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El Real Madrid se juega el todo o nada en Old Trafford. Una ruleta rusa que puede marcar el futuro inmediato del club más laureado del mundo

La reacción natural del ser humano al enfrentarse a una situación límite es la solidaridad, empatizar con las otras personas que están realizando el mismo esfuerzo que tú y dar lo mejor de uno mismo aprovechando el subidón de adrenalina. Es una tónica que vemos día a día en los atletas consagrados a deportes de resistencia y riesgo: al final, aquellos contra los que compites o con los que formas equipo acaban convirtiéndose en una segunda familia.

Y es que este tipo de experiencias unen. Aquí reside el gran secreto por el cual se genera un vínculo tremendamente fuerte entre los escaladores, los participantes del Ironman o los pilotos en el Dakar, entre otros. Desde un punto de vista de la psicología positiva, esta reacción se denomina "crecimiento post-traumático" y tiene mucho que ver con nuestro instinto de supervivencia innato.

Salvando las distancias y aplicado al fútbol, esa es la única solución posible para el Real Madrid. Aquel equipo que sorprendió al mundo, siendo capaz de derrotar en un duelo a 38 envites al conjunto más exquisito y poderoso desde que comenzara el nuevo siglo, se enfrenta a un desafío extremo que puede desembocar en el éxito más dulce (la ansiada "Décima") o en una catarsis al más puro estilo tragedia griega, con José Mourinho fuera del club y un proceso de regeneración a medio plazo del que puede aprovecharse el FC Barcelona para imponer su ley tanto en España como en Europa.

"No me importan los récords. Lo que me importa es que ahora puede pasar cualquier cosa"

- José Mourinho, entrenador del Real Madrid

Los merengues son, a día de hoy y a pesar del triunfo ante el Barça en la Copa del Rey, un funambulista que camina sobre una cuerda floja suspendida en el precipicio. Precisamente, esa sensación de vértigo y la certeza de que cualquier error será letal de necesidad debe sacar lo mejor de todos los que habitan el vestuario de Concha Espina. No hay espacio para el egocentrismo o la división, ni para batallas entre los "Yihadistas" y los acérrimos templarios inmersos en una cruzada pro Casillas. Si se quiere sacar algo positivo, ese crecimiento postraumático del que hablábamos antes, el único nombre propio que debe repetirse una y otra vez es el del Real Madrid.

Uno de los que se lo ha grabado a fuego es Cristiano Ronaldo. Dijo que su vida no dependía de ganar o no el Balón de Oro y lo ha demostrado: en 2013, y tras más de una década como profesional desde que debutase con el Sporting de Lisboa, el jugador de Madeira es más generoso, más fuerte mentalmente hablando, más comedido en sus declaraciones y más letal de cara a puerta que su máximo rival, Lionel Messi.

Old Trafford bien podría ser ese precipicio que citábamos anteriormente. Un mínimo tropiezo, ya sea por falta de intensidad o por pura y mala suerte, que también juega su papel en este deporte, provocará que todas las luces se apaguen, que las victorias en los dos Clásicos anteriores se desvanezcan casi por completo. Adiós a la temporada y adiós a un equipo que por historia y por presupuesto debe estar en la pomada hasta el último suspiro.

Ya habrá tiempo para analizar, tomar decisiones en verano y purgar los pecados. Ahora, más que autocrítica, se necesita cohesión, una unidad que debe tener como objetivo volver a Inglaterra en unos meses para hacer historia. Todo lo demás será, utilizando palabras de Pablo Neruda, una canción desesperada.

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