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El entrenador de Hondarribia siempre empieza con la ilusión de un niño, pero acaba diluyendo las expectativas como un azucarillo

Unai Emery sigue siendo un entrenador joven y pese a que parece que lleve con nosotros una vida entera, no llega a la década en los banquillos profesionales de primer nivel. Siempre excéntrico hasta el punto de ser histriónico, entre sus virtudes se encuentra el ser un técnico sin dobleces. Es claro y directo en rueda de prensa y cuando siente que algo está desafinado en su concierto, coge la batuta, la agita con energía poniendo en su sitio hasta a los solistas más ‘divos’ de su plantel.

El técnico español de 41 años de edad destacó ya con el Almería consiguiendo ascender y ya en Primera División sorprendió a propios y extraños con un fútbol fresco y atrevido. Sus nociones técnicas se mostraron al gran público dejando claro que era un estudioso del fútbol, con capacidad de sacar lo mejor de sus jugadores. No en vano su Almería finalizó a un solo puesto de una histórica clasificación europea para el conjunto andaluz. No pudo ser y esa temporada pareció marcar el destino de Emery. Siempre a las puertas, siempre con un traje nuevo reluciente que promete ser el de las grandes ocasiones, pero al final siempre se acaba manchando con un poquito de salsa, un poquito de vino, quedando así deslucido, triste y sin recompensa.

El Valencia fue su siguiente destino. Quizá con un equipo de más nivel conseguiría traducir sus trabajadas estrategias en juego eficaz a ras de césped. Su estreno era ilusionante, pero una vez más no fue el que esperaba ya que perdió la Supercopa de España contra el Real Madrid y acabó sexto en Liga, que si bien mejoraba el 10º puesto anterior, lejos quedaba de las esperanzas y exigencias del aficionado ‘ché’, que todavía tenía el sabor del triunfo en los labios.

Un año después, con su trabajo asentado y perfeccionando un equipo llamado a conseguirlo todo, logró el objetivo de clasificarse para Champions League. Sin embargo no se podría decir si eso fue un éxito o un fracaso. De nuevo las luces y sombras. Es indudable que Emery mejoró e inculcó toda su personalidad al equipo desplegando un fútbol directo, contundente, y muy trabajado, donde el azar ocupaba escaso lugar y todos los elementos del juego eran practicados hasta la saciedad. Pero siempre la otra cara de la moneda salía a relucir, parecía que el propio Unai tiraba del freno de mano en el momento de mayor velocidad. Cuando mas posibilidades había de luchar contra los dos gigantes de la Liga española, más se enrocaba en una guerrilla estéril contra los árbitros, su propio público, y quién sabe si contra sí mismo.

Este Don Quijote del siglo XXI quizá fue víctima de la escasa valoración de su clientela, quedar tres años consecutivos tercero, cosa que no se había hecho jamás en la capital del Turia, y que sigan dudando de ti es como para que afloren sentimientos de autodestrucción en la mentalidad del más pintado. Se iban cumpliendo los objetivos oficiales pero siempre quedaba la sensación de que se podía haber hecho más. Siempre se empezaba con ilusión por dar el salto definitivo y siempre se acababa cayendo en un círculo vicioso de quejas, lamentos y búsqueda de culpables fuera del club. Sólo así se explica que una etapa tan prolífica para el Valencia sea recordada con un poco de tristeza por lo que pudo ser y no fue.

Con aires renovados Emery se fue al histórico Spartak de Moscú. Le pusieron encima de la mesa todos los ingredientes para ser campeón. Los aficionados lo sabían, el dueño del equipo se sentía satisfecho, el propio Emery era consciente, y los jugadores parecía que también estaban dispuestos. Todo listo, pues, para darse el banquete final. ¿Adivinan? La situación fue como si tu perro, el mejor amigo del hombre, decidiera que no te merecieses ese solomillo y saltase a la mesa para llevarse puesto hasta el mantel. Y ahí se quedó Emery después de 6 meses en la fría madre Rusia, mirando la mesa sin explicarse que diablos había sucedido otra vez para que sus grandes conocimientos teóricos y prácticos del fútbol se quedaran sin recompensa.

En esta dicotomía del técnico de Hondarribia, la parte buena es que siempre hay alguien que intuye lo que Emery puede aportar a un equipo. Alguien siempre consigue ver el cambio producido en sus equipos, la competitividad que éste aporta a sus jugadores sacando lo mejor de ellos mismos. Alguien siempre confía en que por una vez, la parte de la desilusión que le acompaña desde hace años se quede en la cuneta, dejando celebrar como merece un triunfo a un entrenador que todos los años pone lo mejor de sí mismo en beneficio del equipo.

En Sevilla, su último destino, revolucionó a un equipo en horas bajas. Les dio motivos para volver a creer que podían ser de nuevo el mejor equipo del mundo según la IFFHS. Remontó en una buena segunda vuelta pero insuficiente ya que al final la bofetada ha vuelto a sonrojar la mejilla del técnico. No disputarán competición europea y eso en Sevilla escuece mucho. Veremos si en un futuro próximo, quizá con más calma y dejándole trabajar un año entero consigue llevar sus ideas al terreno de juego, dejando atrás sus fantasmas de derrotas y desilusiones.

Muchos confían en que una vez consiga su primer título, su mentalidad dejará de ser perdedora dejando paso a un Emery 100% fútbol, 100% ganador. Y entonces quizá será imparable. Recordemos que lleva menos de diez años en la élite.

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