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El Real Madrid renace de sus propias cenizas en el momento justo, y sin requerir de los perennes polémicos mensajes de su entrenador en público. Alberto Piñero lo analiza

Un entrenador que siempre da la cara por sus jugadores. Si se gana, ganan todos, y si se pierde, pierde él. De puertas hacia afuera el culpable siempre será él, aunque de puertas hacia adentro sí sea capaz de señalar a sus pupilos a la cara. Siempre va de frente. Prefiere concentrar los focos para liberar de presión a sus jugadores. Esta era la carta de presentación con la que llegaba José Mourinho al Real Madrid, librillo ya otras veces puesto en práctica en sus anteriores equipos.  Técnico exitoso donde los haya, motivador y conciliador nato, en su vertiente más pública, el técnico de Setúbal exhibía su lado más provocador, canalla y deslenguado, sometiendo a todo lo que le rodeaba a su exigente y sumarísimo juicio, con esa particular perspectiva crítica e imperativa, y ese dominio de la escena mediática.

Así era ya cuando le fichó el Real Madrid: ganador en el campo, polemista fuera de él. Es sólo un personaje que representa para proteger a los suyos, dicen los que le conocen en las distancias cortas. Pero, quizás fagocitado por su propio personaje, desde luego que en el club blanco ha atravesado por fases  en las que no crecía la hierba a su alrededor, creando un ambiente irrespirable en la entidad, incomodando no sólo a rivales sino a colegas afines al club, hasta el punto de hacer temblar los valores sobre los que se asienta la historia merengue. Los resultados compensaban, se escuchaba entonces. Mientras gane sobre el campo… decían algunos. Nos ha enseñado lo que es el señorío, llegó a justificar Florentino Pérez incluso. Lemas que han demostrado quedar para el baúl de las insensateces.

Ya en estos dos años y medio en Concha Espina, José Mourinho había demostrado más de una y dos veces que todos esos ‘marketinianos’ eslóganes que figuraban en su currículum eran más flexibles de lo que el propio técnico presumía que eran. Y ahí están los Pedro León, Khedira, Casillas, Sergio Ramos y demás jugadores y empleados del club para corroborar si alguna vez fueron señalados por el técnico durante su etapa en la capital española.

Pero ahora, toda vez han pasado los partidos ante el Barcelona y el Manchester United, no sólo queda en duda la honestidad y el grado de cumplimiento de los principios del técnico de Setúbal. Sino también su necesidad, su propia existencia. Y es que si bien el Real Madrid ganó una Copa del Rey y una Liga bajo esta invasiva y agresiva política de comunicación de Mourinho, esta semana ha sido capaz de vencer a culés y diablos rojos sin que su entrenador dijera una palabra más alta que la otra. Prácticamente no ha comparecido en todo este 2013, bajo un silencio auto impuesto, y precisamente ante el Manchester United se mostró educado y adulador hasta el punto de parecer estar pidiendo empleo a David Gill y Alex Ferguson. Y aun así, ganó estos tres vitales partidos, y en las peores condiciones deportivas de toda su carrera, con un equipo moribundo.

Hasta en Inglaterra llegaron a vacilar esta semana con que el Mourinho que visitó Old Trafford este martes no era el Mourinho que todos conocían. Y hasta cierto punto es verdad. Pero paradójicamente, ha sido en este 2013 cuando el Real Madrid sí ha progresado hasta ser el que todos reconocerían en su imaginario. Lo que elimina cualquier conato de duda para poder afirmar que, para ganar, tampoco es imprescindible esa fachada contaminada de mal entendida desfachatez. Se puede vencer también sin ella. Se puede triunfar también sin políticas de ‘descomunicación’ como las actuales. Los títulos y los buenos modales no tienen por qué estar reñidos. Ni siquiera tratándose de Mourinho, cuyo discurso, imagen y proyección mediática se demuestran ahora inertes, accesorios y prescindibles.

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