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Robbie Rogers anunció su retiro del fútbol a los 25 años, pero fueron sus motivos los que tal vez ayuden al mundo del fútbol a abrir los ojos

El 3 de mayo de 1988, tras huir de los Estados Unidos y regresar a Inglaterra, Justin Fashanu, acusado de abuso sexual a un menor de edad, dejaba una nota para que fuera encontrada junto a su cuerpo sin vida.

“Veo que ya me consideran culpable. No quiero causar más vergüenza a mis familiares y amigos”, decía el papel encontrado en ese garage al cual Fashanu, ex jugador del Norwich por el cual Brian Clough pagara 1 millón de libras esterlinas en 1981 para llevar al Nottingham Forest, había entrado sólo para acabar con su vida.

Fashanu fue de los pocos futbolistas de renombre que reconocieron abiertamente su condición de gay. Él lo hizo en tiempos todavía menos preparados que los que vivimos en 2013. Lo terminó pagando con su vida. Tal vez no por los efectos directos de la intolerancia de la cual fue víctima, pero sin dudas la carga que llevó sobre sus hombros, fue demasiado pesada para él.

Este viernes, Robbie Rogers, nada que ver con el caso de Justin Fashanu y con ribetes absolutamente diferentes, cabe aclarar, hizo lo que muchos llaman: “salir del armario”. Yo, en cambio, lo interpreto de una manera ligeramente diferente en cuanto a lo semántico y diametralmente opuesta desde el significado. Porque lo que Robbie hizo fue encerrar en el armario para siempre, a esa persona que él quiso mostrar a todo el mundo durante buena parte de sus 25 años de edad. Lo hizo en contra de lo que sus convicciones y de, como el propio jugador lo describió en su conmovedora carta: “los planes que mi creador tiene para mi vida”.

Robbie enfrentó una batalla desigual durante toda su carrera. Esa misma carrera que lo había llevado a representar a su país en el mundial sub20 de Canadá 2007, a nivel olímpico en Beijing 2008 y en 18 partidos con la selección mayor, en los que convirtió 2 goles. Pero todo ese tiempo, Rogers luchaba para ocultar una faceta de su personalidad que el mundillo del fútbol (¿y la sociedad toda?) no estaba preparado para aceptar.

Precisamente este es el punto que más me intriga de todo esto. ¿Qué pasaría si el bueno de Rogers hubiera nacido en cualquier rincón de América Latina? ¿Habrá algún jugador latinoamericano contemporáneo que se anime a sentir el alivio que por estas horas está sintiendo Robbie Rogers a cambio de salir a jugar de visitante para toda la vida contra ese equipazo implacable e invicto llamado ‘opinión pública’?

El fútbol en Latinoamérica está, tímidamente, intentando darle batalla a ese villano de varias caras que muchos llaman “racismo”, otros “xenofobia” y algunos “discriminación”. No puede con su alma a la hora de plantársele de manos al coloso de la violencia en las canchas y todavía ni siquiera empezó a considerar una estrategia para ir a tocarle el timbre a esa mujerzuela llamada Corrupción.

LA CARTA DE ROBBIE

Los últimos 25 años los viví con miedo. Miedo de mostrar quién realmente soy y no soportar que los prejuicios y el rechazo se interpusieran en el camino de mis sueños y aspiraciones.

Intenta explicarles a tus seres queridos, tras 25 años, que eres gay. Intenta autoconvencerte de que tu creador tiene las propuestas más maravillosas para vos, si toda la vida te educaron de manera diferente.

Mi secreto ya no está. Soy libre y ahora puedo salir y vivir la vida que mi creador quiere para mí.

Da la sensación de que la inclinación sexual de los futbolistas, o qué les pasaría a aquellos que decidieran despojarse de la carga de vivir toda la vida guardando un secreto, no es de los temas más presentes en las agendas de los dueños de la pelota.

Lo que deseo para Robbie Rogers es que no sufra una ola de intolerancia tras su anuncio y que tampoco sufra las presiones de convertirse en el paladín de un movimiento de concientización, rol que no le cabe a un futbolista, o exfutbolista como lo es el oriundo de Los Angeles desde este viernes.

Si es eso lo que él quiere, pues adelante. Si no, que su coraje y su determinación, inspiren a otros atletas para que puedan sacarse un peso de encima y buscar lo que todos buscamos en la vida: ser felices. Nada más. Nada menos.

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