Villa, entre septiembre y noviembre, fue el último); el de Lagarto, en permanente idilio con el gol, es un seguro de vida: copichichi de la Liga BBVA (13 goles, como Cristiano, con menos tiros y menos penaltis ejecutados para conseguirlos; y 5 más que Messi) y 3 goles y una asistencia en dos partidos en Champions tras su reciente debut. Del Bosque se ha rendido a la evidencia. Y es que, de los 28 jugadores utilizados para clasificar a España, Pedro ha sido el máximo goleador (4 goles). Ni Negredo, ni Villa, ni Torres… Que el equipo no anotase ni en la semifinal ni en la final de la Confecup fue una señal más que dejó al desnudo las carencias ofensivas.

La polémica creada en torno a la convocatoria retrata a ‘La Oposición’. Costa debutó con Brasil, sí; y le ilusionó, también, ¡cómo no! Tan sólo por un momento pareció estar en una encrucijada entre sus raíces y sus cicatrices. Las primeras son de denominación de origen brasileño; las segundas las ha ido sumando en España, país al que dice deberle todo. Pero lo cierto es que, desde el inicio del litigio, no ha hecho ninguna declaración en dirección brasilera, sino que siempre ha tirado para La Roja, salvo cuando las exigencias del guion aconsejaban mantener la prudencia en público y su palabra a la Selección en privado.
 
Los que se oponen, decía, bordean muy peligrosamente la intolerancia. Van repartiendo carnés de españolidad a su antojo y dicen preferir futbolistas nacidos en España, pero no respetan un hecho irrebatible como que Costa es, a todos los efectos, tan español como los otros 22 convocados. Y como lo fue el querido Marcos Senna, por ejemplo. Ponen en duda su compromiso y sentimiento mientras señalan su origen, pero pasan por alto que el delantero nunca raciona sus energías y se entrega como pocos, así como que hay jugadores españoles que cada vez esconden menos sus coqueteos con sentimientos independentistas. Le tachan de violento, pero hacen la vista gorda con los Arbeloa, Ramos, Jordi Alba, Busquets o Soldado. Más aún: Negredo, su principal competidor, ha sido expulsado 4 veces en su carrera; Costa, 3. Sus cuitas con los rivales reportan muchos más beneficios que quebrantos.

Su valentía es digna de admiración en tanto que debe de ser la única persona del mundo que habiendo nacido en Brasil renunciaría al sueño dorado: ganar con la Canarinha un Mundial en Maracaná. Estamos asistiendo a la cobra más inesperada e inverosímil de la historia. Scolari no ha sabido valorarle y sólo el verle feliz e ilusionado con otra le ha hecho reaccionar… tarde.

La decisión ha desatado la ira en el seleccionador y en Brasil. Y ése, el de las presiones e intimidaciones, es otro clavo al que se agarra ‘La Oposición’. Nada más lejos: Diego Costa derrocha personalidad, se le cae de los bolsillos. La regala y, lo más importante, la contagia. No es que en Brasil le esté esperando un infierno, sino que es él el que lo va a ir buscar. Le excita, le pone, lo necesita. Se crece ante la adversidad y le resbalan las críticas y el odio como el agua en la ducha. El primer paso para que consiga algo es que alguien le diga que no puede o que no debe.

El Empirismo explica cómo el cerebro va ordenando los hechos que suceden y piensa a partir de esas experiencias. Nadie nace sabiendo qué es bueno y qué es malo, ni qué quiere y qué no. Diego, con el paso del tiempo y apoyándose en su creciente madurez, ha elegido a la Selección española. Ha peleado mucho y ha ido contra viento y marea para vestir la roja. A cambio, qué menos que respetarlo y darle tiempo. Sus goles harán que se pondere justamente la gran historia de este gran delantero que ya es uno de los nuestros; la polémica historia de Diego Costa, el lagarto español.



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