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El portero del Real Madrid pierde el parapeto tras el que se ha situado cómodamente en los últimos meses. Será observado con lupa

Iker Casillas se queda. José Mourinho se va. Esta guerra, en la que pierde el Real Madrid y no gana nadie por muchos que piensen lo contrario, ha dejado claro que las relaciones personales con la prensa siempre acaban siendo decisivas.


El portero merengue ha mantenido intacta su figura gracias a la campaña que otros han orquestado por él. Sus amigos, micrófono en mano y a base de insistir, han conseguido convertir a Casillas en un mártir. El mensaje ha calado. Mucha gente se lo ha creído.

Él, mientras tanto, guardaba silencio y se dedicaba a esperar acontecimientos. La única vez que se atrevió a hablar fue tras conocer la marcha de José Mourinho. Curiosamente, días después de saber que The Special One se irá, Iker aseguró que continuaría en el Bernabéu "pase lo que pase".

¿Final feliz para el hijo del madridismo? No. Incluso me atrevería a decir que todo lo contrario. El que piense que Casillas tiene motivos para sonreir, se equivoca. A partir de agosto, las campañas no existirán. Mou no estará, por lo que nadie actuará como parapeto del cancerbero. Todas las miradas se posarán sobre su figura.

Hasta ahora, las críticas desmedidas y las manipulaciones más salvajes iban dirigidas al banquillo y al portero titular. Mourinho era atacado públicamente sin ningún tipo de rubor, mientras que Diego López era utilizado y humillado, hasta el punto de ponerlo como un guardameta vulgar y sin talento.

Pero todo acabó. Un mal partido, una desafortunada declaración pública o un feo gesto en el terreno de juego pasarán de intrascendentes a convertirse en un gran problema para Casillas. El protegido se sitúa ahora en el ojo del huracán. Si vienen mal dadas, no habrá escudo. No habrá Mourinho.

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