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En una exhibición portentosa de noventa minutos, el atacante portugués volvió a plasmar que está por delante del argentino, anónimo en la ida, en San Siro y anoche

Quizás el fútbol no pueda explicar por sí solo lo que Cristiano Ronaldo dejó a su paso por el Camp Nou en el partido que el Real Madrid certificó su pase a la final de la Copa del Rey con una convincente victoria ante el Barcelona. Fue superior la dimensión del portugués en el plano sinestéstico. Con mayor simbología que sus dos tantos. Su mera presencia bastó para condicionar a toda una defensa, incapaz de contenerle, paralizó a los más de 90.000 espectadores y opacó, una vez más, la figura de Leo Messi, inédito en toda la eliminatoria, y a quien actualmente, ha superado.

Fue de nuevo sobrecogedor el partido de Cristiano Ronaldo ante el Barcelona, su víctima favorita desde que definió el título copero en 2011. Desde sus primeras cabalgadas, flotaba en el ambiente que el portugués estaba ante su gran noche en el Camp Nou. La definitiva. Partiendo como siempre desde la izquierda, Cristiano se desplegó por todo el frente del ataque. Un par de desmarques a la espalda de la defensa sembraron de dudas a los centrales. Al tercer arreón terminó derribado en el área por Piqué en la jugada que condicionó el partido.

CR7 revienta el Clásico
No se detuvo ahí el portugués. Ni su equipo, tremendamente enfocado durante toda la noche. Todo lo contrario que Messi, que con goles ha falsificado un patrón menor en su juego. De un tiempo a esta parte, el argentino es más un definidor que un regateador de recorrido. Uno letal, pero menos dotado para cambiar el sino de un partido cerrado. Incapaz de filtrarse en el área, Messi volvió a carecer de la pujanza de antaño para realizar cabalgadas de largo vuelo. Así ocurrió en el partido de ida, en el de San Siro y anoche. Messi no se va de nadie, su juego se resiente y el Barcelona lo nota. Volverá, pero no está para estos días.

Ante el deambular taciturno de Messi, se acrecienta la dimensión de Cristiano Ronaldo, que encadena sus dos mejores meses como profesional. Cada vez más comprometido con el equipo, el siete domina todos los parámetros emocionales y futbolísticos del Real Madrid. No sólo es su mejor jugador. Es también quien mejor representa los valores de sacrificio, pundonor y orgullo que siempre han acuñado todas las leyendas blancas. Ronaldo ya lo es. Va camino de convertirse en el mayor símbolo del club en los últimos veinte años, si es que no lo es ya.

Gracias a una obstinación sin límites y a una ambición que no conoce fronteras, Cristiano Ronaldo se ha convertido en el mejor jugador del mundo. Actualmente, no hay un futbolista más importante en el planeta. Cosa seria, pues ha sido capaz de sobrepasar a Messi, el único hombre capaz de encadenar cuatro balones de oro y alguien que oposita a terminar su carrera como el mejor de la historia. Cristiano ha desmentido a todos los que se compadecían de él argumentando que su mayor problema suponía haber coincidido con el fenómeno argentino. Convencido de sí mismo, ha canalizado lo que amenazaba con convertirse en una obsesión enfermiza en un resorte que le ha llevado al trono del mundo del fútbol.

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