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El mánager, que no quedará subrayado en la historia del club por los títulos conseguidos, deja una división fraticida en el madridismo y a emblemas como Casillas ninguneados

José Mourinho es un cadáver de cuerpo presente en el Real Madrid. Anunció Florentino Pérez de manera poco convincente su salida el lunes y ’The Special One’ se irá en dos semanas después de demasiado ruido y muy pocas nueces. Jamás un entrenador adquirió el poder ejecutivo del que ha gozado el portugués en sus tres temporadas como presidente de facto del club y mucho menos retornó tan poco a cambio. La mayor herencia de Mourinho es una descapitalización social dentro del madridismo. Un enfrentamiento cainita y encarnizado entre lo que el mánager definió como ‘madridistas’ y ‘pseudo-madridistas’, que no fue sino un eufemismo de la dicotomía extrema de ‘conmigo o contra mí’, algo que le ha llevado a fomentar enemistades fraticidas, hasta el punto de señalar en los últimos días a Cristiano Ronaldo, el mejor futbolista de la institución en las últimas dos décadas.

Casi desde su desembarco en Chamartín, Mourinho se afanó en fomentar cuitas internas. Cada vez, el enemigo que buscó fue mayor. Desde Jorge Valdano a Iker Casillas, con la cruzada contra la prensa siempre presente, el mánager ha terminado por desenfocar la realidad del club, que, obnubilado, llegó a creer que luchaba contra el mejor portero del mundo, contra UNICEF y la UEFA, o contra Diego Torres. Una serie de cortinas de humo que han tenido la funcionalidad única de desviar la atención de la errática trayectoria deportiva del equipo de Mourinho, sólo exitoso en dos de nueve títulos grandes que ha disputado bajo su mandato.

No brillará el currículum de Mourinho en el Madrid. Para un ególatra irrefrenable como él, saberse un entrenador más que ha pasado por el club es la mayor de las penitencias. A nivel de títulos, Mourinho no quedará subrayado en la historia del Madrid. Sabedor de su fracaso, el cual intuyó desde septiembre, cuando la fractura con la mayor parte de la plantilla era irreparable, el mánager se encargó desde el principio en construir una meticulosa planificación de depuración de culpas, la cual ha sido comprada punto por punto por sus acólitos.

A Mourinho siempre le ha salido bien el papel de víctima, el rol de ‘el mundo contra mí’. A ojos de sus palmeros, el mánager se va como poco menos que un hombre desvalido, cuyo abnegado trabajo y exuberante sapiencia fue incapaz de sobreponerse a los “niños bonitos”, a la prensa, o no se sabe muy bien a qué. Ha rozado el nivel sádico la fijación del mánager con Casillas. Sin cuestionar la gestión deportiva que ha hecho en la portería, donde Diego López ha mantenido con justicia su puesto, las declaraciones de Mourinho deslizando que el portero quiere “un entrenador más manejable” terminaron de embarrar la reputación de un hombre que, a ojos del Mourinhismo, es el causante, junto con la prensa, de la salida del portugués de Chamartín.

La salida de Mourinho no representará el cese de la actividad reaccionaria de la cuadra, cuyo nivel de enajenación y sumisión ha llegado al punto de vilipendiar a Casillas y a Vicente del Bosque. Si el juicio displicente y pendenciero sobre estas dos leyendas vivas ha llegado a los niveles que ha llegado, qué no le espera al sustituto de Mourinho, cuya sombra va a ser mucho más alargada que una estela de títulos pobre.

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