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El polaco, con sus cuatro goles, eleva merecidamente a los altares al Borussia, dejando a su vez a un impotente R.Madrid al borde del abismo. No aprendió nada de la fase de grupos

Muchos apuntaban a una final española en la Champions League. Ya el miércoles, a una final entre Bayern de Múnich y Real Madrid. Ya este jueves, sólo unos pocos enamorados (por no decir ingenuos) reniegan de lo que a todas luces parece que será una final alemana. El Barcelona encajó un 4-0 en Múnich, y apenas un día después, el equipo blanco encajó un 4-1 con idéntico patrón: dominio físico por todo el ancho y largo del campo, presión angustiosa, efectividad goleadora, férrea defensa, y sobre todo, impotencia. Mucha impotencia. Por parte sólo de los españoles, claro. Como si volviéramos a la época de Pajares y Esteso, los españolitos parecieron menudos, catetos e inoperantes, eclipsados por la alargada sombra de los rudos, altos, fornidos y guapos alemanes. Metáfora de las respectivas bancas nacionales, ahora vuelve también a estar vigente en el fútbol.

En el caso del Real Madrid además, su caricaturizada versión en Dortmund es especialmente sangrante. Pues estando en su mejor momento de la temporada, y siendo la tercera vez que se medía al mismo equipo, cuajó la peor actuación de todas. De hecho, y para contextualizarlo aún más, fue la segunda mayor goleada que encaja José Mourinho ¡en toda su carrera! Y fueron muchos los jugadores blancos que empequeñecieron en el Westfalenstadion, al contrario que los borussers, muchas las circunstancias que influyen en una machada así, pero es precisamente el técnico de Setúbal uno de los que, inevitablemente, más señalados queda ante lo que fue no sólo una lección física, sino también técnica y táctica. Irónicamente, fue uno de los días en los que mostró un discurso de lo más caballeroso -sin excusas, polémicas ni acusaciones-, cuando menos cintura futbolística pareció tener. Al contrario de lo habitual.

Obligado por la indisposición de Ángel Di María ante semejante choque, Mourinho apostó por Luka Modric en un 4-3-3 que no venía siendo el esquema ni mucho menos tradicional en el Real Madrid. Un dibujo con el que Mesut Ozil, que se supone que debía ser el referente y el mejor canalizador posible del juego, estuvo excesivamente aislado, ubicado en una banda. Y durante mucho tiempo además, sin reacción alguna al respecto desde el banquillo.  Aun cuando el renqueante Modric estuviera más desdibujado que nunca. La brújula puede que no apuntara al norte esta vez, pero quedó la sensación de que nunca fue requerida para salir de la mochila siquiera.

Pero más allá de la disposición táctica, lo que más sorprendió quizás fue la sorpresa con la que el Real Madrid acogió la voracidad del Borussia Dortmund. Como si fuera un secreto esa virtud amarilla. Como si no la hubieran sufrido ya antes. Y aun así, aun con esa experiencia previa, no hubo forma de atajarla, a excepción quizás de un último cuarto de hora antes del descanso donde el equipo blanco subió un poco las líneas y la intensidad de la presión. Siendo benévolos, además. Pero el resto del tiempo, el equipo blanco estuvo a verlas venir. Sin capacidad alguna de reacción. Decía Mourinho en la rueda de prensa previa que era difícil controlar a este Borussia. Que no quería dar pistas sobre lo que habían preparado. Pues ya puede sacar el otro librillo de su cajón para la semana que viene, porque se ve que el que ha utilizado estas tres veces anteriores no le ha funcionado. Para nada.

Fue un 4-1 merced a la antológica actuación de Robert Lewandowski, de esas que se han visto con los dedos de una mano en medio siglo de Copa de Europa. Pero es que da la sensación de que, si no hubiera sido el polaco el goleador, hubiera sido cualquier otro seguramente. El título de la obra bien hubiera podido ser un 2-0, un 3-0, un 5-1, o un 4-2, que el argumento hubiera sido idéntico: el Borussia asfixió de principio a fin al Real Madrid. Y más concretamente, a Mourinho.

Por el devenir de lo que acabó siendo un auténtico baño futbolístico en toda regla, con el luso como capitán de una nave que quedó encallada sin ni siquiera alcanzar la alta mar, como decíamos. Pero también, cómo no, porque hace tiempo que el equipo blanco abandonó grotescamente la Liga, jugándoselo todo a la única carta de la Champions League. Ahora, a falta de que dentro de seis días un milagro diga lo contrario, al Real Madrid ya sólo le quedará una Copa del Rey donde tiene más que perder que ganar: alzarla no aliviaría lo que sería una temporada gris tirando a mediocre, y perderla ante el Atlético todavía sería un bochorno para el madridismo. Venía caminando desde hace tiempo por el alambre, y aunque parecía vislumbrar ya la tierra firme, ahora se encuentra con medio cuerpo virado hacia el abismo. Nunca desapareció la posibilidad de ese fin. Hoy vuelve a abrumar.

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